Sahara Occidental

El tío de la pistola

Emilio Campmany

El asalto al campamento saharaui levantado en las afueras de El Aaiún ha tenido la virtud de hacer que la prensa española contara lo que realmente es Marruecos. Lo que no consiguieron los intentos de entrar ilegalmente por la fuerza en Ceuta y Melilla, la humillación a las agentes españolas de servicio en la frontera o el homicidio de un adolescente saharaui, lo ha hecho la brutalidad con la que se han empleado las fuerzas del sultanato en el Aaiún.

Naturalmente, a la mayoría tan sólo les ha preocupado la aparatosa y torpe violación de los derechos humanos que los marroquíes han llevado a cabo en las carnes de la población saharaui. Sin embargo, tales atropellos se vienen produciendo desde hace más de treinta años. Ocurre que ahora lo han hecho tan burdamente que nadie, salvo el Gobierno español, ha podido seguir haciéndose el distraído.

Pero más allá de esas vergonzosas violaciones, la cuestión es, ¿por qué nuestro Gobierno y nuestro Rey han de doblar una y otra vez la cerviz ante el sátrapa marroquí? Luis María Anson nos explicó el martes que hay que llevarse bien con "la Monarquía de Mohamed VI", que reconoce que está "en los aledaños de la dictadura", para evitar que Marruecos caiga en manos del fundamentalismo islámico. Este argumento es una sandez. Vale para llevarse bien con cualquiera, pues siempre es posible imaginar a alguien peor que pudiera sucederle. Ocurrió con Hitler, que fue considerado útil para frenar el avance del comunismo y desencadenó una guerra mundial. Y ocurrió con Stalin, que fue tenido por una herramienta para acabar con el fascismo y lo que hizo fue someter a toda Europa Oriental. Y nosotros lo hacemos con Mohamed VI con la excusa de que sirve para conjurar el terrorismo islámico. Patrañas. Aquí no hay una sutil diplomacia encargada de desenvolver una complicada estrategia arduamente diseñada para defender intereses generales de los españoles. Aquí hay otros intereses más prosaicos y menos generales que proteger. Y Dios y Anson sabrán por qué han de emplearse en defenderlos el Gobierno, el Rey y él mismo.

Hay múltiples pruebas de lo que afirmo, pues todas las humillaciones a las que voluntariamente nos venimos sometiendo desde que Zapatero nos malgobierna son gratuitas e innecesarias. Ahora, voy a llamarles la atención sobre la penúltima. Si observan la foto de portada de El Mundo de este miércoles, verán en primer plano el severo perfil de un escolta del ministro del Interior marroquí mientras Rubalcaba y Taib Cherkaui departen amigablemente en la antesala del despacho del ministro. ¿Qué hace ahí ese tío? Si es del servicio de seguridad marroquí, llevará pistola, pues si no ¿de qué serviría? ¿Cómo es que se permite que un hombre armado, que no pertenece a las fuerzas de seguridad españolas, acceda hasta el despacho de nuestro ministro del Interior. ¿Se imaginan a un escolta de un mandatario extranjero acompañar a su jefe hasta el despacho oval de Obama? ¿Creen que a los guardias civiles que escoltan a Rubalcaba en sus viajes a Rabat se les permite acceder hasta el despacho de Cherkaui?

Si el ministro del Interior marroquí no se fía de la seguridad que le puedan prestar los guardias civiles de servicio en nuestro ministerio, las reuniones con Rubalcaba deberían ser en un lugar neutral al que cada uno acudiera con su propia seguridad. Todo es sencillamente indignante.

Emilio Campmany, jurista y analista político. Autor de Operación Chaplin (Algaida), Quién mató a Efialtes (Ciudadela) y Verano del 14 (Esteságoras).

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