Debate

El pito y la pelota

Emilio Campmany

Casi todos coinciden en que no fueron ni Rajoy ni Zapatero quienes ganaron el debate, fue Durán i Lleida. Josep Antoni es un tipo curioso. Viste siempre un gesto serio, casi solemne, pero se adorna con corbatas atrevidas y gafas fashion. Es nacionalista y demócrata-cristiano, que es como ser, a la vez, tosco y sutil, agreste y pulido. Cuando interviene en las Cortes Generales le gusta mostrarse sinceramente preocupado por el destino de España y de los españoles, aunque con algo de distancia y frialdad. Apenas se permite bromas y lleva lustros preparándose para ser ministro de Asuntos Exteriores en un hipotético Gobierno de coalición que PSOE o PP tuvieran un día que formar con CiU. Por eso chocó que fuera él quien ofreciera esta descripción del debate: "La tómbola de Zapatero siempre toca, si no es un pito, es una pelota".

La rima no es suya. Suya es sólo la gracia para emplearla en describir la batería de medidas económicas con la que Zapatero acababa de bombardear el hemiciclo. Y es que, si no fuera por los más de cuatro millones de parados, sería para partirse de la risa. Cuando, ya al final, Zapatero anunció la rebaja o desaparición de las tasas aeroportuarias, nadie, ni siquiera él mismo, sabía qué estaba proponiendo.

Y ahí es dónde falló Rajoy, en tomarse en serio aquello. En discutir el pito y la pelota como si las propuestas salidas de la fábrica OCURRENCIAS SEBASTIÁN, S. A. fueran algo que no mereciera otra cosa que no fuera una carcajada. El humor, empleado adecuadamente, es más letal que el gas mostaza. Para ganar holgadamente el debate, a Rajoy le hubiera bastado subir a la tribuna y decir lo que Durán i Lleida a los periodistas: "La tómbola de Zapatero siempre toca, si no es un pito, es una pelota". Las carcajadas habrían llenado el hemiciclo y el debate habría terminado con una holgada victoria del líder de la oposición. En vez de eso, entre los dos, nos aburrieron discutiendo pequeñas memeces que no servirán para nada que no sea despilfarrar un poco más nuestro dinero, tanto si llegan a aplicarse como si no.

Pero, en fin, Rajoy es un tipo serio y no le gusta hacer bromas en las Cortes. Pues si no tenía ganas de bromas porque el horno no estaba para bollos, al menos debería haber replicado dos terribles acusaciones que el presidente del Gobierno le profirió. La primera llegó cuando acusó a Rajoy de haber creído en las teorías de la conspiración del 11-M como otros creen que Elvis Presley está vivo. ¿Tan difícil era contestar que quien no sólo creyó, sino que además difundió noticias falsas sobre el 11-M fue él cuando llamó a los periódicos la víspera de las elecciones a decir que en los trenes había habido terroristas suicidas?

La segunda se produjo cuando Zapatero se sorprendió de que Durán i Lleida, siendo como es un demócrata, le profiriera las mismas acusaciones que Rajoy. En ese momento, el líder de la oposición debió pedir la palabra por alusiones y preguntar si va a ser Zapatero, uno de los firmantes del pacto del Tinell, el que expenda los carnets de demócrata en España.

No obstante, insisto: no merece la pena tomárselo en serio. Hubiera sido mucho mejor espetarle lo del pito y la pelota.

Emilio Campmany, jurista y analista político. Autor de Operación Chaplin (Algaida), Quién mató a Efialtes (Ciudadela) y Verano del 14 (Esteságoras).

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