Troitiño

El papelón

Emilio Campmany

El timbre del teléfono apenas sonó dos veces. La cálida y sedosa voz de una amable funcionaria francesa contestó con dulzura:

–¿Allô? Ici le bureau du le ministre de l’Intérieur.
–¿Está el señor ministro, monsieur Claude Géant? –preguntó una voz entrecortada que se esforzó, sin éxito, en pronunciar correctamente el nombre de la persona por quien preguntaba convirtiendo la ge del apellido en una suave jota.
–¿De parte de quién? –contestó la chica en un aceptable español colocando una jota en sustitución de la erre de "parte".
–Soy Alfredo Pérez Rubalcaba, el ministro del Interior español– dijo desde Madrid el que llamaba, comiéndose la ele final de "español" para que sonara más francés.
–Un momento, monsieur Rubalcaba– contestó la parisina de un modo que don Alfredo imaginó una leve sonrisa de compromiso.
¿Allô? Ici Géant.
Claude, perdona, soy Alfredo –dijo el ministro con familiaridad.
–Dime, Alfredo ¿qué hay? –contestó el ministro en español.
–Que resulta que mis servicios de información tienen localizado en tu país a un peligroso etarra.
¡Mon Dieu! ¿Sabéis en que parte del país está?
–Creemos que en Hendaya, pero no estamos seguros al cien por cien.
–¿Habéis enviado la orden europea de detención?
–Ya está cursada, pero ya sabes que no hay nada como el contacto personal. Por favor, pon todo tu interés en el asunto porque es un sujeto muy peligroso.
–¿Tiene alguna cuenta pendiente en Francia?
–Que yo sepa, no, pero todavía no he tenido tiempo de verlo.
–¿Cómo se llama? Preguntaré a mi gente qué tenemos de él.
–Bueno, seguro que no tenéis nada contra él.
–Ya, es lo más probable, pero dame el nombre y lo comprobaré.
–Es que ahora no me acuerdo muy bien. Tiene un apellido vasco muy raro.
–Pero su nombre aparecerá en la orden que nos habéis enviado ¿no?

El ministro español tragó saliva. Luego, contestó:

–Sí, por supuesto. La orden no tiene tacha y aparece su nombre correctamente escrito, así como todos los datos necesarios para identificarlo.
–¿Y no tienes delante copia de la orden?
–La tenía, pero no sé qué he hecho con ella.
¡Ce n’est pas possible!

El gobernante español se sintió avergonzado y fingió encontrar el dato que hasta el momento había ocultado:

–Perdón, aquí lo tengo. Se trata de Antonio Troitiño.
–¿Troitiño? ¿El Troitiño de siempre? ¿nuestro Troitiño?
–Sí, sí –contestó embarazado Rubalcaba–. Antonio Troitiño, el que tú y yo sabemos.
–Pero "Troitiño no es apellido vasco, me parece. ¿No es ése un apellido gallego?
–Bueno, sí, gallego o vasco ¿qué más da?
–Por cierto, Antonio Troitiño estaba en la cárcel. ¿Qué pasa? ¿Se ha fugado?
–No exactamente –contestó Rubalcaba tras carraspear levemente.
–¿Qué significa eso de "no exactamente"?
–Pues que no exactamente. Ha sido liberado por un error judicial –mintió Rubalcaba
–¿Un error judicial? ¿Eso puede ocurrir en España con un etarra condenado por múltiples asesinatos?
–Bueno es que no fue exactamente un error judicial.
–¿Podría saberse entonces qué es lo que ocurrió "exactamente"? –pregunto Claude Géant poniendo algo de retintín en el "exactamente".
–Es que hay una sentencia del Tribunal Constitucional que fija una doctrina sobre el cómputo de la prisión preventiva. En base a esa doctrina, por primera vez aplicada a un terrorista, la Audiencia Nacional consideró que debía liberarlo. Pero, resulta que el Tribunal Supremo...
–El Tribunal Supremo ¿es el mismo tribunal que el Constitucional? –interrumpió el francés.
–No, no. Son tribunales distintos.
–Ah, vaya.
–Como te iba diciendo, el Tribunal Supremo ha hecho una nueva interpretación del cómputo de la prisión preventiva poco después de ser liberado Troitiño y resulta que, en base a esa doctrina, el terrorista no tendría que haber sido liberado, de modo que la Audiencia Nacional ha dictado orden de busca y captura y creemos que el sujeto, mientras tanto, ha huido a Francia.
–La Audiencia Nacional, si te he seguido bien ¿es el mismo tribunal que lo liberó?
–Sí, es el mismo tribunal, pero hizo lo primero y ordenó luego lo segundo en base a doctrinas distintas elaboradas por distintos tribunales superiores.
–Perdona, Alfredo, pero me he perdido
–Es muy fácil. Como aquí tenemos Tribunal Constitucional y Tribunal Supremo, a veces uno y otro establecen doctrinas algo dispares aunque, en teoría, no pueden contradecirse porque actúan en esferas diferentes y por eso...
–Déjalo, Alfredo, no merece la pena. Si algún día tengo que ejercer de abogado en España, que Dios no lo quiera, ya te llamaré para que me expliques el laberinto de vuestro sistema judicial –interrumpió el francés–. El caso es que habéis puesto en libertad a Troitiño y ahora lo queréis volver a encarcelar.
–Eso es.
–Y creéis que está en Hendaya. ¿Lo habéis seguido?
–No podíamos. En España es ilegal seguir a una persona sin orden judicial.
–Aquí también, pero cuando necesitamos saber lo que hace alguien tan peligroso nos las apañamos para seguirle sin que se note, o al menos lo intentamos.
–Bueno, aquí a veces también lo hacemos, pero en esta ocasión no. ¿Cómo iba yo a saber que el Supremo iba a decir que...?
–O sea, que lo de Hendaya tan sólo lo suponéis –volvió a interrumpirle el ministro francés.
–Es lo que ha dicho su abogado.
–¿El abogado de quién?
–El de Troitiño
–¿Y os fiáis de lo que diga su abogado?
–Es la única pista que tenemos.

Se hizo el silencio. Rubalcaba se dio cuenta de que su interlocutor estaba pensando y quiso dejarle que completara sus cavilaciones. Luego, monsieur Géant, adoptando un tono severo, dijo:

–Por favor, Alfredo.
–Dime Claude.
–Por favor, dime ahora mismo que esto no tiene nada que ver con los jueces y que lo habéis liberado en el marco de la negociación que os traéis con la ETA. Te ruego que me lo digas. Que no tienes más remedio que llamarme para que busque a Troitiño para quedar bien con tu opinión pública, pero que eres tú quien se ha ocupado de que lo pongan en libertad. Siempre es preferible, perdóname la crudeza, tratar con un malo antes que con un tonto.

A Rubalcaba no le gustó la idea de pasar por tonto y estuvo a punto de decir algo diferente a lo que finalmente, tratando de no darse por aludido, dijo:

–Lo siento, Claude. Lo que te he dicho es la verdad.
–No estoy seguro de alegrarme.
–Te ruego que hagas lo que puedas.
–Lo haré. Pero me fastidiaría mucho gastar el dinero del contribuyente en buscar para vosotros a un tipo que no queréis coger. Si lo que quieres es que hagamos una pantomima, lo haremos por vosotros y siempre será mucho más barato que buscarlo de verdad. ¿Estáis seguros de que queréis que os lo entreguemos?
–Segurísimos.
–Como luego me entere de que se ha ido a Venezuela y que vosotros lo sabíais, la tenemos –amenazó serio el francés.
–Te prometo que no hay nada detrás de este asunto. Tan sólo ha sido un error.
–Un error cometido en Semana Santa, con todo el mundo de viaje por ahí y a la vez que sale de la cárcel Sagardui, que ése sí ha salido porque tenía que salir, ¿no es así?
–No son más que casualidades.
–Sí, desde luego. A veces ocurren. Bueno, lo dicho, haré lo que en mi mano esté.
–Muchas gracias, Claude. Recuerdos a Sarko y a la Bruni.
–Se los daré de tu parte. Saluda tú de la mía a Zapatero.
–Lo haré. Un abrazo.
–Adiós.

Los dos ministros colgaron el teléfono. El español chasqueó la lengua con satisfacción. El francés torció el gesto y pensó: "Con este tío siempre me pasa que no sé si es tremendamente estúpido o increíblemente listo. El tiempo lo dirá".

Emilio Campmany, jurista y analista político. Autor de Operación Chaplin (Algaida), Quién mató a Efialtes (Ciudadela) y Verano del 14 (Esteságoras).

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