El papel de Rivera

Emilio Campmany

El aguado resultado obtenido por Ciudadanos en las elecciones generales del 20 de diciembre redujo el papel del partido naranja al de mera comparsa. Sus 40 escaños no son suficientes para dar el gobierno a nadie. Sin embargo, sí son bastantes para impedir que nada que no sea una coalición PP-PSOE pueda formarse si no es con el voto de los independentistas catalanes. En la práctica, eso significa que a Pedro Sánchez no le basta ponerse de acuerdo con Podemos, sino que necesita además el concurso de Ciudadanos o el voto de los separatistas.

No parecía que esa llave pudiera dar mucho juego, ante la disposición del secretario general del PSOE a pactar con el mismísimo Lucifer con tal de ser presidente del Gobierno. Pero hete aquí que, de repente, el secundario Rivera interviene en la elección de presidente del Congreso y condiciona el futuro político de España. No puede calificarse más que como éxito el haber puesto de acuerdo a PP y PSOE en que sea un socialista quien presida la cámara. Es natural que el PSOE no haga ascos a un cargo que tendrá durante esta legislatura mucha más relevancia que en el pasado. Lo que ya no lo es tanto es que haya admitido el respaldo de los llamados partidos constitucionalistas a cambio de aceptar la condición impuesta por Ciudadanos, y lógicamente sancionada por el PP, de que el partido que presida el Congreso no esté al frente del Gobierno y viceversa. Esto implica que, tras tantos paripés como sean necesarios para justificar la solución, será un popular quien sea finalmente investido con los votos de los otros dos.

Esto, o Pedro Sánchez está haciendo eso que a los políticos les gusta tanto, que es prometer lo que sea para mañana a cambio de recibir hoy lo que se ansía. Naturalmente, llegado mañana, se alega cualquier pretexto que justifique incumplir lo prometido y a otra cosa. Si así fuera, Pedro Sánchez estaría pensando en defraudar lo acordado con Ciudadanos y PP y ser presidente del Gobierno con los votos de toda la extrema izquierda separatista española, dando lugar precisamente a lo que Ciudadanos quiere evitar, que sean dos miembros del mismo partido quienes presidan la Cámara Baja y el Gobierno. Hecho aún más escandaloso si se considera que el PSOE ni siquiera es el vencedor de las elecciones.

¿Cabe que ése sea el propósito de Sánchez? Claro que cabe. Sin embargo, recurrir a esta burda trampa de hacerse con la presidencia de la cámara con los votos de unos y, con los de los otros, alzarse con el Gobierno demostraría que no tiene palabra, si es que eso sigue teniendo algún valor hoy en España. Y además daría a Susana Díaz y a sus 25 diputados socialistas andaluces la excusa perfecta para no apoyarle, por negarse a colaborar en una estafa. Sea como fuere, el éxito sería de Rivera, que quedaría como el árbitro justo y templado que consiguió un acuerdo honorable para todos, tenga o no palabra Sánchez.

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