Toros

El motín de Montilla

Emilio Campmany

No descubro nada nuevo si digo que esta España de nuestras entretelas es un país mágico. No hace tanto tiempo, Carlos III acometió un sinfín de reformas con la encomiable intención de conducir a nuestro pueblo hasta la modernidad. Una de ellas fue la liberalización del comercio de granos, que produjo un incremento brutal del precio del pan. La actividad reformadora también obligó a aumentar la presión fiscal y el descontento se extendió a todas las clases. Pero el español era un pueblo sumiso, que soportaba con estoicismo este abanico de reformas como podía haber soportado cualquier otro.

Y en esto va el marqués de Esquilache y ordena recortar las capas y que los anchos chambergos se recojan hasta convertirse en sombreros de tres picos. La disposición tenía la finalidad de evitar que los embozados se permitieran toda clase de crímenes sin poder ser reconocidos precisamente por eso, por ir embozados en sus largas capas y ocultos bajo las alas de sus sombreros. Y, sin que se sepa muy bien por qué, el adocenado pueblo español dijo que hasta ahí podíamos llegar y que no había nacido extranjero que le tocara la capa y el chambergo. El motín iniciado en Madrid se extendió a otras ciudades y, aunque pudo ser finalmente controlado, Carlos III no tuvo más remedio que devolver a Italia a su insensato ministro siciliano.

Podría ser que con lo de los toros en Cataluña pasara algo parecido. Allí está prohibido desde hace años estudiar en español, a pesar de ser la lengua materna de la mayoría de los catalanes, y nada ha ocurrido. Tan sólo ha habido protestas aisladas de padres coraje que se han dejado la piel y la de sus hijos tratando de llegar hasta la última instancia por ver si así despertaba la conciencia popular. Nada consiguieron. Y ahora va el Parlamento catalán y prohíbe la fiesta de los toros y se arma la marimorena, dentro y fuera de Cataluña. Es la primera vez que he visto imágenes en televisión de ciudadanos de Barcelona indignados por habérseles prohibido algo enfrentarse a los nacionalistas que llevan lustros imponiendo en las calles su ideario bajo la protección de la policía autonómica.

Me dirán que este asunto de los toros no sólo ha tenido repercusión en España sino también fuera de ella. Es verdad, pero eso ha sido porque dentro se ha organizado el revuelo que otras represiones no han producido. Si, cuando se prohibió enseñar en español en los colegios catalanes, los perjudicados por esa medida hubieran salido a las calles como hoy lo han hecho los defensores de los toros, la atención internacional también se habría disparado. De hecho, la opinión pública europea sabe hoy que los toros están prohibidos en Cataluña, pero no tiene ni idea de que allí no se puede estudiar en español, cosa insólita que hubiera llamado tanto o más su atención si previamente nos la hubiera llamado a nosotros.

No tengo excesivas esperanzas de que la prohibición de las corridas produzca en Cataluña una reacción generalizada contra la represión que esa comunidad sufre como la prohibición de la capa y el chambergo llevó en su día a la revuelta frente al reformismo absolutista. Pero esa rebeldía que la prohibición de la Fiesta ha provocado en algunos catalanes quizá se extienda a los muchos damnificados por la represión nacionalista que Cataluña va acumulando. Al fin, una tenue luz en la oscuridad.

Emilio Campmany, jurista y analista político. Autor de Operación Chaplin (Algaida), Quién mató a Efialtes (Ciudadela) y Verano del 14 (Esteságoras).

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