El mentecato que quiso reinar

Emilio Campmany

Sabido es que Trump prefiere Twitter para comunicarse con sus compatriotas. Sánchez, en cambio, disfruta dirigiéndose a sus súbditos por los medios tradicionales empleados por cualquier dictador, desde el interminable discurso televisivo, con o sin entrevistador servil, hasta la filtración interesada a los medios afines. Dice la última de éstas que Moncloa está en trato directo con Zarzuela para que el discurso de Nochebuena del rey dé cumplida respuesta a las trapisondas del emérito. El objetivo, según la misma filtración, es que la contundencia del rey aleje en lo posible a la institución de las andanzas de Don Juan Carlos. Se superarán así, dice la crónica, los recelos que en la ciudadanía pueda suscitar la Monarquía, lo que resultará en la consolidación de ésta y de Felipe VI.

A cualquiera se le hace evidente que a Sánchez en nada le interesa proteger a la Monarquía o al rey. Filtrando las presiones que Moncloa está ejerciendo sobre Zarzuela para que ésta condene con firmeza las actuaciones de don Juan Carlos, Sánchez pretende que, si efectivamente Felipe VI pone a su padre cual no digan dueñas, sea porque él lo exigió. Y si no lo hace podrán los socialistas hacer al monarca responsable de los perjuicios que para la institución y su actual representante conlleven las faltas de su padre. Encima, como beneficio añadido, la filtración transmite la idea de que el rey hace o debiera hacer lo que diga el presidente del Gobierno. Para que el fingido altruismo de Sánchez sea creíble, ahí está Pablo Iglesias quejándose de que Moncloa actúa en este asunto al margen de él y ejerciendo presiones por su cuenta en un sentido aparentemente distinto.

Si Sánchez quisiera defender de verdad la institución monárquica, haría lo que constitucionalmente debe hacer todo presidente del Gobierno, que es dejar al rey decir lo que prudentemente quiera y luego respaldarlo sin ambages. Si en cambio está haciendo lo que la filtración cuenta que hace es porque está intentando que las circunstancias en las que se encuentra don Juan Carlos, muy propiciadas desde la Fiscalía General que dirige Baltasar Garzón, perjudiquen a Felipe VI tanto como sea posible, a la vez que le permite vanagloriarse ante la opinión pública de no ser responsable de nada. No puede extrañar que un personaje como Sánchez, que sólo Dios sabe los sacrificios que en su día le exigiera Pepiño Blanco a cambio de ser su valedor, únicamente sea capaz, en su obtusa superficialidad, de disfrutar del poder mirándose al espejo envuelto en armiños. Ningún placer puede hallar en transformar una sociedad que no conoce aplicando políticas que no comprende salidas de ideas que ignora. En consecuencia, mira a nuestro rey con ojos de codicia, ambicionando para él el lustre y la majestuosidad de la institución. No le basta con ser presidente del Gobierno. Quiere ser jefe del Estado. O al menos compartir con él los oropeles. El pecado de la envidia es muy frecuente entre nosotros, en general, y entre nuestros políticos en particular. Que se guarden el rey y Alfonsín de Sánchez y Carmen Calvo y consideren seriamente desoír cualquier consejo que venga de ellos, porque, aunque son completamente lerdos, lo cierto es que no quieren más que su desgracia.

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