El Lenin al que le faltaba lo de Salomón

Emilio Campmany

Finalmente, habrá elecciones. Unas elecciones que no convienen ni a Pedro Sánchez ni a Pablo Iglesias. Y a pesar de no convenirles, no han sabido hacerse con el poder. Pedro Sánchez ha dejado pasar la ocasión de ser presidente del Gobierno. Es cierto que no bastaban los apoyos de Podemos e IU junto con la abstención de los independentista catalanes. Es verdad que, sumando PP y Ciudadanos 163 noes, hacía falta que tres o cuatro de la Esquerra no se limitaran a abstenerse y votaran sí a la investidura. Y es por supuesto posible que los independentistas hayan sido tan cortos como para negarse el regalo de un Gobierno con ministros partidarios del derecho a decidir y dependiente de los soberanistas para sacar cualquier cosa adelante. Pero no entiendo cómo Pedro Sánchez no les ha prometido a unos y a otros todo lo que le hayan pedido con tal de ser investido. Y es que, una vez que lo hubiera sido, habría podido hacer lo que le viniera en gana, pues el presidente del Gobierno en España lo puede todo. No se le puede echar más que con una moción de censura que reúna una mayoría absoluta de apoyos a un candidato alternativo. Una vez elegido, Sánchez podía haber dado largas a los independentistas y, al cabo de un tiempo, cesado a Iglesias y a toda su troupe para intentar gobernar en minoría con Ciudadanos o, mejor aún, convocar elecciones desde la Moncloa y buscar un resultado que le permitiera sumar una mayoría suficiente con Albert Rivera. Así, ni siquiera está seguro de que vaya a ser el candidato de su partido.

Más sorprendente si cabe es el caso del supuestamente astuto Pablo Iglesias. Un bolchevique dejando pasar la ocasión de ser ministro es fenómeno insólito que no se ve todos los días. Una presencia en el Gobierno disfrazada de un falso perfil bajo que tranquilizara conciencias y mercados podría haberle permitido pescar votos en los caladeros de la izquierda moderada. El mero hecho de ser ministro, aunque sólo hubiera sido durante unas semanas, le habría dado sacos de horas de Telediario. No digamos si hubiera tenido que viajar a Bruselas a reunirse con sus homólogos europeos. Ya lo decía Jesús Fueyo: ministro, aunque sea de Marina. Ahora, por haberlo querido todo enseguida y no hacer caso a Iñigo Errejón, se encuentra con una pila de problemas. Para empezar, se presenta a las elecciones con un partido dividido, que es cosa que el electorado en España castiga sin clemencia. Se ve además en la obligación de absorber a IU para compensar los votos que ha perdido a consecuencia del deterioro de su imagen. Esto a su vez incrementará las tensiones en la lucha por los puestos de salida. Y encima no tiene garantizado que los partidos que fueron sus aliados en diciembre quieran seguir siéndolo ahora que saben que carecerán de grupo propio. La sabia madre de Forrest Gump decía que tontos son los que hacen tonterías.

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