Pablo Iglesias rompe con Tania Sánchez

El gambito Molotov

Emilio Campmany

Podemos se presenta como un partido nuevo que rezuma frescura y juventud. Es un infundio. Son los bolcheviques de siempre. No sólo en cuanto a sus ideas, rancio comunismo pasado por el soleado prisma del Caribe y camuflado bajo un poncho bolivariano. Sino también en cuanto a sus prácticas. Lo prueba la reciente ruptura de Pablo Iglesias con Tania Sánchez. Ahí, el joven bolchevique se limita a copiar al admirado Molotov. El viejo comunista dio, junto con Ribbentrop, su nombre al pacto que Stalin selló con Hitler para repartirse Polonia, y al arma casera con la que enfrentarse a la Policía en la calle. Podría también darlo a una común maniobra táctica entre los comunistas del mundo, la de deshacerse de la camarada cuya compañía estorbe a los propios designios políticos. Ya que los rusos son tan aficionados al ajedrez, tal sacrificio podría llamarse el gambito Molotov.

El insigne dirigente soviético se había casado con una judía que se llamaba Polina Zhemchúzhina, de la que estuvo toda su vida muy enamorado. Esta mujer era, como lo es hoy Tania Sánchez, una importante activista bolchevique, inteligente y eficaz. Pero era judía. Esto hubiera bastado para despertar los recelos de Stalin. Pero además es posible que el georgiano culpara a su mala influencia del suicidio de su esposa en 1932. O puede que, celoso de Molotov, quisiera hacérselo pagar castigando a su mujer. El caso es que, en diciembre de 1948, el Politburó acordó expulsar del partido a la pobre Polina. Todos sus miembros votaron a favor. Todos menos uno, su marido, que fue capaz de reunir el valor necesario para abstenerse. Sin embargo, al final pudo más la sensatez y unos días más tarde escribió una carta al camarada secretario general comunicándole cuánto lamentaba su error, que revocaba su voto y que estaba fervientemente a favor de que expulsaran a su esposa. Polina fue internada en un campo de trabajo, de donde no salió hasta la muerte de Stalin, en 1953.

Así pues, Molotov pudo mantener su puesto al frente del Ministerio de Exteriores gracias a que se deshizo de su mujer y consintió que la internaran en un campo de concentración. Esto es poco más o menos lo mismo que está a punto de hacer Pablo Iglesias con Tania Sánchez. Deshacerse de ella para no comprometer su futuro político, un gambito doloroso pero necesario. No obstante, Iglesias debería saber que un par de meses después Molotov fue cesado y dejó de ser ministro de Exteriores, aunque a favor de su instinto político hay que reconocer que nunca fue internado en ningún campo. En cualquier caso, ha de concluirse que un buen bolchevique no tiene otro amor que el que se profesa al partido, y si se enamora hasta el punto de poner a una mujer por encima de él es que no es un auténtico comunista. Y eso a Pablo Iglesias no le puede pasar. De modo que Tania Sánchez, al Gulag.

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