El futuro de la Unión Europea

Emilio Campmany

Cada vez se trata la Unión Europea de forma más banal. Basten como ejemplo las declaraciones de Rajoy y los posteriores comentarios de la prensa a la reciente incorporación de España, junto con Italia, al eje París-Berlín. Y, sin embargo, la situación es grave. Los funcionarios de Bruselas han elaborado un libro blanco sobre el futuro de la UE en el que han dibujado cinco posibles escenarios, que van desde devolver competencias transferidas hasta una máxima integración. Rajoy apuesta por una mayor integración, sin decir qué competencias quiere transferir.

Pero el problema no es el grado de integración. No se trata de transferir más o menos competencias. El problema es la democratización. Los británicos se quieren ir porque no quieren depender de lo que digan los burócratas de Bruselas. Pero todos, especialmente los ingleses, hemos querido transferir competencias sin transferir soberanía. El resultado es que el Parlamento Europeo, que es elegido democráticamente, no decide casi nada y todo lo hace la Comisión, previo, y aquí está la clave, pasteleo en el Consejo. A través de éste, los Gobiernos de los Estados miembros negocian y acuerdan lo que sea y luego los funcionarios le dan forma. Así, son los Gobiernos de los Estados miembros los que deciden, no sus Parlamentos. De esta manera, cada cual prescinde del Poder Legislativo de sus respectivos países. Así que claro que hay déficit democrático; pero porque los Gobiernos lo quieren, no porque Bruselas lo imponga.

No tiene sentido caminar en pos de la unidad europea por este camino que conduce, no a una dictadura de los burócratas, como nos venden, sino a una dictadura conjunta de los Gobiernos tras librarse del control parlamentario. Cada uno en su respectivo país se vanagloria de haber conseguido imponer su punto de vista, en beneficio del propio interés, o se lamenta de no haberlo podido hacer por imposición de los demás, pero, en cualquier caso, al respectivo Parlamento no le queda más que decir amén.

Si queremos de verdad la unión política, habría que transferir competencias del Consejo al Parlamento europeo. Y que de esta forma el Parlamento impusiera a los Gobiernos la legislación reguladora de materias transferidas. Y no lo que se hace ahora, que es la Comisión la que impone esa legislación en base a lo que previamente acuerdan los Gobiernos en el Consejo. Si no es para hacerlo así, para que sea el Parlamento el que decida, no tiene sentido seguir integrándonos, porque profundizar en la integración, tal y como hoy es entendida, es decir, transfiriendo competencias sin la soberanía para ejercerlas, no significa más que sustraerlas de nuestros propios Parlamentos para entregárselas al Consejo.

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