Desafio secesionista

El federalismo no es la solución

Emilio Campmany

Podemos estar de acuerdo en que, más allá de los problemas estructurales que, económica e institucionalmente, padece España, está la necesidad de hacer frente al desafío de los independentistas catalanes. La sangría de apoyos que entre el electorado sufren los dos grandes partidos les está obligando a estar en muchos temas en la misma trinchera en vez de enfrente el uno del otro. Sin embargo, la actitud que PSOE y PP mantienen respecto a Cataluña parece ser sustancialmente distinta. Rajoy prefiere constatar que lo que exigen los nacionalistas catalanes, ya sea el pacto fiscal o la celebración de un referéndum, es contrario a la Constitución, pero se muestra abierto a escuchar cualquier clase de propuesta que quepa en ella. En cambio, Rubalcaba prefiere adelantarse a los deseos de los independentistas y ofrece una reforma constitucional que convierta a nuestro país en un Estado federal. ¿Qué clase de Estado federal? Eso es harina de otro costal porque los socialistas no concretan.

Hay muchas razones, además de la falta de concreción, para tachar de poco seria la propuesta del PSOE. Para empezar, da la impresión de que tan sólo se persigue con ello marcar distancias con un españolista PP al que la solución federal podría producir urticaria. Eso no es cierto desde el momento en que el PP convive sin esfuerzo con el Estado de las Autonomías, una fórmula inequívocamente federal. Y en segundo lugar, porque si hay algo que nunca satisfaría a los independentistas catalanes es una solución donde Cataluña, estado federado, fuera igual en competencias y estatuto a otros estados federados. Todos sabemos que lo que ellos persiguen es el reconocimiento de su singularidad, lo que tendría que traducirse en alguna clase de privilegios frente al resto de los españoles.

Hay un tercer elemento que hace que la propuesta lleve en su seno una poderosísima carga de profundidad. El federalismo ha tenido éxito como fórmula en la formación de Estados cuando ha sido impulsado por una fuerza centrípeta. Es el caso de los Estados Unidos de América o de la misma Alemania, con la que tanto nos gusta compararnos. Alemania nació como federación porque fueron varios Estados independientes los que bajo la corona de los Hohenzollern se unieron para formar el imperio alemán. Si tras la Segunda Guerra Mundial se volvió a la fórmula federal fue porque se pensó que una de las razones que hizo de Alemania la causante de dos guerras mundiales fue el centralismo de Berlín. Hoy, precisamente, la solución federalista está blindada en la Ley Fundamental alemana por el miedo que inspira entre propios y extraños la posibilidad de una Alemania centralista. Y, sin embargo, los alemanes, que se sienten hoy vacunados de tentaciones pasadas, no están conformes, no tanto con el modelo como con los gastos que genera. Tanto es así que una reciente reforma (2009) ha limitado las competencias de los länder para dar respuesta a esa inquietud.

Lo que sugiere Rubalcaba es una solución federalista a un impulso puesto en marcha durante la Transición, no de carácter centrípeto sino de naturaleza centrífuga. Las experiencias que hay de federalismo creado para controlar esta clase de fuerzas han sido desastrosas. El caso más claro es el del imperio austro-húngaro. El Ausgleich de 1866, un invento para dar satisfacción a los nacionalistas húngaros, convirtió el imperio de Francisco José en dos reinos, el de Austria y el de Hungría, con dos parlamentos, dos gobiernos y sobre todo la constante necesidad de negociar entre unos y otros políticas que los gobernantes de ambos consideraran suyas. Llegó un momento en que no hubo forma de saber si Austria-Hungría tenía intereses nacionales o si éstos sólo eran los que de forma residual tuvieran en común los dos reinos. Naturalmente, tras desencadenar una guerra mundial, el invento saltó en pedazos.

Pero, podría alegar un socialista, ¿por qué negar a España la posibilidad de ser un Estado federal sobre la naturaleza centrífuga de las fuerzas que se desarrollan en su seno si ya somos un Estado autonómico impulsado por esas mismas fuerzas? Esa es la cuestión. Como demuestra lo que está ocurriendo en Cataluña, las fuerzas centrífugas se están cargando el conjunto sin que ninguna solución, autonómica o federal, sea capaz de detener el proceso de desmembración. Descartada obviamente una solución violenta, no nos queda más que elegir entre esperar a que los independentistas catalanes con la ayuda de los socialistas se carguen el conjunto o permitir, incluso alentar, que Cataluña, y el País Vasco también si quiere, se independicen y construir el Estado que queramos, centralista, autonómico o federal, quienes queremos seguir siendo españoles, es decir, partiendo de fuerzas centrípetas y no centrífugas. La base del éxito político de Alemania no está en su solución federal sino en que, federados o no, lo que quieren todos los alemanes es por encima de todo seguir siendo alemanes.

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