Zapatero

El enreda solemne

Emilio Campmany

Cuando era jefe de la oposición no nos dimos cuenta porque nadie le daba bola. Cuando fue presidente de Gobierno dio algún motivo para creerlo, pero no hicimos caso. Ha tenido que ser ahora que es expresidente cuando nos hemos dado cuenta de que lo que realmente le gusta a Zapatero es enredar. Debimos haberlo sospechado cuando vimos que, de vuelta de Estados Unidos, después de haber estrechado la mano a Obama, que no se la debió de lavar en tres semanas, hizo una visita relámpago, sin parar en Madrid, a Damasco. ¿Qué tenía que enredar ZP con Bashar al Asad? Vaya usted a saber. A mí se me figuró que quizá tuvo que llevar algún recado de Obama para el dictador sirio. Pero, visto lo visto, quizá lo único que ocurrió es que nuestro presidente oyó por los pasillos de la Casa Blanca algo relativo a lo mucho que a los norteamericanos les preocupaba el futuro en Siria y decidiera sobre la marcha que se ocuparía él de arreglar cualquier malentendido que hubiera habido entre el bueno de Barak y el amigo Bashar. Naturalmente, eso no evitó que unos meses más tarde estallara la guerra civil. Ya se sabe que el infierno está empedrado de buenas intenciones.

Ahora, el solemne ha aparecido en Cuba acompañado del Kissinger español, Miguel Ángel Moratinos, quién sabe si en misión especial encomendada por John Kerry a fin de engrasar las recientemente retomadas relaciones diplomáticas entre el país caribeño y la superpotencia americana. El caso es que la visita ha irritado muchísimo a nuestro ministro de Exteriores porque Zapatero ha sido recibido por Raúl Castro, cosa que el mandatario cubano no se dignó hacer cuando el ministro español estuvo de visita oficial en la isla. Da una idea acerca de adónde ha llegado la política exterior española el que PP y PSOE se peleen por ser o no recibidos por un dictador comunista como Castro.

De todas formas, yo si fuera Margallo no me preocuparía mucho. Puede que Zapatero fuera un enreda político cuando era presidente del Gobierno, pero ahora más bien parece limitado a ser un enreda económico. Lo demuestra el viaje que hizo con otro gran enreda, José Bono, a Guinea Ecuatorial el junio pasado. La prueba de que este viaje a Cuba tuvo una finalidad similar se halla en que el expresidente español y su canciller de goma no sólo fueron recibidos por Castro y su ministro de Exteriores, sino por otro miembro del Ejecutivo cubano dedicado a cosas más prosaicas, Antonio Carricarte, ministro interino del Comercio Exterior y la Inversión Extranjera. El que esta vez no estuviera Bono enredando no obsta para que sea legítimo preguntarse qué tenía que hablar Zapatero con el ministro de Comercio Exterior y si representaba alguna clase de intereses concretos.

En Galicia, cuando cuentas de alguien que está mal del terrado, te preguntan si rompe los billetes. Y, cuando dices que no, te contestan que entonces no estará tan mal. Pues eso.

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