Camps

El Curita loco

Emilio Campmany

Dicen en el PP que Camps se ha vuelto loco. Y es verdad que sus últimas declaraciones producen cierto estupor y que parece como que se ríe a destiempo y que está como si le hubiera dado un "flash", que diría un moderno, o un ataque de perlesía, que diría el clásico. Pero, en este caso, habría que preguntarse lo que un gallego: "ah, está loco, pero ¿rompe los billetes?". Habría entonces que contestar que romperlos lo que se dice romperlos no los rompe. Y el gallego contestaría: "entonces loco del todo no está".

Si aceptamos pues que El Curita, tal y como lo apodan los de la Gürtel, no se ha vuelto loco, es que tendrá buenas razones para poner al mal tiempo buena cara y responder a las graves acusaciones que el Supremo le hace con esa risa histérica con la que aparece en todos los medios.

Lo cierto es que lo que tendría que haber hundido a Camps, aunque apenas le haya hecho mella, es lo de "te quiero un huevo", que ya suena raro dirigido a un tío que llaman "El Bigotes", pero que es inaceptable si además es el peón de una trama de corrupción política. Porque, lo del cohecho impropio, si es cierto que ha de interpretarse literalmente, como el que comete el funcionario que acepta regalos hechos en función de su cargo, es un delito que debe estar muy generalizado entre la casta política. Que levante la mano quien de ellos no haya aceptado regalos hechos en función de su cargo y se podrán contar con los dedos de una mano y encima la mitad estarán mintiendo.

En España es corriente hacer las leyes de manera que no haya forma de cumplirlas. De cumplirlas al menos a rajatabla. La ventaja de un sistema así es que cuando quiere uno deshacerse de algún político, basta aplicar la ley que el sujeto haya incumplido, que alguna habrá, y el sujeto es automáticamente laminado. Da toda la impresión de que eso es precisamente lo que están haciendo con Camps porque lo de los trajes es una chorrada. Es verdad que el regalo lo hace una red corrupta. Y es también verdad que Camps mintió diciendo que él se paga sus trajes. Pero por lo que le van a condenar, si finalmente le condenan, es por haber aceptado el regalo, no por mentir ni porque quién se lo regaló fuera un corruptor de políticos.

Mientras tanto, para complicar el panorama, Rajoy, que había dicho que apoyaría a Camps aunque el Supremo decidiera que debía ser acusado del cohecho impropio, ha puesto distancia con él. En su viaje a Cataluña a comer caracoles se ven dos cosas: que no quiere saber nada del presidente valenciano y que no quiere que se note. Si quisiera realmente apoyar a Camps, se hubiera ido al auto-homenaje que el líder del PP valenciano se había preparado. Y si quisiera que se notara se habría ahorrado el atracón de caracoles, que se vio muy bien en la tele que al gallego le producen repugnancia porque se los tomó con un asco que no podía disimular.

La cuestión es saber quién o quiénes han decidido aplicarle el reglamento a Camps para condenarle por la comisión de un delito del que podrían ser fácilmente acusados todos los políticos. Quizá Camps lo sepa y por eso se ríe.

Emilio Campmany, jurista y analista político. Autor de Operación Chaplin (Algaida), Quién mató a Efialtes (Ciudadela) y Verano del 14 (Esteságoras).

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