Conspiración

El CNI contra el doctor No

Emilio Campmany

Vengo sosteniendo que en España es imposible triunfar con una revista de humor. Hoy los creadores de La Codorniz estarían abocados al fracaso. Ocurre sencillamente que no hay humorista que mejore las noticias que producen nuestros políticos. Díganme si no cómo se puede idear algo más gracioso que el que se legalice copiar en la Universidad de Sevilla, que se pueda aprender en dos tardes Economía o que en España se multe por rotular en español. 

La sátira tiene por objeto ridiculizar a alguien o a algo, pero para que sea eficaz es necesario que lo ridiculizado tenga una mínima pátina de seriedad. No se puede hacer sátira de un payaso porque su aspecto y su discurso es voluntariamente ridículo. Pues bien, nuestro Gobierno está alcanzando ese límite. Las cosas que hacen y que dicen ya no pueden ser objeto de sátira porque son suficientemente ridículas por sí mismas. Reproduzco un titular de El País de este domingo: El CNI investiga las presiones especulativas sobre España. ¿Cómo puede ridiculizarse esta noticia? Podría intentarse algo así como decir que nuestros cero cero sietes buscan al doctor No en los mercados. O que el CNI trata de desenmascarar a la agencia KAOS en la Bolsa de Madrid. O mejor, que Goldfinger ataca nuevamente al euro o al bono español o a los dos a la vez. Pero todos estos esfuerzos de sacarle punta a la noticia son inútiles porque ya es suficientemente risible por sí misma.

El mismo periódico pone en evidencia la estulticia del Gobierno al titular, en noticia relacionada, Al olor de la debilidad, donde se explica el mecanismo que utilizan los inversores para aprovecharse de la debilidad de la economía española, que consiste, en dos palabras, en jugar a que en los meses próximos empeorará. En eso, no puede decirse que sean unos linces pues a ver quién, en las condiciones en las que estamos, se jugaría un euro a que mejorará.

Es cierto que el que los mercados jueguen a que la economía de un país empeorará ayuda en algo a que empeore aún más. Pero, si ese fuera el problema, el Gobierno lo tendría muy fácil para decepcionar a la agencia KAOS, al doctor No, a Goldfinger y a cualquier otro villano que quiera aprovecharse de nuestra flojedad. Le bastaría con hacer lo que todos los expertos nos están recomendando hacer para que la economía remonte: reducir el déficit, recortar el gasto, flexibilizar el mercado de trabajo y reformar el sistema fiscal. Ya verían entonces cómo se acababan las malignas presiones a la baja y empezaban las benévolas compras al alza. Pero Zapatero no quiere, ea. Él es más rojo que las amapolas y a él los mercados le importan una higa. Le importan una higa, pero luego se queja de que le saquen los colores.

Los inversores quieren ganar dinero, cuanto más mejor, y juegan a que la economía española se irá a pique en el futuro porque se han convencido, y mucho han tardado en hacerlo, de que Zapatero nos lleva a la ruina. Así que la dialéctica no es que nos hundimos porque los inversores huyen, sino que los inversores huyen porque nos hundimos, que es muy distinto. Y como es el presidente quien nos arrastra, bastaría que dimitiera para que el rating de Españamejorara notablemente en veinticuatro horas. Pero a ver quién es el guapo que, director del CNI o no, le dice eso a Zapatero.

Emilio Campmany, jurista y analista político. Autor de Operación Chaplin (Algaida), Quién mató a Efialtes (Ciudadela) y Verano del 14 (Esteságoras).

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