Cebrián

El académico avinagrado

Emilio Campmany

Cuando Juan Luis Cebrián ingresó en la Academia de la Lengua, muchos fueron los sorprendidos. Luis María Anson les explicó que para que un periodista merezca ingresar en el ilustre instituto, no se necesita tanto que escriba bien como que dirija medios con brillantez, que es lo que, al parecer, Cebrián sabe hacer.

El maestro Anson tendrá toda la razón del mundo, pero digo yo que, aparte de dirigir periódicos con maestría, o de dominar el arte de criar reses bravas, si es que también esto fuera necesario, para ingresar a la Academia habrá que escribir el castellano con alguna gracia. Y en eso, es una pena que Cebrián no nos regale más a menudo su literatura, porque se haría con más frecuencia patente la poca con la que Dios ha dotado al académico.

Últimamente, al hombre se le ha avinagrado el carácter para que le haga juego con la cara, siempre vestida con gesto de estar oliendo mal. Y la ha tomado con los jueces que no le hacen caso. Un día se mete con el que le archiva una querella y al otro con quien le condena a unos periodistas de la SER. Sin embargo, lo peor de lo que escribe no es su ignorancia jurídica, ni la pobre argumentación, mucho más notable cuando en el caso de los periodistas de la SER alguna razón podría asistirle. Lo peor es cómo lo escribe.

A Cebrián le parece que la sentencia que condena a sus periodistas no se entiende bien. Y es probable que tenga razón porque la jerga leguleya es cada día más críptica y obtusa. Pero hay que ver cómo se explica él, que es académico: "la argumentación jurídica [de la sentencia está] revestida de la oscura dignidad de un lenguaje incomprensible". Jamás se me habría ocurrido que el ser incomprensible pueda revestir al lenguaje de alguna dignidad. Pero lo que nadie puede imaginar, académico o no, es que la dignidad pueda ser oscura. Quizá quiso decir que la oscuridad del lenguaje lo reviste de una falsa dignidad, pero eso sólo él lo sabe.

Anson no aclara si para ser académico hay que saber algo de Historia Antigua. Seguramente no. Cebrián no sabe quién fue Pirro, rey del Epiro. El maestro de periodistas califica de "pírrico" el triunfo de Esperanza Aguirre tras el tamayazo. Un triunfo es pírrico cuando su coste equivale al de una derrota. En ese sentido, más pírrica fue la victoria de Simancas en la "primera vuelta", que la de Aguirre en la segunda, pues Simancas se volatizó y la presidenta de la Comunidad de Madrid no ha dejado de ganar elecciones desde entonces.

Ahora, lo que peor hace Cebrián es aquello en lo que más docto se cree, insultar. A Güemes se le podrá injuriar de muchas maneras, pero decirle que su brillo parlamentario emana más que nada de su afición al fijador es del todo improcedente. Comprendo que le venga bien lo del fijador para meterse con el supuestamente escaso brillo parlamentario de Güemes. Pero eso tendría alguna gracia si Güemes fuera un asiduo del fijador. Dado que no lo es, el insulto carece de eficacia y encima suena un pelín rancio. El maestro tendría que saber que cuando a alguien se le quiere llamar idiota, decirle que no tiene un pelo de tonto sólo tiene gracia si es calvo.

Emilio Campmany, jurista y analista político. Autor de Operación Chaplin (Algaida), Quién mató a Efialtes (Ciudadela) y Verano del 14 (Esteságoras).

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