Crisis nacional

Dueños de nuestro destino

Emilio Campmany

La mayoría de los españoles no nos sentimos responsables de lo que nos ocurre. Echamos la culpa a los políticos que despilfarran; al rey, que se entretiene con corinnas y elefantes; a los jueces, que sentencian según sopla el viento; a los empresarios, que explotan a los trabajadores y estafan al Fisco; a los sindicalistas, que sestean con cargo al dinero público. Pero olvidamos que los españoles somos dueños de nuestro destino.

Los políticos despilfarran, es cierto, pero muchas veces lo hacen con nuestro aplauso. Valga el ejemplo de las renovables. Todos nos prendimos la chapa del "¿Nucleares? No, gracias" y pusimos pingando a quien osó defender la construcción de centrales. Protestamos siempre que se pretendió instalar una nueva. Y ahora hay una serie de mangantes que se forran a costa de las renovables y que pringan en el negocio a políticos y dirigentes. Además, dependemos del petróleo extranjero más que ninguna otra nación occidental. ¿Y de quién es la culpa? ¿De los políticos? Que se presente uno diciendo que va a construir tantas centrales nucleares como haga falta hasta tener la electricidad más barata de Europa y ya verá cuántos votos saca.

Nos quejamos de que el rey no hace nada cuando podría pilotar la reforma como ya hizo durante la Transición. Pero ahora mismo no puede pilotar nada. Para empezar, no hay un Torcuato Fernández-Miranda que le diga lo que hay que hacer. Y no lo hay porque no puede haberlo, porque ni nosotros mismos sabemos hacia dónde deseamos ir. Queremos que las cosas se arreglen, pero sin perder un solo derecho, en especial si es económico. Y eso no hay Torcuato que lo arregle, mucho menos un rey. O un príncipe, si hacemos caso a los que quieren que el rey abdique.

Ponemos como chupa de dómine a los jueces por las sentencias sin fundamento que dictan, sin caer en la cuenta de que somos nosotros, los españoles, los que les pedimos más compromiso, unas veces con los desamparados, otras con las víctimas de lo que sea, terrorismo o accidentes de tráfico, y siempre con la justicia universal. El juez Garzón es el paradigma. Nunca fue el magistrado un adalid del imperio de la ley y sin embargo jamás le faltó quien le jaleara las hazañas, ya fuera contra el PSOE de Felipe González o contra el PP de la Gürtel. Sin embargo, apenas hubo quien se preocupó por si hacía las cosas correctamente o no. Y no es accidental que nuestro juez más famoso sea precisamente el que menos gusto tuvo por atenerse a la letra de la ley.

Hay mil ejemplos más. Hemos padecido durante siete años y medio a un presidente inútil y hemos elegido para sustituirle a un incapaz. Deberíamos preguntarnos si tan sólo es un caso de mala suerte. Somos en buena medida lo que hemos querido ser y por tanto responsables en gran parte de lo que nos pasa. Y no veo ni arrepentimiento ni propósito de enmienda. En Europa han empezado a darse cuenta y se encogen de hombros y piensan que allá nosotros. Pues eso, allá nosotros.

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