Destituir a Iglesias

Emilio Campmany

Es evidente que lo que más le preocupa a Pedro Sánchez es sobrevivir políticamente a la crisis. Y cree que su supervivencia depende de que la coalición que le condujo a la Moncloa subsista tras ella. Se equivoca. La gravedad de la situación es tal que, para poder seguir siendo presidente del Gobierno, lo que necesita no es que sus socios le sigan respaldando, sino una gestión eficaz de la emergencia en la que estamos inmersos. Si fracasa, nadie, ni siquiera su propio partido, le apoyará. Debería recordar lo que le pasó a Zapatero tras la debacle de 2008. Si triunfa, serán tantos los muertos y los reveses económicos que le será muy difícil seguir residiendo en la Moncloa, pero al menos tendrá una oportunidad. Y para poder dar la imagen de ser quien nos sacó del duro trance en el que estamos necesita agilidad, asesorarse de los mejores técnicos que haya en España, sopesar las consecuencias de cualquier decisión que esté sobre la mesa y actuar con resolución. Para eso, un Gabinete de veintitantas personas, un Gobierno de coalición con un vicepresidente fría y brutalmente decidido a sacar rédito político de esta calamidad, unos interminables Consejos de Ministros de más de siete horas en los que todo se acuerda de forma consensuada son garantía de descalabro.

Sánchez necesita, por el bien de la nación que gobierna y, si eso no le importa, por el bien de su futuro político, un Gabinete ágil de no más de ocho personas de su confianza que le ayuden a decidir las difíciles medidas que va a ser necesario adoptar. Encima, por si este argumento no bastara, está la circunstancia de la hospitalización de la vicepresidenta primera, que hace que, en caso de enfermar Sánchez, la presidencia en funciones caiga en manos de un comunista doctrinario que no desaprovechará la ocasión para intentar transformarnos en una dictadura. En un estado de alarma, el presidente del Gobierno, como debe ser, acumula muchísimo más poder del que habitualmente tiene. Por muy en funciones que estuviera Pablo Iglesias, tal rosario de competencias en manos de este sujeto constituye un peligro seguro para nuestras libertades. Y aunque Sánchez no cayera enfermo, que no es en absoluto descartable tras haberse contagiado su mujer y su madre, lo cierto es que se ve obligado a pechar con un número dos decidido a imponer sus recetas totalitarias.

En consecuencia, el primer consejo que debería recibir Sánchez de Iván Redondo es el de destituir a todos los ministros de Podemos y a unos cuantos más, aunque sean del PSOE, hasta quedarse con un Gabinete que pueda enfrentar la emergencia con la necesaria rapidez. No hace falta ni siquiera reformar la estructura orgánica del Gobierno. Basta que las competencias de los destituidos las asuman los ministros que sigan siéndolo. Ahora lo esencial es salir de ésta con los menos muertos posibles y con la economía dañada no más de lo inevitable. Sánchez ya no puede evitar que, cuando esto acabe, el juicio de su gestión sea severo. Pero todavía tiene la oportunidad de remontar si, a partir de hoy, hace lo que hay que hacer. Y lo primero es, sin duda, destituir a Iglesias.

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