Partido Popular

¿Desde dónde disparan?

Emilio Campmany

Se cree que es valiente quien no tiene miedo. No es así. El que carece de miedo no es un valiente, es un temerario. También es creencia común que el cobarde demuestra serlo cuando el miedo lo atenaza. Tampoco es verdad. Eso le ocurre a los valientes que no son capaces de superar el miedo cuando hay buenos motivos para tenerlo. Si no hay riesgo y por tanto tampoco miedo, es el cobarde quien se finge más valiente que nadie. Si por el contrario hay peligro, el corajudo trata de superar su miedo y se enfrenta a él. En cambio, el cobarde, lejos de verse paralizado, tiene presencia de ánimo de sobra para huir, refugiarse e incluso emplear como parapeto al compañero o al amigo que tiene al lado.

Eso es lo que parece que está pasando en el PP. Quien lo dirige es un cobarde que se siente cercado. Lo está por el tamaño de los problemas, a los que no quiere hacer frente. Da igual que sea el chantaje de la ETA o el desafío de los independentistas catalanes. Teme que las consecuencias de cualquier decisión que tome se lo lleven por delante y en consecuencia prefiere no decidir nada, no porque esté paralizado por el miedo, sino porque está convencido de que así serán otros quienes paguen el pato. En lo del aborto se ve muy bien que, habiendo sido él quien impulsó la reforma y luego acobardado la retiró, acaba siendo Gallardón quien carga con el muerto por parecer haber sido él quien patrocinó el anteproyecto de ley, obligando luego al Gobierno a retirarlo.

Pero lo que más preocupa a Rajoy es el asedio de sus propios compañeros, dirigentes, militantes o meros electores. Todos miran hoy alrededor en busca de alguien que, tras desembarazarse de quien les ha conducido hasta donde están, pueda sacarles del charco de aguas negras en el que chapotean. De forma que, aterrado ante la posibilidad de verse obligado a dimitir, este incapaz, que no sabe arreglar problemas, pero que sí ha aprendido a matar políticamente, se ha armado con una ametralladora giratoria Gatling de seis cañones y está disparando en todas direcciones a todo aquel que pudiera estar pensando en rebelarse. Nadie está a salvo, a excepción quizá de Soraya. Se trata de que, plagado el campo de cadáveres, no haya al final otros entre los que elegir que no sean Pablo Iglesias y él.

O está sucediendo eso o es que Torres Dulce ha decidido, a la vista de tanta podredumbre, renunciar a todo futuro dorado con forma de poltrona en el Tribunal Constitucional o donde sea y rendir un servicio a su país limpiando sus moquetas a golpe de perros policías, detenciones masivas y registros simultáneos. Ojalá fuera esto último, pero me temo que es más probable lo anterior.

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