La batalla por el centro

Del enemigo, el consejo

Emilio Campmany

Con inusitada frecuencia, suelen los medios de comunicación de izquierda refocilarse en los malos resultados que Rajoy cosecha en las encuestas. Lo achacan a que el PP ha abandonado los caladeros del centro, allí donde se pescan los cientos de miles de votos que, añadidos a los de los incondicionales, otorgan la victoria en las urnas. Parte este análisis de que España tiene un Gobierno que, por aplicar una inofensiva política de centro-izquierda, sólo puede ser derrotado por la derecha con un programita bien centrado que se limite a prometer una gestión algo más eficaz. Entienden que Rajoy, prisionero de la extrema derecha ideológica, no es capaz de articular una propuesta de este tenor y, por eso, no consigue encandilar a los votantes de centro, lo que le aboca a perder irremediablemente en 2008. Concluyen aconsejando al gallego que se libere, modere sus posiciones y busque en el centro los votos que le faltan para ganar.

El análisis es incorrecto. Es obvio que hoy, entre el PSOE y el PP, hay abierta una zanja ideológica de proporciones gallardonianas. Sin embargo, tal alejamiento no se ha debido a la "derechización" del PP, que no se ha movido de donde estaba, sino a la escora separatista del PSOE. Precisamente porque su radicalismo no tiene tantos matices izquierdistas como nacionalistas no termina de ser percibido por el electorado de centro.

Naturalmente, la obligación del PP es denunciar tal radicalización, y no correr a acercarse al nacionalismo igual que ha hecho el PSOE de Zapatero, que es lo que proponía, verbigracia, Josep Piqué.

Luego el problema del PP, en términos estrictamente electorales, no es cómo corregir su propia posición para hacerla próxima a la del PSOE actual, dejando de paso huérfanos de opción electoral a los que en la derecha y la izquierda creemos que el proceso disgregador ha ido ya demasiado lejos, sino en encontrar el modo de abrir los ojos al electorado no nacionalista del PSOE para que vea la realidad de lo que está ocurriendo.

Ardua tarea. No es fácil, por ejemplo, explicar que lo inaceptable de la negociación con ETA no es tanto la negociación en sí misma como la disponibilidad a negociar cosas que no deben ni pueden negociarse y cuya entrega sólo fue capaz de evitar, de momento, el mal resultado del PSOE en las municipales. Tampoco lo es explicar que el estatuto de Cataluña es una bomba de racimo que irá estallando en sucesivas pequeñas explosiones a lo largo de los años hasta desestabilizar por completo el edificio constitucional.

Ahora bien, el que no sea fácil no excusa de la obligación de intentarlo. Puede que España tenga frente a sí un glorioso futuro como confederación de naciones. Pero somos muchos, en la derecha y la izquierda, que no lo creemos. No sólo, sino que estamos convencidos de que la política de Zapatero nos conduce, a largo plazo, al desastre. Lo terrible es ver a tantos en el PSOE que, a cambio de cargos, prebendas y seguir en el machito, y aun dudando como dudan de la bondad de tal política y estando convencidos como están de que cambios tan radicales sólo pueden llevarse a cabo mediante el consenso con el PP, emplean toda su inteligencia en convencer a propios y extraños de que aquí no pasa nada y que el único peligro real lo encarna la extrema derecha, que vuelve a asomar la patita envuelta en la bandera española.

El PP acierta al identificar el desafío. Ahora hace falta ser capaz de despertar las conciencias de los que no pueden o no quieren ver. Ánimo y a ello.

Emilio Campmany, jurista y analista político. Autor de Operación Chaplin (Algaida), Quién mató a Efialtes (Ciudadela) y Verano del 14 (Esteságoras).

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