Zapatero

Cuánta fatuidad

Emilio Campmany

Antes, en España, cada día tenía su afán. Ahora, gracias a la crisis, cada jornada tiene siempre el mismo, sobrevivir. Lo que varían de un día a otro, pues, ya no son los afanes, sino las melonadas del presidente. Cada día tiene la suya. A veces, descansa los fines de semana. Pero si el domingo hay mitin de pañuelo y bocadillo, de esos en que los liberados de la UGT se dirigen a él en autobús cantando El himno de Riego, entonces también hay patochada dominical.

La última del presidente es homérica, como diría Michaleen Flynn, el casamentero de El hombre tranquilo. Tras ser preguntado sobre si su decisión acerca de volver o no a presentarse depende de los resultados de las autonómicas y municipales de mayo, ese gran estadista que es Zapatero, siempre navegando por encima de las turbulencias de la política rastrera de patio de vecindad, ha dicho: "Se puede usted imaginar que éste no es un tema que dependa de circunstancias, sino de las convicciones". ¡Toma higos Pepa, que se agusanan! Carlos Herrera se debió quedar "cuajao" al oír la respuesta. Es como si alguien pregunta a un joven si, habida cuenta de la pelea que ha tenido con su novia, se casará con ella la próxima primavera y el otro le contesta que, cómo muy bien puede comprender, eso no depende de las circunstancias, sino de las convicciones.

Me gustaría saber de qué convicciones va a hacer depender este fatuo personaje una decisión que, para empezar, no es sólo suya, y, después, ha de basarse necesariamente en las circunstancias. De las convicciones puede depender hacerse socialista, afiliarse al PSOE, incluso respaldar a aquel candidato que mejor defienda las que uno tiene. Pero presentarse uno a tal o cual puesto político sólo depende de dos cosas, que uno quiera y que los demás en el partido le dejen. Para eso no hace falta más convicción que estar seguro de que uno quiere ser o, en este caso, seguir siendo presidente.

Es increíble la capacidad creativa de Zapatero en este campo de las respuestas solemnes y vacías a cuestiones concretas y determinadas. Uno le pregunta si va a subir los impuestos y él responde que hay que ser leales con la sociedad. Otro le demanda que aclare si va subir la edad de jubilación y él contesta que gobernar es un ejercicio de responsabilidad. En este plan, puede estarse días, meses y años. Lo imagino en su casa, preguntado por Sonsoles si, a pesar del dolor de tripa, tomará cafe, contestándole que ya puede comprender ella que una decisión así no puede depender de una circunstancia tan trivial como una leve enfermedad estomacal y que habrá de hacerlo de las convicciones más profundas. Sonsoles, que lo conoce bien, insistirá y preguntará si eso quiere decir que sí o que no.

Es muy sorprendente que los socialistas se estén dejando dirigir por este personaje hasta el abismo para, entre mayo de 2011 y marzo de 2012, caer todos fulminados como esos pajaritos de Arkansas, una bandada de turpiales y estorninos que, como si hubieran estado dirigidos por un Zapaterito alado, volaron desorientados durante la noche, se estamparon contra las casas y cayeron sin vida al suelo.

La metáfora parece apropiada. Lo inquietante es preguntarse si los pajaritos son sólo los socialistas o si sería más propio entender que somos todos los españoles. Zapatero contestaría que eso depende, no de las circunstancias, sino de las convicciones.

Emilio Campmany, jurista y analista político. Autor de Operación Chaplin (Algaida), Quién mató a Efialtes (Ciudadela) y Verano del 14 (Esteságoras).

A continuación