Corrupción mala, corrupción buena

Emilio Campmany

Se tiende a denostar la corrupción porque, además de inmoral, perjudica a la economía. No es necesariamente cierto. En Estados Unidos ha habido mucha corrupción y el país ha solido ir como un tiro. De hecho, la corrupción puede ser un motor económico. Pero que pueda serlo no quiere decir que siempre lo sea. La corrupción que ha enfangado al PP de Madrid y Valencia no ha impedido que ambas regiones crecieran económicamente más que otras menos corruptas. En cambio, la que ha padecido Andalucía tan sólo ha servido para que la región siga anclada en su atraso económico.

Es algo que podría llevar al votante del PP a pensar que la corrupción de su partido, aunque inmoral, al menos favorece el crecimiento económico y la creación de empleo. Los del PSOE pueden al contrario decir que, aunque la corrupción en Andalucía no ayudó a que la región creciera, al menos sirvió para que un montón de familias tuvieran los recursos necesarios para salir de la indigencia, y si bien es verdad que no se beneficiaron todos los que lo necesitaban, sí lo hicieron muchos que realmente necesitaban esa ayuda más o menos fruto de la corrupción. La consecuencia de que unos y otros electores puedan ver la corrupción de su partido de esta manera, como motor de la economía o como un suplemento a la ordinaria ayuda social, les permite disculparla y seguir votando a los suyos sin demasiados remordimientos de conciencia.

Sin embargo, ambas son terriblemente perniciosas porque son injustas. En un caso, es un entramado de empresarios al que, a cambio de beneficiar a los políticos, se le permite competir con ventaja en el mercado. En el otro, el partido crea una red clientelar donde quienes se benefician lo hacen por su proximidad a los políticos, no porque sean merecedoras de esa ayuda, aunque de verdad la merezcan. En ambos casos, por supuesto, los políticos que se prestan a ayudar ilegalmente a unos y a otros detraen para sí los beneficios que creen conveniente. Es un sistema donde lo relevante es la lealtad, no la capacidad o la necesidad. Los perjudicados son los empresarios que pretenden competir con las reglas del mercado y quienes merecen las ayudas sociales más de quienes en la práctica las reciben.

No sólo, sino que, premiando la lealtad, se conspira contra la capacidad y el esfuerzo, pues se será empresario de éxito o se tendrá lo necesario para vivir en función de la lealtad, no de lo hábil, trabajador o estudioso que se sea. ¿Tiene sentido montar una promotora inmobiliaria si se carece de contactos políticos? ¿Tiene sentido preparar una oposición si para ser empleado público basta apuntarse a un sindicato o a un partido? Así que la corrupción es siempre mala, da igual que traiga riqueza o la reparta, porque es injusta y cercena el estímulo emprendedor y trabajador. Pero seguirá habiéndola mientras el elector, por mucho que vitupere la de los otros, tolere, ampare, comprenda o disculpe la de los suyos.

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