Conde, ‘ecce homo’

Emilio Campmany

En Nueva York, los amos del universo son brokers de Wall Street. En España, si existiera la forma de llegar a serlo, sería siendo un brillante opositor. Mario Conde lo fue. Y gracias al enorme esfuerzo realizado tuvo la oportunidad de codearse con los viejos ricos españoles, un mundo cerrado en el que no es fácil entrar, ni siquiera con dinero. Luego vino el clásico pelotazo. Pero en vez de invertir el dinero con prudencia, comprarse un barco y dar la vuelta al mundo con su mujer, Mario Conde quiso más y lo que hizo fue comprarse la presidencia de Banesto. El último que, sin ser banquero, se atrevió a intentar algo así fue Ruiz Mateos, y ya se sabe dónde acabó. Sin embargo, en el caso de Conde, la cúpula financiera española, más o menos a regañadientes, lo aceptó y lo integró.

Y si se hubiera limitado a hacer lo que todos los banqueros hacen, esto es, ganar dinero llevándose bien con el Gobierno de turno, sea quien sea quien lo presida, probablemente nada le hubiera ocurrido. Podría hacerse inmensamente rico en el espacio que va de unos ñoquis a la romana a un faisán a las uvas sin salir del comedor de Jockey, participando en esa operación tan interesante que el Gobierno le ha encargado a Botín o ayudando a cerrar la venta de tal empresa a Telefónica.

Pero eso seguía siendo poco para Conde. Era como el aficionado pobre que con enorme esfuerzo ha ahorrado el dinero que hace falta para ver la Feria de San Isidro desde una barrera del 10 y entonces se da cuenta de que lo que a él realmente le gusta es torear, no ir a los toros. Claro que los banqueros intervienen en política, pero cuando lo hacen es para defender sus intereses más esenciales, siempre que sean comunes y actuando de consuno. Conde no era más que un recién llegado. Que le dejaran integrarse en el grupo no incluía dejarle participar en las decisiones. Y él quería no sólo decidir, sino ser decisivo. Y entonces, cuando todo el mundo del rey abajo le reconocía como el español más brillante, creyó darse cuenta de algo obvio, que los políticos españoles no son más que un hatajo de mediocres y que ninguno de ellos le aguantaría ni medio asalto en un debate en televisión o en el Congreso. Y cayó en la tentación de querer ser presidente del Gobierno pensando que disponía de los medios y la capacidad para serlo.

No se dio cuenta de que los políticos, siendo todo lo mediocres que se quiera, tienen los colmillos más afilados que un jabalí, y que si han llegado hasta donde lo han hecho, aunque no han necesitado ser brillantes, sí han tenido que asestar los más sucios navajazos y las más rastreras puñaladas. Además, ningún empresario rico, empezando por sus compañeros banqueros, permitiría a nadie llegar a la Moncloa por sus medios. Quien quiera que sea que allí llegue tiene que hacerlo tras contraer cuantiosas deudas y reunir en el armario suficientes muertos que sacar a la luz en su momento. Y naturalmente, entre todos, se lo impidieron. No sólo, sino que lo encarcelaron. No digo que no cometiera los delitos por los que se le condenó. Digo que, si no hubiera aspirado a ser presiente del Gobierno, nadie le habría acusado de haberlos cometido. Desde entonces, nadie ha vuelto a osar intentar algo parecido.

Ahora que es momento de asustar a nuevos aventureros o que simplemente hace falta recaudar más para sostener el sistema del que viven los políticos y sus empresarios amigos, no viene mal arrear una nueva tarascada a Conde, alegoría de lo que ocurre cuando se desafía al poder.

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