Gobierno

Cerrado por defunción

Emilio Campmany

En este mundo que entre todos hemos levantado, es de mal gusto morirse. Irse para el otro barrio es algo tan feo y zafio que hay que esconderlo, no mentarlo y, en última instancia, hacer como si no hubiera ocurrido. Si lo piensan, hasta cierto punto la ley de eutanasia tiene como principal finalidad esa, la de facilitar a los familiares el disimulo del óbito a través del piadoso recurso de adelantarlo. Por eso ya no se ve en las puertas de nuestras tiendas, por muy familiarmente que estén gestionadas, aquel “cerrado por defunción” que en mi infancia me sobrecogía. Ahora, se muera quien se muera, la tienda tiene que seguir abierta cueste lo que cueste.

Esta especie de latigazo calvinista que sacude nuestras católicas conciencias se ha extendido también al Gobierno. A ver si este PSOE de Zapatero, creyéndose anticlerical, va a resultar que no pasa de protestante. El caso es que, a pesar de haber finado el máximo responsable del tenderete gubernamental, allí nadie pone el “cerrado por defunción”. Y así pasa que no paran de cambiar el escaparate, adquirir nuevo género y rebajar el viejo, y no se sabe quién es el responsable, si el factor, el contable o el mancebo.

La ministra de Economía, sin ir más lejos, se ha acostumbrado tanto a estar y no ser que el gesto de la cara se le ha transformado en una mueca permanente mitad fúnebre mitad cínica que recuerda a las de las estatuas de cera. Unas veces contesta una cosa y otras, otra, pero siempre con la misma cara de transida por el placer de verse ministra de lo que sea. El caso es que la buena señora está como esos prolijos escritores que no tienen tiempo de leer lo que les redactan sus negros y se sorprenden gratamente de ver lo mucho que saben cuando se asoman a lo que se supone que un día escribieron. Sólo que a ella eso le pasa con las medidas que toma, que el lunes niega que vaya a hacer nada, el miércoles reconoce que no sabe lo que hará y el viernes, tras el Consejo de Ministros, se congratula y felicita de haberlas tomado.

Pero el caso es que alguien en La Moncloa, no sabemos quién, acaba mandando al BOE las medidas y allí terminan por publicarlas. La mano que mece la cuna no puede ser la del muerto. Podría ser la del heredero, pero bastante tiene con conservar la legítima. Quizá sea el albacea, pero ése sabe que, hecha la partición, allí no pintará nada. Algún legatario podría estarse entrometiendo, pero vaya usted a saber quién. Lo seguro es que, sea quien sea, es el más alocado y farfullero de los gobernantes, que ni él mismo sabe la dirección en la que va. Como Zapatero, pero en anónimo. Con llegar al 20 de noviembre sin haber tenido que vender la tienda, me doy con un canto en los dientes.

Emilio Campmany, jurista y analista político. Autor de Operación Chaplin (Algaida), Quién mató a Efialtes (Ciudadela) y Verano del 14 (Esteságoras).

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