Financiación

Cataluña no paga a traidores

Emilio Campmany

Una de las más sorprendentes paradojas de nuestro sistema democrático es que el electorado castiga con inclemencia a todo partido que tolere la democracia interna. Atrae, gusta el partido monolítico, de férreas opiniones impuestas desde arriba. Repele, incomoda el partido abierto que fomenta el debate interno. Se castiga la disidencia, se premia la sumisión. Por eso, se entiende muy bien que los líderes de los dos partidos mayoritarios se esfuercen por lograr la unanimidad en el voto de todos sus correligionarios. Al final, importa más votar lo mismo que votar con acierto.

Éste podría ser un buen argumento para defender el que Rajoy haya impuesto la abstención a las comunidades gobernadas por el PP en el Consejo de Política Fiscal y Financiera que aprobó el nuevo sistema de financiación. Sin embargo, hay hechos que desdicen que fuera la voluntad de hablar con una sola voz lo que motivó la imposición a las comunidades que querían votar "no". Si hubiera sido el deseo unificador lo que motivó la llamada a rebato se habría hecho un esfuerzo para que Coalición Canaria aceptara abstenerse junto con el PP en representación de las islas, donde ambos partidos gobiernan en coalición. Pero, sobre todo, jamás se hubiera permitido que Ceuta, gobernada sin estorbos por el PP, votara que "sí" al acuerdo. Y menos cuando lo ha hecho por un mísero millón y medio de euros, que apenas da para comprarle una casa a Bárcenas.

Por lo tanto, los motivos de Rajoy tuvieron que ser otros. No se trató de dar una imagen de unidad, sino de impedir que nadie del PP votara que "no" a un acuerdo que beneficia esencialmente a Cataluña. Es fácil imaginar al mago Arriola, entre los vapores espesos de sus probetas y alambiques, iluminado el rostro tan sólo por el fuego de un hogar en el que se cuece con sonoros borbollones una pegajosa pócima, decirle a Rajoy: "Príncipe impaciente, has de saber que la victoria se te negará mientras no seas capaz de ganar en Cataluña. De nada servirá apoderarte de la razón del resto de los españoles mientras sigan dándote la espalda los corazones de los catalanes".

Y en eso está Rajoy, en ver el modo de no ser acusado de catalonofobia, con tanto esfuerzo como escaso éxito. Ya se ve que no se trataba de que el PP tuviera una sola voz en el Consejo, pues al final no la tuvo, sino de que no hubiera un solo "no" para poder decir en Cataluña que él es tan catalanista como Zapatero. Fracasará. Ganará o no en 2012, pero, si lo hace, no será con los votos de los catalanes. Cataluña no paga a traidores.

Encima, para que su postura quede clara, explica que su partido votará "no" donde realmente debe hacerlo, en las Cortes. Y ¿por qué es allí dónde debe hacerlo? Será porque es allí donde es seguro que perderá. Y ¿no es más coherente respecto de una misma cosa votar en todos los sitios lo mismo?

Del trance, tampoco ha salido muy airoso Antonio Beteta, que es tanto como decir Esperanza Aguirre. Después de decir que el sistema es "malo, perjudicial para España y atenta contra principios constitucionales", excusa su abstención con una orden del partido. No me explico como alguien puede dormir tranquilo tras haberse abstenido en una votación convencido de que lo que se votaba era perjudicial para España. Decía Andreotti de la política española que "manca finezza". Lo que "manca" es decoro.

Emilio Campmany, jurista y analista político. Autor de Operación Chaplin (Algaida), Quién mató a Efialtes (Ciudadela) y Verano del 14 (Esteságoras).

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