'Grossa Cap d’Any'

Cataluña ludópata

Emilio Campmany

A los españoles nos acusan de muchas cosas. Entre otras, de padecer una elevada tendencia a la holganza. El tremendo éxito que ha tenido el Estado organizando loterías parece la prueba de que aquí preferimos confiar en un golpe de suerte antes que en años de terco y duro trabajo. Un reciente anuncio de Loterías y Apuestas del Estado lo confirma. El comercial nos escupe a la cara que a principios del siglo XX, mientras los ingenieros americanos se devanaban los sesos viendo cómo abaratar el precio de los coches construyéndolos en serie, aquí lo que hacíamos era jugarnos las pestañas a la lotería para poder comprarnos uno de esos coches. Inquieta pensar que hoy ese organismo sea la única empresa del Estado que todavía es capaz de ganar dinero. Y lo gana vendiéndonos que no necesitamos trabajar para ser ricos, que nos basta comprar sus décimos. Y nosotros picamos.

Los nacionalistas catalanes han siempre defendido que una de las cosas que les diferencia del resto de los españoles es precisamente no padecer éste y otros graves defectos. Especialmente, se han vanagloriado de ser más laboriosos que los demás. Hasta tal punto que, incluso fuera de Cataluña, la imagen que se tenía de sus habitantes era esa misma, la de ser más trabajadores. Nadie podría imaginar que Artur Mas, más catalanista e independentista que nadie, que votó a favor de que se suprimiera allí la fiesta de los toros por española, haya sucumbido ahora a la tentación de organizar algo tan español como es un Gordo de Navidad. Que lo llame Grossa Cap d’Any no podrá esconder el incontrovertible hecho de que, para aliviar el apuro en el que su hacienda se encuentra, apela a un vicio que, por ser virulentamente español, se suponía que los catalanes no podían de ningún modo padecer.

Esa no me parece a mí que sea la mejor forma de ser catalanista. La Esquerra, a la postre la más severa depositaria de las esencias de lo catalán, debería oponerse a este vulgar recurso, tan español, de organizar juegos de azar para quedarse con el treinta por ciento de lo recaudado. La cuestión no es si los catalanes compran o no lotería, que es algo que vienen haciendo desde hace doscientos cincuenta años, como los demás españoles. La cuestión es que un líder soberanista estimula entre sus compatriotas un vicio tan opuesto a las virtudes catalanas como es la de confiar más en la suerte que en el trabajo. Y que el resto de nacionalistas que se sientan en el Parlamento catalán lo toleren es todavía peor. Qué decepción. Vaya una pedestre forma de ser catalanista, la de reconocer en sus conciudadanos los mismos vicios que envilecen a los españoles. Nada hay ya que sea genuino y auténtico, ni siquiera un nacionalista catalán.

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