Tribunal Constitucional

Casas enfurruñada

Emilio Campmany

Es un clásico en nuestro país oír a los políticos cuando se retiran pontificar acerca de lo mucho que se debería hacer, olvidando que ellos podrían haberlo hecho cuando ocuparon el cargo y sin embargo no lo hicieron. María Emilia Casas, naturalmente, no podía ser una excepción. Se me dirá que mi tocaya no es una política y que tampoco lo es el cargo del que se despide. Ja. Su trabajo en el Tribunal, especialmente desde que hace seis años fue nombrada presidenta de él, ha sido en esencia político. Su más importante misión fue la de salvar cuanto se pudiera del groseramente inconstitucional estatuto de Cataluña. Y sólo fue capaz de cumplirla a medias. Porque es verdad que se han declarado constitucionales muchos artículos que es obvio que no lo son. Pero no es menos cierto que el tribunal presidido por ella se ha visto obligado a declarar la inconstitucionalidad de los suficientes apartados como para encorajinar al nacionalismo catalán.

¿Es por eso, por no estar satisfecha con su trabajo, por lo que se despidió tan agriamente? ¿Se debe a ello el que, como una especie de señorita Rotenmeyer, recriminara a toda la clase política? ¿O fue quizá tan sólo un desahogo por el rapapolvo que tuvo que aguantarle a María Teresa Fernández de la Vega? Yo creo que no. Doña María Emilia estaba muy enfadada, pero no porque el Congreso todavía no haya nombrado a los cuatro magistrados que debiera ya haber designado ni porque los políticos no hayan sabido ponerse de acuerdo para reemplazar a García-Calvo, fallecido mientras estaba en funciones. Lo que probablemente tiene a la ya ex presidenta hablando sola es ver que el puesto en el Consejo de Estado que le habían prometido en pago de sus servicios resulta que ha sido ocupado por la misma que la abroncó en público. Total que, después de haber tenido que tragar quina por verse regañada por alguien sin ninguna autoridad sobre ella, después de haber seguido, a pesar de ello, al frente de la institución sin que de la Vega se disculpara, después de haber dejado el prestigio del tribunal y el suyo propio por los suelos, y después de haberse fajado defendiendo lo indefendible, van y le dan a otra el caramelo que a ella le prometieron. Es natural que esté que echa chispas.

Ahora, hasta para enfadarse, hay que tener cabeza. ¿Cómo puede abroncar a las Cortes por no renovar a los magistrados si fue precisamente esta omisión, reforma inconstitucional mediante, lo que le permitió ser presidenta el doble de lo legalmente permitido? ¿Cómo puede tener cuajo para quejarse de eso y "olvidar" que el artículo 160 de la Constitución dice que "el presidente del Tribunal Constitucional será nombrado (...) por un período de tres años"?

Pero lo más chirriante del discurso de despedida de la presidenta vino cuando se refirió a García-Calvo, del que dijo: "la tristeza por su muerte se ahonda ante la constancia de que el Congreso no ha encontrado el tiempo preciso para cubrir su vacante". Es como si en un funeral de un entrenador de fútbol o de un profesor, alguien diera el pésame a la familia señalando que el dolor le embarga con mayor profundidad al ver que no le nombran sustituto al muerto. Uno ya no sabe si es un problema de capacidad o de mal gusto.

Emilio Campmany, jurista y analista político. Autor de Operación Chaplin (Algaida), Quién mató a Efialtes (Ciudadela) y Verano del 14 (Esteságoras).

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