Partido Popular

Caperucitas en Hamelín

Emilio Campmany

Una de las cosas más curiosas de la legislatura pasada fue ver al PSOE dejarse conducir por un incapaz a la sima donde hoy se encuentra. En mayo de 2010, cuando Zapatero se vio obligado a dar un giro de ciento ochenta grados a su política, los socialistas tuvieron la oportunidad de cambiar de líder, poner al frente del partido a alguien algo más solvente, cosa que no hubiera sido difícil, e intentar salvar los muebles. No lo hicieron y hoy se encuentran inmersos en un proceso de disolución que sólo el temor que a sus electores moderados llegue a inspirar la pujanza de Podemos podría evitar. Pero más curioso todavía es ver cómo el PP, arrastrado a un proceso similar, perdiendo votantes a manos llenas a consecuencia de la desarbolada dirección de alguien igual de incompetente, nadie hace nada por sustituirlo y evitar que el desastre no sea total.

Los habrá que digan que está pasando en toda Europa y que nada hay que impida que los partidos de gobierno paguen el pato de la crisis. Ya, pero al menos lo intentan. En Francia, Hollande no dudó en sustituir al oscuro Ayrault por el brillante Valls para hacerle un lifting al socialismo francés. Rajoy pudo en 2012 emprender cualquier política en la que hubiera creído. Pudo incluso limitarse a aplicar el programa con el que ganó las elecciones. Pero no, arrugado ante la sola necesidad de tener que decidir, inerme ante el páramo de ideas que es su cabeza, eligió lo más fácil, subir la presión fiscal y obedecer a Bruselas. Y que siga la fiesta de subvenciones, ayudas, empresas y entes públicos, enchufados y demás. Y aunque dice que va a bajar los impuestos, todos sabemos que es porque hay elecciones y que, aunque es verdad que bajan por un lado, también lo es que suben por otro, porque a lo que no va a renunciar es al rosario de bicocas y chollos que el sector público reparte.

A los prebostes del PP todo esto les podría parecer muy bien si no fuera porque hoy por hoy es una política suicida que conduce al partido al desastre electoral, sin más esperanza que la de conservar los escaños suficientes con los que formar una mayoría con los socialistas y que éstos renuncien a aliarse con Podemos. Y deberían darse cuenta de que esa aspiración máxima, siendo el PSOE responsable de la mayoría de los males que nos afligen, no es precisamente la mejor manera de animar a sus votantes a que les vuelvan a votar ni es la más estimulante de las perspectivas. Puedo admitir que a los dirigentes del PP les importa una higa España. Pero no me creo que no les importen sus cargos y poltronas. De forma que no sé cómo estas caperucitas se están dejando dirigir por este flautista que desafina más que un japonés borracho en un karaoke y nadie encabece la revuelta del grupo parlamentario para deshacerse de la rémora que tienen como presidente.

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