Presidenciales francesas

Camino de Sedán

Emilio Campmany

A los franceses les pasa que son tan estatalistas que, cuando se les ponen feas las cosas, la única solución que se les ocurre es más Estado. Y lo hacen sin plantearse antes si sus problemas no se deberán precisamente a tener uno del tamaño de un elefante. Es verdad que Sarkozy llegó al Elíseo con un programa liberal. Y lo hizo con la idea de que liberalizar a la muy anquilosada Francia le devolvería a su país su grandeur. Los franceses, sin embargo, tan sólo se quedaron con la promesa de que les devolvería su grandeza sin prestar mucha atención a los métodos que emplearía el pequeño inmigrante húngaro. Naturalmente, cuando empezó a tomar medidas, nuestros vecinos hicieron eso que tanto les gusta que es rebelarse, sin darse cuenta de que ya no estaban protagonizando una revolución burguesa, como en 1789, sino la más reaccionaria de las respuestas a la indispensable liberalización de Europa.

Sarkozy se arrugó y se convirtió en el enrobinado gaullista que creyó querían tener los franceses de presidente. Cortó las reformas y se bandeó como pudo con el gasto público. Pero, al renunciar a la liberalización, permitió que la locomotora alemana, que sí hizo los deberes y recortó el sector público en lo necesario, se le escapara. Y los franceses le culparon de la afrenta de que Berlín creciera y creciera mientras Francia menguaba, no al ritmo que el resto de los países del Sur de Europa, pero casi. Así no puede extrañar que los galos se hayan dejado convencer por un socialista de que lo que pasa es que el Estado, que en Francia significa el 56 % del PIB, todavía tiene que gastar más y hacerse más grande. Para saber en qué manos han caído los del otro lado de los Pirineos baste recordar dos promesas concretas de Hollande: el Estado contratará a 60.000 profesores más y se impondrá a las entidades financieras la tasa Tobin. Si es así como piensan llegar a crecer al ritmo de Alemania, van dados.

Las elites francesas están convencidas de que Hollande no cumplirá esas y otras promesas que tan sólo tenían la finalidad de ganar las elecciones y que al final el gris enarca hará lo que hay que hacer, controlar el gasto. Como mucho, insistirá en que el ritmo de la disminución sea más tranquilo y quizá suba algo los impuestos, pero poco más. No sé. Un socialista es un socialista y es incapaz de recortar el gasto porque en su naturaleza está gastar, cuando no despilfarrar, y no cabe esperar que las tareas que no quiso hacer Sarkozy, un liberal reconvertido en conservador, las vaya a hacer un socialista hijo del sesenta y ocho. Si Hollande cumple la mitad de lo que ha prometido, conducirá a Francia al Sedán económico, dejando a Alemania como dueña y señora de Europa. Más nos valdría a todos, incluidos los franceses, ir ensayando el paso de la oca por el pasillo.

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