Cállate, Casado. Cállate

Emilio Campmany

Casado es como el estudiante de química del chiste que, después de haber definido el ácido sulfhídrico como algo de aroma agradable y habérselo dado el profesor a oler, insiste en el yerro y afirma, con un mohín de asco: “Pues a mí me gusta”. Denostó temerariamente a Santiago Abascal durante su impertinente moción de censura para demostrar a la izquierda lo poco de derechas que es el actual líder del PP. Haciéndolo se arriesgó a que Vox le pagara el desdén con desdén y le privara del poder que los populares disfrutan en algunas regiones y ayuntamientos gracias al partido verde a cambio de casi nada. Ahora que en Madrid ya no se podrá contar con Ciudadanos y habrá que necesariamente apoyarse en Vox, Casado debería tragarse las palabras de la moción, pedir perdón y rezar para que todo salga como se espera. No quiere por no tener que desdecirse. Muy bien. Es comprensible que el estúpido orgullo se lo impida o que quiera preservar su inexistente reputación de líder de la derecha tolerable para la izquierda. Pero entonces tendría que mantenerse silente, callado como una tumba, mudo como un muerto, con los labios cosidos, escondido en una cuba hasta que todo pase. 

Es legítimo que Casado aspire a que el PP logre unos resultados que permitan a Ayuso gobernar en solitario. Ella misma lo ha dicho. Lo que no es lógico es que quiera seguir abjurando de Vox y describir un hipotético Gobierno de coalición como “una locura”. Los electores de Vox están dudando si, por eso del voto útil, no sería mejor votar a Ayuso. El empeño de Casado en seguir atacando al partido verde tan sólo servirá para convencerles de que es mejor seguir siendo fieles a sus siglas para mejor garantizarse que, en caso de éxito, se tendrán en cuenta sus propuestas. Dicho de otro modo, cuando Casado abusa del verbo, más votantes de Vox se reafirman en votar a Monasterio, poniendo así en peligro la victoria. También podría Abascal, para mejorar los resultados de Vox, insistir en que el partido de Casado no deja de ser la “derechita cobarde” de siempre y que lo que tiene que hacer el genuino elector de derechas es votar a su candidata. Si lo hiciera, y no está dicho que no termine haciéndolo si Casado sigue con su furiosa verborrea, no serviría más que para eso, para poner en peligro el triunfo de la libertad sobre el socialismo.

Es comprensible que Casado quiera atribuirse la probable victoria del PP en Madrid. Pero también debería darse cuenta de que su futuro como presidente de Gobierno depende de que Ayuso siga siendo la presidenta de Madrid tras el 4 de mayo. Y para que lo sea es fundamental que el atolondrado líder del PP se calle hasta que durante la noche del día 4 pueda proclamar que el PP ha ganado las elecciones en Madrid y su candidata presidirá el Gobierno autonómico durante dos años más. Pero, si Casado se juega mucho, más nos jugamos los madrileños en unas elecciones donde el “socialismo o libertad” es mucho más que un eslogan. Por eso, Casado, cállate, por Dios, cállate.

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