Crisis del PP

Calígula desbaratando conjuras

Emilio Campmany

José María Aznar quiso un partido presidencialista. O mejor dicho, cesarista. En él, el césar lo sería todo y habría un Tijelino que ejecutara con siniestra eficacia sus órdenes, especialmente las que implicaran cortar alguna cabeza. El papel de Tijelino lo desempeñó con admirable maestría Álvarez-Cascos. Cuando Rajoy heredó a Aznar, al PP le ocurrió algo parecido de lo que le pasó al imperio romano, que una estructura gigantesca creada para ser gobernada y gobernar con mano de hierro pasó de Augusto a Calígula. Es verdad que entre ambos estuvo Tiberio. Ese papel lo hizo el Rajoy de la primera legislatura de Zapatero. En 2008 empezó el reinado de Calígula. Y con él la decadencia de aquella extraordinaria máquina que un día fue el PP.

Una de las demostraciones de la ineptitud con la que Rajoy gobierna el PP es la constatación de que no ha querido o sabido encontrar su Tijelino. Seguramente no lo ha hecho porque no va con su estilo de gobernar, que consiste en enfrentar a unos con otros sin terminar de confesar sus deseos para que nadie pueda considerarse dueño e intérprete de su voluntad. Cuando hay que cortar una cabeza, la corta él directamente y se ocupa cuidadosamente de que no haya duda de que ha sido él el verdugo, para que todos sepan que sabe serlo cuando quiere. Y es un error. Lo es al menos en el PP. Porque en ese partido, tal y como lo concibió Aznar, se necesita un brazo poderoso y rápido que sin pensar deje caer el hachazo apenas reciba en un susurro la sugerencia del césar. Cuando tal ocurría, todo el mundo sabía quién había murmurado la orden, pero siempre se mantenían las formas y los odios se descargaban sobre Tijelino.

El caso es que, de la misma manera que el balbuciente gobierno de Calígula no dejó de provocar conjuras hasta que una de ellas acabó en su asesinato, alguna se debe de estar fraguando a fin de tratar de evitar el futuro desastre que ya ha empezado en Andalucía. A fin de desbaratarla, Rajoy ha convocado a la Junta Directiva Nacional, a la que pertenecen 600 cargos del partido, para el martes de Pascua. Semejante aquelarre no puede tener por finalidad introducir ningún cambio real en la estrategia del PP. Es demasiada gente para eso. Para lo único que puede servir es para ratificar el liderazgo de Rajoy y ahuyentar los negros presagios que pesan sobre las cabezas de todos. Con todo, probablemente no haya nada al final. Ni el desastre se evitará ni la conspiración cuajará. Es tanto el poder que Aznar atribuyó al césar del PP que ni siquiera a Rajoy es posible arrebatárselo contra su voluntad.

Ahora me dirán que la comparación es muy forzada y que en realidad el PP de Rajoy en nada se parece al imperio de Calígula. Es posible, pero sólo porque no termino de encontrar a quién atribuir el papel de Incitato. Y es que son tantos los aspirantes…

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