'Brexitloo'

Emilio Campmany

Para cualquiera, liderar el Brexit habría sido un trabajo digno de Hércules. La misma existencia del mandato salido del referéndum colocó a Theresa May, y a cualquiera que hubiera estado en su lugar, en una posición debilísima desde el momento en que, negocie lo que negocie, el resultado no puede ser otro que la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Para compensar esta debilidad, al águila de Downing Street se le ocurrió convocar unas elecciones que la confirmaran como portavoz indiscutible del pueblo británico en Bruselas. No lograría extraer ninguna concesión, pero al menos en las islas tendrían que aguantarse con el resultado porque todo se habría hecho conforme a los deseos del pueblo, no sólo en cuanto al Brexit, también en cuanto a quien lo patroneó.

Pero el pueblo británico ahora le echa la culpa de lo mal que va el Brexit a quien lo tiene que dirigir. Efectivamente, el Brexit es un desastre, pero no por cómo se está haciendo, sino en sí mismo. Si Theresa May es responsable de algo es de no explicarlo y de prometer una Arcadia feliz que nunca será. Como no les gusta lo que vislumbran, los electores británicos, responsables últimos del Brexit, han dado un azote a la pobre desgraciada que le ha tocado dirigirlo bajo la forma de pérdida de la mayoría absoluta. En Gran Bretaña el debate se centra ahora en si Theresa May tiene o no que dimitir. La verdad es que eso no importa. Tampoco es relevante que pueda venir alguien aún más incompetente, como Boris Johnson. La cuestión es que, gracias a estas elecciones, el Partido Conservador tendrá que negociar el Brexit en una posición de todavía mayor debilidad. El que Corbyn no pueda, sumando a demócratas-liberales y nacionalistas escoceses, formar Gobierno no hace más que empeorar las cosas porque cualquier alternativa a los conservadores sólo puede salir de unas nuevas elecciones.

Para colmo de males, si no quieren gobernar en minoría y debilitar aún más su posición negociadora, los conservadores sólo pueden redondear una mayoría absoluta con los unionistas de Irlanda del Norte. No pueden contar con los demócratas-liberales porque éstos se oponen radicalmente al Brexit. Lo que los unionistas podrían exigir a cambio de su apoyo dejaría al Gobierno de Westminster sin la apariencia de neutralidad necesaria para pastorear las rivalidades entre protestantes y católicos, arriesgándose a romper el inestable equilibrio que mantiene la paz allí.

La única buena noticia es el despeñamiento de los radicales del UKIP, furibundos partidarios del Brexit. El Partido Conservador ha logrado absorber a sus fieles a base de asumir buena parte de sus planteamientos. Podría ser un éxito si no fuera por el precio a pagar, que va más allá de los números, pues los conservadores han perdido al electorado urbano y ahora anclan su poder en el campo. Eso es pan para hoy y hambre para mañana.

Total, que Napoleón tuvo su Waterloo, Henry Hunt su Peterloo y Theresa May, y con ella todo su partido, su Brexitloo. Y los terroristas acechando.

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