Crisis política

Bono jetudo

Emilio Campmany

Si Rafael Alberti, tan poeta y tan comunista como Neruda, todavía viviera, podría escribir: "El Bono confianzudo, calvipelambrudo, cobardicorajudo, lengüisoltudo y velludo, lisonjea, alfilerea, pastelea, alardea, tocapelotea y se pitorrea con un saludo".

¿A qué juega Bono? A ser presidente de Gobierno, por supuesto. Sí, claro, ¿pero cuál es su plan? ¿Espera ser el candidato del PSOE en 2012? ¿Cuenta con que Zapatero dimitirá y que el Rey le propondrá como sucesor al Congreso elegido en 2008? Para una u otra cosa ¿con qué aliados cuenta? No sabemos siquiera que los tenga. Lo que sí tiene, y a calderadas, son enemigos. Los más enconados y acérrimos, en su partido.

Son varios los puñales que el espectador puede ver centellear desde su butaca, pero las sombras que cubren el escenario no permiten distinguir quiénes los empuñan, aunque está claro que todos pretenden hendirlos en el quinto espacio intercostal del César Zapatero. También es posible entrever que algunos de los que enarbolan la daga visten ricas túnicas púrpura mientras otros tan sólo se cubren con un corto sayo, propio de esclavos.

Pero, para Bono, no importa tanto quien aseste la puñalada como ser él quien suceda al César asesinado. Para lograrlo, necesita saber cómo será el esperado óbito. Si fuera fruto de una larga agonía, hasta 2012, necesitaría ser elegido secretario general y candidato a la presidencia del Gobierno por su partido. Ya lo intentó hace diez años y guerristas y felipistas se pusieron de acuerdo en apoyar al aparentemente inofensivo Zapatero con el sólo fin de cerrar el paso al salobreño. ¿Sería ahora diferente? Es imposible saberlo. El partido está abierto en canal y la única consigna que se oye es "sálvese quien pueda".

Si, por el contrario, la muerte del César fuera súbita, caben dos posibilidades, que dimita o que convoque elecciones anticipadas en las que Zapatero ya no sería candidato. Algunos barones socialistas pueden desear un anticipo de las generales a las autonómicas para que la visión de la derechona en el poder movilice a los votantes socialistas cuando llegue el momento de presentarse ellos ante sus electores. Pero, para eso, apenas queda tiempo. Y poca diferencia hay entre que las elecciones sean en otoño de 2011 o la primavera de 2012.

La última opción es la de la dimisión. Si alguno de los muchos asesinos que merodean La Moncloa lograra que Zapatero cometiera suicidio, las opciones de Bono, y de cualquier otro aspirante a ceñir la corona de laurel, habrían de fundarse no tanto en el aparato de Ferraz, como en el Grupo Parlamentario Socialista del Congreso, que es quien ha de votarle en la subsiguiente investidura. Si el grupo estuviera dividido y sus miembros no pudieran ponerse de acuerdo en un nombre, el respaldo definitivo tendría que venir del Rey, a quien corresponde constitucionalmente proponer candidato a la presidencia del Gobierno en caso de dimisión del titular. Si el propuesto fuera Bono, o cualquier otro socialista con nombre, no es previsible que haya diputados socialistas dispuestos a rechazarlo. De hacerlo, se arriesgarían a que, transcurridos dos meses sin obtener nadie la investidura, se convocaran unas elecciones que el PSOE perdería por goleada.

Ya ven, Bono zorrea y culebrea más que nunca, prueba evidente de que el río anda revuelto. No es el único que trata de pescar en él, ni el más listo. Veremos en qué queda.

Emilio Campmany, jurista y analista político. Autor de Operación Chaplin (Algaida), Quién mató a Efialtes (Ciudadela) y Verano del 14 (Esteságoras).

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