Corrupción

Areta investigación

Emilio Campmany

El otro día pusieron en la tele El crack, ese canto a la Gran Vía que rodó Garci a finales de 1980. Viendo a Germán Areta desenvolviéndose por aquel Madrid, presentándose como un tipo duro y solitario que trata de sobrevivir en una sociedad podrida gracias a un trabajo sucio, me pregunté si hoy sería posible un personaje así, a pesar de no estar ya Alfredo Landa para interpretarlo. Y concluí que sí, que claro que era posible. La Gran Vía ya no está envuelta en nubes de contaminación preñadas del plomo que todavía tenía la gasolina. Tampoco está la fachada de Sepu, salpicada de churretes grisáceos. Ni tampoco el Frontón Madrid. Supongo que dedicarse a la investigación privada, se sea o no expolicía, no es hoy un trabajo tan sucio como entonces. O quizá sí.

Pero somos más ricos. Nos desplazamos en coches mucho más grandes, seguros y confortables que aquel birrioso Simca 1000 que hacía de Areta un modesto privilegiado. Somos también mucho más refinados y ya no comemos los bocadillos de calamares ni nos atizamos los copazos de Soberano con los que sobrevivía Areta. Ahora degustamos corazón de sardina envuelto en tempura de morcilla y lo maridamos con un gintonic aromatizado con pepino. Tampoco nos distraemos ya con el mus ni envidamos más a los pares, sino que jugamos al Texas Hold’em online. Se acabó lo de ir a hacer cola a las taquillas de los cines los sábados por la mañana porque sacamos las entradas por internet. Los bares de carretera, sin ser un paradigma de higiene, ya no tienen el suelo lleno de servilletas de papel arrugadas, inmundicias y colillas. Sobre todo, colillas. De esas ya no hay porque ya no fumamos. Ni se nos ocurriría ponerle de mote a nadie Moro no fuera a ser que se ofendiera algún musulmán. Pero para que un nuevo Germán Areta nazca y crezca en las salas de cine españolas, en el caso de que Garci quisiera hacer El crack del siglo XXI, conservamos lo esencial, una sociedad lo suficientemente podrida en la que tener que sobrevivir gracias a un trabajo sucio. De hecho, creo que en materia de putrefacción no es que no hayamos cambiado, es que hemos progresado.

Lo demuestran los ERE, la Gürtel, Bárcenas, Pallerols o este último escándalo de la operación Edu en Andalucía, en el que los socialistas de allí se defienden diciendo que no son dos mil millones sino "sólo" diecisiete. La basura es tanta que bastaron 24 horas para que Susana Díaz se arrepintiera del rapto de decencia que tuvo cuando le quitó a Elena Cortés las competencias de adjudicación de viviendas. A la vista de cómo se llevan nuestro dinero delante de nuestras santas narices, deberíamos decirles lo que Areta, que ya sabemos que tenemos cara de gilipollas, pero nos jode que la gente se fíe de las apariencias.

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