Fórmula 1

Alonso se convierte en Monza

Emilio Campmany

Soy ferrarista desde que me acuerdo. Me fui a vivir a Roma con mis padres cuando tenía cuatro años. Volví con los ocho cumplidos y un cavallino rampante grabado en el corazón. Para quienes padecimos aquel Estudio Estadio en blanco y negro donde creían más relevante un partido de balonmano entre el Granollers y el Mataró que lo que estuviera sucediendo en Brands Hatch, siguieron unos años terribles. En España castigamos con nuestra indiferencia toda disciplina en la que no sobresalgamos. Por eso Ángel Nieto bastó para apasionarnos por las motos. Y por eso no lo hicimos con la Fórmula 1 hasta que llegó Fernando Alonso.

Para mí y para cualquier otro ferrarista español fue motivo de gran orgullo ver a un compatriota sentarse a un volante con el caballo negro sobre fondo amarillo en el centro. Pero creo que el resto de aficionados españoles, los que no son ferraristas, incluido Fernando Alonso, no terminaron de entender qué significaba eso. Ferrari es algo más que un coche. En un país donde el automóvil se dice en femenino, la macchina, Ferrari es una religión. Allí, cuando Riccardo Patrese, el gran piloto italiano, a los mandos de un Brabham, rompía el motor y dejaba el liderato a un Ferrari conducido por un francés, el público se ponía en pie y bramaba de júbilo. En Maranello, habiendo tenido a grandísimos pilotos, no son tenidos necesariamente por los más importantes quienes más campeonatos ganaron. Es más, el más grande nunca fue campeón del mundo. Cualquier ferrarista sabe que hablo de (por favor, pónganse de pie) Gilles Villeneuve. El commendatore no escogía a sus pilotos sólo por sus aptitudes fríamente consideradas, sino sobre todo por su corazón. Creo que al vecchio le hubiera gustado Alonso. Pero antes de contratarlo le hubiera explicado la clase de religión que estaba abrazando. Es una pena que no esté aquí para decírselo. Luca Cordero di Montezemolo no puede hacerlo porque él tampoco acaba de saber cómo es.

Quienes sí han sabido decírselo y bien claro son los miles de tifosi que han inundado este domingo la recta de Monza y han gritado como posesos su apellido, Alonso. Y lo han hecho a pesar de que sólo ha sido segundo y de que el campeonato, gracias a esta derrota, está hoy prácticamente perdido, salvo un milagro que sólo son capaces de hacer los de Maranello si el piloto cree suficientemente en ellos. La cara de estupefacción de nuestro compatriota hablaba por sí sola. Parecía no entender nada. Jamás la multitud, ni siquiera cuando ha ganado en España, había gritado así su nombre. Aquello es Monza, la catedral. Y los ferraristas rugían con una sola alma roja "Alonso, Alonso, Alonso". Jamás creí que viviría lo suficiente para ver una cosa semejante con un piloto español. Ahora ya lo he visto. Y Alonso también. Bienvenido a la scuderia, Fernando.

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