¿A qué va Sánchez a Cataluña?

Emilio Campmany

La visita de Pedro Sánchez a Cataluña tenía mucho de visita a un país extranjero. No estaba, que se sepa, la ministra de Exteriores porque hasta ahí podíamos llegar, pero el viaje tuvo mucho de la parafernalia de las relaciones diplomáticas: las banderas de uno y otro país, la revista a una compañía de honores de la policía autonómica, intercambio de presentes, la rueda de prensa y cosas así.

Es evidente que Sánchez está dispuesto a postrarse ante todo lo que a él le parezca accesorio, vendiendo mientras humo, palabras, halagos y gestos. Sin embargo, tanto agacharse es muy humillante para el resto de los españoles, a quienes él también representa. Pero la pregunta crucial es si nuestro presidente está dispuesto a ceder también en lo sustantivo. Esa misma duda atenaza a Torra y a todo el independentismo, que Dios confunda. Les gusta, y de qué manera, ver a todo un presidente del Gobierno del reino de España dejarse pisotear del modo en que lo hace Sánchez, pero eso no les traerá la independencia. Hace falta que se salte la ley o la reforme. ¿Está realmente dispuesto Sánchez a hacerlo cuando dice que la ley no basta?

El muy ladino habla de hacer esfuerzos para alcanzar una reconciliación como si nosotros, que somos a quienes él representa, tuviéramos alguna culpa de lo ocurrido. Los que trataron de dar un golpe de Estado fueron los independentistas. Puede que tuvieran sus motivos para intentarlo, pero, si de verdad los había, lo que tenían que haber hecho es instar la reforma de la ley, para lo que nuestra democracia ofrece caminos de sobra. Nunca intentaron tal cosa. Lo único que saben hacer con la ley es violarla para afirmar luego el derecho que tienen a hacerlo porque representan al pueblo de Cataluña. Dos mentiras que son el punto de partida que Sánchez parece asumir al iniciarse esta negociación. Si realmente el presidente está dispuesto a avanzar, lo que pueda salir de ahí no serán más que ilegalidades e inconstitucionalidades cometidas ahora no sólo por los independentistas sino también por los socialistas y los comunistas desde el Gobierno. De manera que lo crucial es saber si de verdad es eso lo que quiere Sánchez o si simplemente está fingiendo para ganar tiempo mientras intenta que quienes quieren un Estado independiente para su región se conformen con una "mejora" de la política fiscal y financiera.

La respuesta no es tan sencilla. Sánchez no quiere ceder en lo esencial, no por principios, sino porque le perjudicaría electoralmente. Pero los dos zapatos que calza, el izquierdo de Esquerra y el derecho de Iceta, le aprietan una barbaridad y apenas tiene margen de maniobra, como demostró cuando se desdijo después de haber retrasado esta reunión a un momento posterior a las futuras elecciones en Cataluña. Tarde o temprano tendrá que decidir. ¿Qué hará entonces? Si puede mantener la Moncloa sin consentir, se mostrará firme. Pero si necesita transigir para seguir siendo presidente del Gobierno de lo que quede de España, cederá. Vaya si cederá.

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