COPE

¿A qué huele?

Emilio Campmany
La COPE ha decidido deshacerse de Federico Jiménez Losantos. Desde un punto de vista empresarial, la decisión es absurda. Así que debe de haber otra explicación, naturalmente política. La victoria del PP en las elecciones gallegas y la disposición del PSOE a gobernar con el apoyo del PP en el País Vasco han tenido la propiedad taumatúrgica de convertir a Mariano Rajoy en un hombre de Estado, el llamado a suceder a Zapatero.

Mientras tanto, la operación Gürtel sigue su curso. Es verdad que Rajoy no puede desconocer que es su tesorero, no el de Esperanza Aguirre, el que está en la picota. Pero el asunto afecta a la presidenta de la Comunidad de Madrid lo bastante como para cortarle las alas lo justo para que no pueda enfrentarse a Rajoy en un Congreso extraordinario que es cada vez más evidente que no se va a convocar.

Un editorial de El Mundo publicado las vísperas de las elecciones gallegas sostenía que aquella parte del electorado del PP que quisiera castigar a Rajoy tendría mejor ocasión de hacerlo en las elecciones europeas y que, por el momento, había que votar a Nuñez Feijóo. Tanto caso le hicieron que don Alberto, reconocido ex votante de Felipe González, se alzó con la mayoría absoluta y entregó a Rajoy un balón de oxígeno capaz de mantenerle con vida hasta las generales.

Hoy, a la vez que Losantos confirma los deseos de la COPE de prescindir de sus servicios, leemos a Mayor Oreja en El Mundo que habrá una segunda parte de la negociación con ETA y a Jesús Eguiguren en El País que la "paz" se abrirá paso en 2011, supuestamente con la connivencia del PP de Basagoiti. ¿A qué huele todo esto? Pues a traición a varios kilómetros a la redonda.

No estoy hablando de las presiones que el PP haya podido ejercer para lograr la defenestración de Losantos. Eso es casi legítimo. Es verdad que no lo es tanto el ser sensible a esas presiones, pero allá la COPE y su política de fichajes. Me refiero a la negociación con ETA, a las concesiones que Eguiguren tiene pensado hacer a la izquierda abertzale y que ya ofreció antes sin que a ETA le parecieran suficientes y que quizá ahora acepte. Me refiero a la claudicación del PP frente a la política lingüística de la Generalidad de Cataluña y me refiero al pasteleo en el control de la cúpula judicial. Quien tenga todavía dudas, que recuerde la reciente aproximación de presos etarras al País Vasco con el aplauso de Federico Trillo y la anuencia del resto de su partido.

Nada de todo esto se hará evidente antes de las europeas. Pero, aunque así fuera, si el electorado del PP decidiera darle a Mariano Rajoy una patada en el trasero de Mayor Oreja, los medios que hoy apoyan al gallego, especialmente los de izquierda, atribuirán la derrota a la "inflexibilidad" de aquél y no la bizcochabilidad de éste.

Los gallegos todavía celebran haberse librado del tándem Touriño-Quintana. Los demás apenas nos hemos recuperado de los litros de champán ingeridos para celebrar el pacto PP-PSOE en el País Vasco. Y, mientras tanto, la regeneración democrática y la reconducción del Estado de las Autonomías han quedado pospuestas ad kalendas graecas. Todo ello bendecido por todos los poderes fácticos reales, mediáticos, eclesiásticos y económicos.

Lo de Federico Jiménez Losantos es mucho más que una canallada. Es un símbolo.

Emilio Campmany, jurista y analista político. Autor de Operación Chaplin (Algaida), Quién mató a Efialtes (Ciudadela) y Verano del 14 (Esteságoras).

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