Xenofobia con gusto no pica

Eduardo Goligorsky

El predicador Francesc-Marc Álvaro dicta una tranquilizadora lección de convivencia civilizada ("Extranjeros inadvertidos", LV, 3/2):

La estigmatización de personas por su origen, su color de piel, su religión, su lengua o sus costumbres es incompatible con la democracia y con los derechos humanos. (…) Entre nosotros, la buena noticia es que ningún partido populista xenófobo ha conseguido consolidarse y amenazar seriamente las instituciones. A diferencia de lo que ocurre en Francia, Holanda o Alemania, los votantes españoles y catalanes han hecho poco caso de este tipo de ofertas excepto en algunas localidades.

Aflora el tremendismo

Pero, ¡cuidado!, Álvaro es también un guardián atento a la acechanza de los lobos disfrazados de corderos. Ya de entrada deslizó sutilmente la discriminación: "españoles y catalanes", con la estigmatización aplicada, por cuestiones de lengua, a los lobos castellanohablantes. No confundir. Y aquí aflora el tremendismo, porque los primeros, los lobos españoles, dan cobijo al PP y una parte importante del PSOE, que practican

populismo racista y populismo catalanófobo. Cuando el PP recogía firmas contra el Estatut, hacía populismo gordo y jugaba con fuego. (…) ¿Quién necesita apelar a los inmigrantes si puede utilizar el espantajo de unos españoles sospechosos y anómalos? El extraño no es el musulmán, ni el judío, ni el negro, ni el extranjero. El extraño –en este caso– es un ciudadano de España que presenta una españolidad que se interpreta "deficiente" o "equívoca" o "impura".

La magnitud de la falacia queda al descubierto cuando este comisario del secesionismo ortodoxo, que necesita discriminar en cada frase a los españoles de los catalanes, acepta, contraviniendo todo lo que enseña su ideología, que el catalán es un "ciudadano de España". Esto es precisamente lo que es, un ciudadano de España, en tanto que las sospechas, las anomalías, las deficiencias, los equívocos y las impurezas que enumera son las cuñas malintencionadas que introducen los secesionistas –y ahora los plurinacionales podemitas– para producir la fragmentación identitaria. Para convertir a unos españoles en extranjeros respecto de otros españoles. Y para poder manifestar su instinto xenófobo contra quienes, como ahora confiesa Álvaro, no son extranjeros sino sus propios conciudadanos. Para ahorrarse remordimientos, imaginan que su versión edulcorada de la xenofobia, como la sarna, con gusto no pica. A ellos, los secesionistas, les gusta, y no les pica porque untan su xenofobia con la pomada del patriotismo mitológico.

Pero afortunadamente son minoría los xenófobos hostiles no sólo a sus conciudadanos del resto de España, también a otros catalanes que ellos consideran extranjeros por su españolidad. Lo confirma la encuesta del Centre de Estudis d’Opinió de diciembre de 2016 ("La cifra de ciudadanos que solo se consideran catalanes se desploma", LV, 29/1): los que solo se consideran catalanes cayeron del 28,5% en julio al 19,8 en diciembre. Más catalanes que españoles bajaron del 23,5 al 20,5%. Tan españoles como catalanes aumentaron del 34,5 al 38%. Más españoles que catalanes subieron del 5,3 al 6,3%. Solo españoles aumentaron del 3,9 al 4,9%. Y la audiencia de TV3 cae por debajo de la de Antena 3 y Telecinco (suplemento "Vivir", LV, 5/2).

En cuanto a la recogida de firmas contra el Estatut, no fue una demostración de catalanofobia, sino la reacción de quienes tuvieron la lucidez suficiente para ver que se estaban sentando, ya desde 1980, las bases del Estado propio. La consigna era "Hoy paciencia, mañana independencia", y por eso el diseñador del entramado secesionista, Jordi Pujol, "sugirió asumir toda la mierda si CDC mantenía su obra" (LV, 4/2). Está a la vista que mantiene la obra, con su nuevo nombre y con la CUP en el puente de mando, mientras Pujol saca provecho de toda la mierda que asumió sin gran sacrificio.

Vicios y virtudes

La contradicción entre la crítica a la xenofobia y la aplicación de esta como motor del movimiento secesionista que pretende levantar fronteras interiores se repite cuando Álvaro describe los vicios del populismo, vicios que le parecen virtudes cuando los cultiva, como veremos más adelante, su maruja favorita, la señora Pérez. Castiga, con argumentos sólidos, las múltiples pero entreveradas versiones del populismo, incluido el trumpismo, ajeno al hecho de que está retratando las tácticas torticeras del procés que él defiende sin tregua ("Es la gente", LV, 26/1):

La aparición de un personaje tan nefasto como Trump tiene la virtud de mostrar la similitud entre todos los que –viniendo de la izquierda o la derecha– exhiben superioridad moral y aspiran a borrar del debate público a todo el mundo que discrepe de sus dogmas, explicados –claro– como hechos irrefutables.

(…)

La crisis de la mediación democrática tiene relación con la sustitución del término ciudadanos por el término gente (los de abajo, la multitud, etcétera) como sujeto central del relato. Los populistas siempre hablan de la gente, palabra que sugiere proximidad y empatía, y la vaguedad necesaria para incluir a todos los que –por una cosa u otra– se sienten olvidados, despreciados y perjudicados por las políticas de los partidos tradicionales y la complejidad de unas estructuras que son poco permeables a las reformas. El antagonista de la gente es el establishment o la casta, categorías que incluyen o excluyen actores de manera arbitraria según conviene.

A los secesionistas les conviene acusar de todos los males, vaga y arbitrariamente, a España y a los partidos tradicionales, mientras monopolizan el adoctrinamiento en la enseñanza y en los medios de comunicación para explicar los dogmas como verdades irrefutables. Y la multitud, la gente… La gente se encarna, para Pablo Iglesias, en "la abuela Teresa Torres". ¿Recurso demagógico? Por supuesto. Un instrumento que el populismo secesionista no podía desdeñar. Por eso Álvaro se valió de la imaginación para poner en escena a su propia gente: la señora Pérez ("La señora Pérez y la ideología", LV, (21/7/2016):

Una ciudadana poco ideológica –como la mayoría de la gente– que elegía esta opción [CiU] porque defiende lo que es nuestro aquí y en Madrid (…) para que Catalunya deje de pedir permiso a Madrid y tenga un asiento en las Naciones Unidas (sic).

Pobre señora Pérez, ingenuo embrión de xenófoba. Qué chasco se va a llevar cuando descubra que le vendieron –y cito nuevamente a Jordi Pujol– la poca mierda que él dejó en el partido al llevarse la parte del león. Y que el asiento en las Naciones Unidas y en Bruselas lo seguirá ocupando la España indivisa.

Tierra de promisión

En síntesis, contrariamente a lo que nos quiere hacer creer Álvaro, sí existen en una región de España partidos populistas xenófobos que han conseguido consolidarse y amenazan seriamente las instituciones. Partidos que no se ensañan con los inmigrantes sino con los compatriotas, para lo cual explotan el mito de lo que el ensayista y novelista Amin Maalouf anatematizó como "identidades asesinas".

A la señora Pérez le bastaría con salir un momento de la cápsula provinciana donde la mantienen hibernada quienes le lavan el cerebro para descubrir que Madrid no solo no es una tacaña que niega permisos y de la que hay que defenderse, sino que es, desde hace siglos, y también hoy, tierra de promisión para una multitud de catalanes emprendedores.

Mientras en Cataluña los secesionistas levantan murallas contra la enseñanza del castellano en las escuelas y divulgan leyendas negras contra sus compatriotas españoles, en Madrid, y en el resto de España, esos catalanes con iniciativa hacen fructificar su talento en el teatro, el cine, la radio y la televisión, las empresas industriales y comerciales, las universidades y toda actividad productiva y creadora. Un catalán preside la Confederación Española de Organizaciones Empresariales, y otro catalán por adopción, colaborador, para más inri, del corporativismo secesionista, está al frente de la Unión General de Trabajadores de toda España.

En Madrid y el resto de España no existe discriminación ni esa variante espuria de la xenofobia que es la catalanofobia, en tanto que el agitprop del secesionismo sí fomenta en Cataluña la discriminación y esa variante espuria de la xenofobia que es la hispanofobia. Ya me explayé sobre este tema, con nombres y apellidos de algunos de los catalanes que encontraron la mejor acogida en Madrid, en el artículo "La burricie fomenta el éxodo" (LD, 19/8/2016).

Es imposible desengañar a la señora Pérez ficticia que brotó de la imaginación de un secesionista impenitente, pero si catalanas y catalanes de carne y hueso, se llamen Pérez o Puig, montan en el AVE o en el puente aéreo rumbo a Madrid y se encaminan luego hacia cualquier otro punto de la geografía española, el abrazo fraternal con que los recibirán les deparará una agradable sorpresa. La estolidez del nacionalismo se cura viajando.

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