Vuelve la sexofobia

Eduardo Goligorsky

En el artículo"Vuelve la policía del pensamiento" (LD, 17/2) recordé que si en tiempos de Franco se hubiera publicitado la conferencia de un escritor francés sobre la opción de un homosexual por la castidad, la Brigada Político-Social habría intervenido inmediatamente para aplicar la Ley de Vagos y Maleantes e impedir la disertación sobre un tema tabú. Y señalé la incongruencia de que ahora, recuperadas las libertades, la Generalitat de Cataluña enviara un inspector para controlar si el escritor que iba a abordar esa misma opción en una iglesia incurría o no en un delito de homofobia.

Teorías heréticas

Practiquemos otro ejercicio de vuelta al pasado. Imaginemos que en tiempos de Franco alguien hubiera intentado hacer circular por Madrid un autobús con el cartel "Los niños tienen pene. Las niñas tienen vulva". La Brigada Político-Social lo habría confiscado en un santiamén por sus presuntas afinidades con las teorías heréticas de Sigmund Freud sobre sexualidad infantil. Esta interpretación habría sido producto de una mente alucinada por la sexofobia. Nuestro profesor de anatomía del histórico y elitista Colegio Nacional de Buenos Aires –Jaime Moragues Bernat, quien en aquel lejano 1947 hacía más ostentación de su ideología nazi y peronista que de su ascendencia catalana– nos enseñó cuáles eran los órganos propios de cada sexo sin que ninguno de nosotros quedara traumatizado. Ni siquiera un condiscípulo con obvia tendencia homosexual, con quien confraternizábamos desprejuiciadamente.

¿Por qué entonces el escándalo y las actuaciones judiciales en torno del autobús que iba a pasear esta verificación anatómica primeramente por Madrid y después por el resto de España, precisamente ahora cuando, repito, se han recuperado las libertades? Que sucediera en la época de Franco se entiende, dada la tradicional sexofobia de la Iglesia Católica, entonces aliada con el poder. En su libroDios en el laberinto (Sudamericana, Buenos Aires, 2016), el estudioso Juan José Sebreli cita ejemplos incontestables de esta sexofobia extraídos del Antiguo y el Nuevo Testamento, de textos de los padres de la Iglesia, encíclicas y sermones. Una cita:

Hay eunucos que se hicieron a sí mismos eunucos por causa del Reino de los Cielos: el que puede ser capaz de eso, séalo (Mateo, 19:12).

Sistema inquisitorial

El anatema contra el autobús de marras y contra su transcripción de detalles que figuran en todos los atlas de anatomía no tiene, sin embargo, origen religioso. La sexofobia puede alimentarse en fuentes muy diversas y en este caso lo hace en la de la generofilia hoy vigente. O sea en el dogma de la ideología de género, armada de su propio sistema inquisitorial. Impugnar su aplicación coactiva y reivindicar que en la mayoría de los seres humanos la morfología de los órganos genitales gobierna las relaciones sexuales es arriesgarse a cargar con el sambenito de la transfobia o la homofobia. Falso. El hecho de que el heterosexual se manifieste como tal y aluda sin avergonzarse a sus órganos genitales y a su estilo de vida no implica, en una sociedad abierta, ni hostilidad ni aversión contra quienes han elegido otra orientación, sea por razones genéticas o culturales. Se limita a definirse, sin necesidad de organizar desfiles para mostrarse orgulloso de ser lo que es. Lo es, sencillamente, con modestia y naturalidad.

El respeto mutuo es la base de la convivencia. Pero respetar no implica silenciar las inclinaciones propias ni ocultar diferencias con las ajenas. Si lleváramos al extremo la presunción de que quien manifiesta sus preferencias insulta o agrede a quien no las comparte nos encontraríamos con la aberración de que los musulmanes y los judíos podrían pedir la prohibición de las alabanzas publicitarias al jamón alegando que su exhibición agravia y discrimina a aquellos cuya religión les prohíbe comer carne de cerdo. Aunque, quizás, a todo se llegará.

Impacto emocional y visual

La prueba de que la predilección por la ideología de género impera en las instituciones y en una parte importante de la opinión pública la encontramos en el hecho de que la campaña a favor de la transexualidad que tuvo por escenarios las comunidades vasca y navarra entre el 11 y el 16 de enero pasó casi inadvertida fuera de esos territorios. Y no porque careciera de impacto emocional y visual. La asociación Chrysallis, compuesta por 40 familias con hijos transexuales, colocó en las marquesinas de 150 paradas de autobús y metro carteles con las bellas imágenes lineales de dos varones, uno con pene y otro con vulva, y de dos niñas, con idénticas características, brincando alegremente, con la leyenda "Niñas con pene y niños con vulva". Imágenes que seguramente fueron a enriquecer las colecciones de muchos pedófilos (El País, 11/1 y 5/3).

El empeño de esas familias por obtener el reconocimiento social de la identidad de sus hijos y por inculcar a otros padres y niños el respeto por las diferencias solo merece apoyo y elogios. No así la vía que han elegido. Existe un vasto campo de instituciones donde se puede desarrollar una tarea de divulgación, apoyada en argumentos tanto sentimentales como científicos. Algunos de estos últimos que ha divulgado Chrysallis han sido controvertidos y sería útil, en beneficio de todos, ponerlos en claro. Ello, sin descuidar la educación de los niños y adolescentes, inesperadamente crueles, para erradicar el bullying contra aquellos cuya diferencia radica en la sexualidad, el color de la piel, la religión, la lengua o el aspecto físico. A veces las víctimas son los empollones o los discapacitados. La irracionalidad no conoce límites de edad ni de sexo o género.

Velan las armas

Sacar la polémica a la calle, con imágenes infantiles mucho más impactantes que los textos, solo puede predisponer en contra a los padres que opinan lo mismo que confiesa haber opinado una de las madres de transexuales, que se había empeñado en reeducar a su hija hasta que se rindió a las evidencias y la aceptó como varón. El tema es demasiado complejo para salir a debatirlo con consignas simplistas y, además, abre interrogantes que se resolverán a largo plazo en la vida de seres inocentes. El argumento predilecto de los críticos de la campaña sostiene que la mayoría de los niños y adolescentes que pasan por una etapa de ambigüedad optan finalmente por la identidad genital con que nacieron. Si esto fuera cierto, intervenir para encarrilarlos sigilosamente en otro sentido se convertiría en un abuso censurable, guiado por la voluntad de justificar estadísticamente, mediante un fraude, el dogma de la ideología de género.

No seamos, tampoco, ingenuos. Los pedófilos se regodean contemplando estos tiras y aflojas entre padres perplejos mientras esperan recoger los frutos tiernos que les obsequia nuestra incorregible frivolidad.

Y, entre las sombras, los yihadistas velan las armas, preparándose para conquistar una sociedad decadente, donde se complacerán en degollar a los conciliadores multiculturalistas que se autotitulan campeones del progresismo. Ni siquiera perdonarán a los descerebrados que, en el Carnaval de Las Palmas, se humillaron ante los islamistas evitando burlarse de Mahoma, para aclamar y premiar, en cambio, a el/la mamarracho que se disfrazó de Virgen María crucificada.

Pobre civilización ilustrada, en qué manos has caído. Unos bárbaros que te odian llaman a tus puertas y otros bárbaros que también te odian, aunque por distintos motivos, corren a abrirlas desde dentro.

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