Volver a empezar

Eduardo Goligorsky

Cuando cayó el Muro de Berlín y se derrumbó el imperio soviético, los congénitamente optimistas pensaron que había llegado el momento de arrinconar en la biblioteca los libros que desenmascaraban las utopías sanguinarias. La realidad acababa de demostrar que los horrores que Stéphane Courtois y otros estudiosos documentaban en El libro negro del comunismo (Ediciones B, 2010) no alcanzaban a reflejar en toda su dimensión la perversidad del sistema. Otro tanto se podía decir de los desmitificadores ensayos de George Orwell, Albert Camus, Arthur Koestler, Jean-François Revel, François Furet, Isaiah Berlin o Karl Popper. No obstante su rigor, se quedaron cortos. Por fin el escalpelo de Alexander Solzhenitsyn se hundió hasta el fondo en las llagas del Gulag. Los optimistas se equivocaron al guardar esos libros. Hoy vemos circular por las calles y las redes sociales la réplica del monstruo y urge refrescar la memoria colectiva.

Plaga de vandalismo

Hay que volver a empezar en condiciones harto difíciles. La clase media y emprendedora, que forma la columna vertebral de la resistencia liberal y socialdemócrata a las embestidas de los totalitarismos, no está en vías de desaparecer, víctima de la crisis, como piensan algunos, pero sí se ha desmoralizado y se ha convertido en presa fácil de demagogos y sembradores de odio. Sorprendentemente, al caer en estas trampas ha descuidado sus ya maltrechos intereses. Alarmado por la plaga de vandalismo que se ha instalado en Barcelona cabalgando sobre la campaña de desobediencia a la ley que el secesionismo estimula, el editorialista de La Vanguardia, hasta ahora propalador complaciente de dicha campaña, clama (27/5):

La propiedad privada es la base de la economía emprendedora catalana, pero hoy en día apenas tiene defensores públicos en Catalunya, lo que contribuye a crear un clima de justificación de los antisistema. Los ataques al derecho a la propiedad son tolerados en nombre de vagos principios de justicia social. (…) Por si fuera poco, algunos grupos políticos en alza (singularmente la CUP, pero también sectores que apoyan a la alcaldesa Colau) defienden abiertamente estas posiciones: ya que el sistema capitalista es opresor y practica una "violencia sistémica", la violencia de los grupos antisistema está justificada por ser defensiva. (…) Nadie se atreve a defender a pecho descubierto la legalidad frente al fenómeno okupa que recurre a la violencia.

Eso sí, el editorialista tampoco quiere enemistarse con los pijoprogres y advierte de que los remedios propuestos por partidos y personalidades más derechistas "seguramente serían peores que la enfermedad". Con su pan se lo coma.

Entramado de falacias

Es en las páginas de La Vanguardia donde encontramos también una de las muchas pruebas de que hay que volver a empezar el trabajo de desmontar el entramado de falacias sobre el que descansa el Moloch comunista. El galardonado sociólogo Manuel Castells encabeza su filípica semanal con un título que, después de las experiencias vividas, debería interpretarse como una acusación pero que él emplea como diploma de honor: "Comunistas" (21/5). ¿Aceptaría el diario una colaboración igualmente halagüeña titulada "Nazis"? Ya lo planteó Jean-François Revel: ¿acaso adoptar la ideología de Lenin, Stalin, Mao y Pol Pot es menos aberrante que adoptar la de Hitler, Göring y Himmler? Apostrofa Castells:

Resulta sorprendente y un tanto deprimente observar en la política española la descalificación de "comunista" como argumento político, como en tiempos de Franco y la guerra fría.

Proceder así es, a juicio del eminente sociólogo, una "bajeza", una muestra de "miedo irracional". Pero atención: Castells no denuncia que se utilice este término sin justificación, sólo para denigrar al adversario socialdemócrata o liberal, como hacían los macartistas. No, ser comunista es, para Castells, motivo de orgullo. Explica:

Resulta que el líder político actualmente mejor valorado en las encuestas es Alberto Garzón, que se declara comunista a mucha honra, sin que les importe a los ciudadanos en un sentido o en otro.

Motivo de más para volver a empezar, divulgando entre los ciudadanos la magnitud de los crímenes asociados a esta ideología. Sobre todo para que no los tomen por idiotas como hace Castells, quien inmediatamente después de subrayar que Garzón "se declara comunista a mucha honra" desliza que "esto no quiere decir que ni él ni nadie esté proponiendo políticas comunistas". ¿Entonces por qué se declara comunista, si las políticas que propone no lo son? Si un candidato se jactara de ser nazi a mucha honra, ¿se lo disculparíamos acotando que las políticas que él y los suyos proponen no son nazis? Los libros que habíamos guardado son pródigos en ejemplos de las tácticas arteras y los disfraces que los comunistas emplearon a lo largo de la historia para copar el poder, traicionando y exterminando después a sus cándidos aliados ocasionales.

Aborto del leninismo

Castells finge ser ecuánime al reconocer que la utopía derivó hacia "un universo totalitario que entronizaron la Unión Soviética y China", a lo que se sumó "la destrucción de millones de seres humanos y la dictadura implacable de un partido". Pero los cien millones de muertos son pelillos a la mar. El universo totalitario tuvo sus ventajas:

Esa realidad histórica también arrojó un balance de éxito. (…) La Unión Soviética se industrializó y modernizó en un tiempo récord y construyó una máquina militar que fue la fuerza decisiva para derrotar al nazismo. (…) China es hoy la segunda potencia económica mundial y el pulmón del capitalismo global bajo la dirección de un partido comunista tan totalitario como el soviético.

Balance de éxito que también se podría aplicar –maravillas del totalitarismo–, a los planes de desarrollo autárquico que impulsaron el nazismo, el fascismo y el franquismo.

Castells manipula la historia para acomodarla a sus necesidades dialécticas y, prescindiendo de lo que sucedió antes de la Guerra Civil y durante ésta, nos cuenta que "el PCE nunca fue amenaza a la democracia". Claro que lo fue en los tiempos de los comisarios estalinistas y las checas, pero también es cierto que las cosas cambiaron, y al evocar ese cambio el sociólogo pone al descubierto una contradicción de la que se deduce, nítidamente, que hoy la meta del PCE y del contubernio Unidos Podemos es el guerracivilismo y no la democracia:

Todos concuerdan en su papel conciliador decisivo [del PCE] en la transición, en la aceptación de la monarquía, en los pactos de la Moncloa y en la construcción de la convivencia constitucional.

Este papel conciliador del PCE que Castells evoca cínicamente para reforzar el engaño es precisamente el que el comunista a mucha honra Garzón y su socio chavista Pablo Iglesias repudian enfáticamente, abominando de Santiago Carrillo, al que canonizarían por Paracuellos pero detestan por sus aportes a la construcción de la convivencia constitucional, mientras abrazan a Julio Anguita, el pirómano senil que confiesa estar obsesionado por el deseo de exhumar el delirio rupturista de 1977. Este compadrazgo los delata: lo que se disfraza de alianza para el cambio y el progreso no es más que otro aborto del leninismo necrófilo. El director de La Vanguardia, Marius Carol, escribió, con su firma, en pleno apogeo del motín de Gràcia, un comentario que podría aplicarse a los trampantojos revolucionarios de su prestigioso colaborador (27/5):

Algunas de las cosas que unos escriben o declaran ante estos hechos son la demostración de que falta reflexión intelectual y sobra estupidez humana.

Autopsia de las plagas

Uno de los libros que rescato de mi biblioteca ya había previsto esta contingencia. Releo en La tentación liberal. Una defensa del orden establecido (Península, 2009), del clarividente Miquel Porta Perales:

Los enemigos de la sociedad abierta no han desaparecido. Lo que ha ocurrido –"Hemos atravesado abismos de crímenes y escombreras de gloria", sentenció Chateaubriand– puede volver a ocurrir. La sociedad abierta, que históricamente ha superado todos los obstáculos, sea cual fuere su disfraz y estrategia, debe seguir superándolos. Y, para ello, se necesita una política conforme a la realidad. De vuelta al mundo real, hemos de asumir que la cultura de la libertad conquistada en las últimas décadas puede retroceder. Y, para que eso no suceda, hay que creer en la superioridad de esta cultura y confiar –de ello hemos hablado en otro capítulo de este libro– en las ideas, armas y estrategias realmente existentes para su defensa y extensión.

Las amenazas que se ciernen sobre la sociedad abierta se han multiplicado desde aquellos tiempos en que el reptil totalitario tenía sólo dos cabezas: la nazifascista y la comunista. Hoy se han clonado las ultraderechas y las ultraizquierdas, acompañadas por un séquito en el que los populismos variopintos con toxinas nacionalistas y clasistas compiten con los fundamentalismos religiosos y étnicos. Porta Perales practica la autopsia de todas estas plagas y desvela cuáles son los eficaces antídotos liberales.

Para los veteranos es trabajoso volver a empezar. Los novatos ni siquiera conocen las caras del mal y con demasiada frecuencia sucumben a la tentación de lo desconocido. He aquí más motivos para volver a empezar. Los valores de nuestra civilización merecen el esfuerzo.

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