Vaivén de victoriosas manifestaciones

Eduardo Goligorsky

Afortunadamente la edición del 12 de septiembre de La Vanguardia nos ahorró las cifras hiperbólicas de asistentes con que infló pasadas manifestaciones secesionistas. El millón seiscientos mil atribuido a la cadena humana del 2013 (recortado a 793.683 por el estudio independiente que encargó Societat Civil Catalana) no superó esta vez los "cientos de miles", aunque algún funcionario durmiente del Ayuntamiento soñó que eran 1.800.000. Al somatén mediático se le filtró, para más inri, una información delatora: la manifestación de la V ocupaba una superficie de 200.000 metros cuadrados, de lo cual se deduce que, a menos que los asistentes se apretujaran promiscuamente, no podían ser más de 600.000. Muchos, es verdad, pero si se piensa que Cataluña tiene 7.500.000 habitantes y Barcelona con los municipios colindantes 3.000.000, volvemos a comprobar que las mayorías de que alardean los secesionistas son falsas. La peculiaridad de los movimientos sectarios consiste en que cuando convocan a sus leales éstos acuden en masa, ya se trate de organizaciones políticas o de grupos religiosos. Cuando los Testigos de Jehová congregan a sus fieles en una ciudad no falta ni uno, y el espectador tiene la impresión de estar ante una religión mayoritaria.

El marchamo nacionalista

La prudencia en el cómputo del número de integrantes de la V no impidió que se deslizaran las consabidas exageraciones. Isabel García Pagán aludió, en su crónica, a "la mayor movilización de la historia de Catalunya. Probablemente de Europa". Y Francesc-Marc Álvaro no pretendió ser original y repitió la fabulación de su colega: "La excepcional manifestación de ayer en Barcelona -quizás la mayor nunca hecha en Europa- certifica también que tenemos un país nuevo". Por supuesto, cualquiera que bucee en las hemerotecas comprobará que las manifestaciones multitudinarias son un fenómeno compartido por todos los movimientos totalitarios, tanto de izquierda como de derecha, en Europa y los restantes continentes. Ayer y hoy. Manifestaciones que, además, ostentan casi siempre el marchamo nacionalista. El inolvidable Rafael Abella, que tanta falta nos hace hoy para desbaratar falacias históricas, lo evoca en Por el imperio hacia Dios. Crónica de una posguerra (Planeta, 1978).

Recuerda Abella que el 2 de diciembre de 1946 la Asamblea de la ONU condenó al régimen de Franco y recomendó que los países miembros retiraran sus embajadores de Madrid. Para verificar el parentesco entre los tinglados totalitarios basta que en los textos que reproduzco a continuación leamos que cuando los franquistas despotrican contra la ONU son los secesionistas quienes lo hacen contra España, y cuando los franquistas ensalzan la grandeza de España y el Caudillo los secesionistas hacen otro tanto con Cataluña y sus jerarcas. Escribe Abella:

La reacción fue fulminante. Los más elementales reflejos patrióticos se dispararon al conjuro de lo que se calificó de "intromisión intolerable en los asuntos españoles". Al son de la única voz autorizada en el país, se organizó una réplica tremebunda. El día 8 de diciembre, en la Plaza de la Armería de Madrid, se concentró la más multitudinaria manifestación que imaginarse pueda. Ex combatientes, ex cautivos, niños de las escuelas, soldados, paisanos y toda la masa de adictos al franquismo fueron coincidiendo en el punto de concentración predispuestos a expresar su más clamorosa adhesión al hombre a quien una victoria guerrera y seis años de propaganda habían convertido en la personificación del país, de la nación, del Estado. Y estaba también, ¿por qué no decirlo?, una enorme cantidad de gente indiferente y neutra que se vio tocada por esa irreflexiva xenofobia ibérica que se despierta cuando le presentan algo que toca a su fibra patriótica como intromisión del extranjero.

Subordinarse al poder

El acto se celebró el domingo 8 de diciembre de 1946. Entonces los lunes no aparecía la prensa escrita. La lectura de La Vanguardia Española del martes 10 y su comparación con La Vanguardia a secas del pasado 12 de septiembre demuestran que no ha habido cambios en la fórmula que la dinastía Godó emplea para subordinarse al poder, sea éste franquista o secesionista. Rezaba el titular del 10 de diciembre:

El pueblo español proclama al mundo su firme decisión de defender su independencia. Los madrileños, en una impresionante manifestación cívica, reiteran el fervor de su adhesión al Caudillo de España.

A continuación, La Vanguardia Española exhortaba a manifestarse ese mismo día 10 en Barcelona "en protesta contra tanta infamia, tanta desvergüenza y tanta estupidez":

¡Barceloneses, catalanes, españoles!: el que sin causa justificada ante su propia conciencia -y allá cada cual con el fuero de ésta- no se halle presente en la manifestación de hoy para protestar contra los ataques a nuestra verdad y nuestra razón, que son los puntales más firmes de nuestra soberanía y nuestro honor, no es digno de ser ciudadano de un país libre.

La edición del 11 de diciembre subrayaba el éxito de la convocatoria:

Antes de la hora prevista para iniciar el desfile el gentío ya llenaba totalmente y en toda su amplitud inmensa el Paseo de Gracia, calles adyacentes y buena parte de la Avenida del Generalísimo, a derecha e izquierda del Paseo de Gracia.

Y en los titulares triunfales no faltaba la V de la victoria que volvió a ocupar la portada del 12 de septiembre del 2014:

El espíritu del 18 de Julio está en pie.

Barcelona, en una indescriptible explosión de patriotismo, contesta a los satélites de Rusia en la ONU.

Centenares de millares de barceloneses reiteran su amor a España y su lealtad al Caudillo de la Victoria.

Los redactores, que desconocían los vaivenes del futuro, cometieron un pecado de veracidad al destacar que las calles estaban cubiertas de octavillas de adhesión al acto "en castellano y catalán". ¿Propaganda franquista en catalán? Aquellos plumillas franquistas ignoraban que cuando cambiaran las tornas sus colegas adictos al nuevo régimen secesionista inculcarían a los desprevenidos la certidumbre de que en 1946 la lengua catalana estaba implacablemente perseguida.

Traficantes de quimeras

Las manifestaciones las carga el diablo. En todos los tiempos y en todas las latitudes y no sólo en 1946 y en el 2014, en Madrid y Barcelona. El catedrático Joaquim Muns, guiado únicamente por el rigor jurídico, advierte (LV, 14/9, suplemento "Dinero"):

En algunos momentos históricos puede parecer que las leyes no caminan al mismo paso que las sociedades. (…) Las tentaciones para obviar las leyes son muchas. En algunos casos se apela a la democracia directa, bien sea a través de la calle, bien sea a través de una avasalladora propaganda política o una combinación de ambas. Es sumamente peligroso, además de desacertado, canalizar las aspiraciones de los pueblos a través de las interpretaciones de los movimientos de las masas. La historia está llena de errores fatídicos derivados de esta visión populista de la democracia.

Siempre he optado por no explayarme extensamente sobre determinados temas cuando juzgo que una firma responsable con mayor autoridad social ya lo ha hecho antes. Por eso recurro con frecuencia a las citas y vuelvo a hacerlo en relación con el componente deleznable que se oculta detrás de la fachada espectacular de las manifestaciones. Cuando la V todavía estaba en proceso de gestación, Lluís Foix rememoró ("La política y la calle", LV, 18/6):

Las manifestaciones se repiten en todos los países de forma casi sistemática. (…) Las seguí muy de cerca en Buenos Aires cuando la gran mayoría de argentinos estaba a favor de la invasión de las Malvinas por la Junta presidida por Leopoldo Galtieri. Quizás las más numerosas y generalizadas que recuerdo se registraron en París, Roma, Bonn, Amsterdam y Londres en ocasión de la instalación de misiles de crucero en Europa occidental para contrarrestar el rearme nuclear soviético en los países del Pacto de Varsovia. Era el otoño de 1983. Cientos de miles de europeos salieron a la calle para protestar una iniciativa que fue propuesta por el socialdemócrata Helmut Schmidt en Londres en 1979 y aceptada posteriormente por Ronald Reagan, Margaret Thatcher y la mayoría de gobiernos occidentales. La presión sobre la decisión transatlántica fue masiva en las calles de Europa occidental. Pero los gobiernos siguieron adelante con su plan y todos los partidos favorables a lo que se conoció como la doble resolución revalidaron los resultados en las siguientes elecciones.

Foix no descuida el tema catalán:

Seguirán las manifestaciones y podemos prepararnos a ver magníficas concentraciones a favor del derecho a decidir que no tiene paralelismos en ningún ordenamiento jurídico o político democrático. (…) Todo ello tiene que responder a un pacto político que puede o no ser apoyado en las calles. La política también se basa en la garantía de los actos jurídicos.

La buena gente, como acertadamente la define Francesc-Marc Álvaro (LV, 8/9), ya ha sido utilizada como comparsa en las calles. Hoy ve, azorada, cómo quienes la convocaron para formar la V se entretienen en quebrarla y convertirla en muchas W. Los patriotas y mesías no son tales. Sólo ambiciosos traficantes de quimeras que buscan una mayor y más lucrativa cuota de poder en un nuevo Estado hecho a su medida.

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