Una nueva iglesia

Eduardo Goligorsky

Es lógico que el colectivo LGTBIQ+ se haya acogido a la carta de derechos humanos vigente en los países de la civilización occidental para defender y afianzar su estatus de igualdad y libertad dentro de la sociedad. Sus grupos de presión fueron conquistando, a lo largo del siglo XX y comienzos del XXI, derechos que en otros tiempos habrían sido inimaginables. Actualmente, su función debería consistir en desterrar prejuicios atávicos y, en el plano legal, combatir los actos de intolerancia, discriminación y violencia perpetrados contra sus miembros. Todo muy loable. Pero…

Gurús iconoclastas

Pero los mismos adictos al ideario liberal que prestaron su apoyo a estas iniciativas pluralistas se sienten defraudados al comprobar que quienes fueron sus defendidos copian ahora, colectivamente, muchos de los actos arbitrarios y autoritarios de quienes fueron sus represores. Lo que era un lobby consagrado a la eliminación de rémoras inquisitoriales se convirtió en una factoría de coacciones y supercherías encaminadas a encorsetar la sociedad en un modelo contrario a la razón y la ciencia, diseñado por una élite de gurús iconoclastas con una cosmovisión totalitaria.

Encaramado en los círculos de poder, el lobby ya no es tal sino un remedo de aquellas iglesias que lapidaban a los transgresores de Sodoma y Gomorra. Esta nueva iglesia sin dios tiene sus pontífices, sus santos, sus mártires, sus catequizadores, sus centros de oración, sus reliquias, sus efemérides y sus procesiones. (Omito, para evitar malentendidos, los monaguillos). También tiene sus cismas y herejes, porque sus dogmas se prestan a distintas interpretaciones. Algunas de gran calado. Por ejemplo, debaten qué es un hombre y qué una mujer. Un interrogante que a los profanos con conocimientos rudimentarios de anatomía se nos antoja disparatado, pero a partir del cual los engañabobos entablan polémicas bizantinas sobre sexo y género que hacen palidecer las que enfrentaban a baptistas y anabaptistas. Para colmo, los mandamases ensoberbecidos están introduciendo el guirigay en las aulas.

Trepadores amorales

Estas controversias podrían contemplarse con la misma tolerancia compasiva con que se escuchan los desvaríos de terraplanistas, antivacunas, veganos, animalistas, feministas andrófobas y ecologistas apocalípticos, si no fuera porque las obsesiones de estos nuevos taumaturgos se traducen, en España, en leyes que abruman a todos los infieles, dictadas por un Gobierno de trepadores amorales. Con el agravante de que esta legislación abusiva pone en alto riesgo la salud física y mental de los niños y adolescentes. Con la Ley Trans como punta de lanza.

La Ley Trans permite cambiar de sexo con una simple declaración ante el Registro Civil, sin necesidad de informe médico ni psicológico. Entre los 14 y 16 años, bastará el consentimiento de los representantes legales del menor o de un defensor judicial en caso de discrepancias. Lorenzo Bernaldo de Quirós objeta ("El cambio de sexo de los menores", LV, 10/7) que se otorgue esta opción a quienes no han llegado a la mayoría de edad:

Resulta sorprendente prohibir a los menores beber alcohol, sacar el permiso de conducir, comprar tabaco o jugar en un casino y permitirles decidir sobre algo tan relevante como trocar de sexo y, en consecuencia, llevar a cabo la materialización física de esa iniciativa. (…) La ley elaborada por el Gobierno, como se ha apuntado, abre el portillo para que los menores inicien procesos de cambio de sexo, vía hormonal o mediante la cirugía, que les pueden producir perjuicios quizás irreparables (…) Desprotege a los menores vulnerables y priva a los padres de su derecho y obligación de garantizar su salud física y mental en un período crítico de su vida: el de la niñez y el de la adolescencia.

Pin parental

En este contexto, es alarmante que la Unión Europea se haya dejado colonizar por la campaña falaz de la nueva iglesia –que no lobby– contra el Gobierno de Hungría, acusado de homofobia por el hecho de que prohíbe que este colectivo maniqueo inculque en las escuelas, a los menores de 18 años, la ideología de género, peligrosamente asociada a la disforia y desprovista de fundamento científico. Aunque me sitúo en las antípodas del integrismo religioso que inspira muchos actos del Gobierno húngaro, pienso que es una muestra de elemental sentido común apoyar sin reservas esta medida de profilaxis social, que debería servir de ejemplo a los españoles preocupados por las enseñanzas tendenciosas extracurriculares que imparten a sus hijos personas ajenas al cuerpo docente. Por ejemplo, predicadores de la nueva iglesia empoderada.

Basta de rodeos: el pin parental se ha ideado para contrarrestar la estrategia invasiva de los pedófilos en las escuelas. Es la clave de la normalidad. Salvémoslo.

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