Un regalo envenenado

Eduardo Goligorsky

Argentina recibió, a lo largo de su historia, abundantes aportes materiales e intelectuales de España: desde una enriquecedora corriente migratoria hasta no menos enriquecedoras inversiones empresariales. La evolución de la cultura argentina es inseparable de la presencia hegemónica de la lengua española y de la implantación de editoriales fundadas por españoles. Esta corriente de aportes también se desarrolló en sentido inverso. Sobre todo a partir de los años 70, cientos de miles de argentinos se radicaron –nos radicamos­– en España. Algunos de forma transitoria y otros con la intención de asumir definitivamente los derechos y deberes de la ciudadanía española, con las consiguientes responsabilidades. En eso estamos.

Un país desangrado

La inmigración argentina fue, inicialmente, producto de la tragedia que vivía un país desangrado por la guerra entre dos demonios: el de la dictadura militar y el de la guerrilla subversiva, con un balance desproporcionado de daños colaterales; y más tarde fue consecuencia del desbarajuste económico con sus secuelas de corralitos y bancarrotas. La diversidad de las causas de este fenómeno también influyó sobre la heterogeneidad ideológica y social que fue caracterizando a los recién llegados a medida que transcurría el tiempo. En los años de plomo predominaron los miembros de la clase media: profesionales universitarios, docentes, estudiantes, artistas, periodistas y personas afines a todos los oficios del mundo editorial. Sin olvidar a los numerosos guardianes de los misterios freudianos, jungianos, gestálticos y lacanianos. Quienes llegamos en aquella época debimos aprender a separar la paja del trigo: por un lado, quienes habíamos emigrado por miedo a caer bajo el fuego cruzado; por otro, los ideólogos y los militantes de los grupos guerrilleros y terroristas, muchos de los cuales traían las manos manchadas de sangre.

Cuando Argentina se reencontró con la democracia, en 1983, hubo una corriente de retorno en la que se infiltraron, nuevamente, algunos de los subversivos prófugos, y hubo que esperar hasta los posteriores estallidos de hiperinflación y el corralito para que llegaran nuevas oleadas de inmigrantes. Hoy, esta colonia argentina es mucho más variopinta que la anterior, y abarca desde futbolistas multimillonarios hasta camareros, pasando por los habituales representantes de la clase media. Con el agregado de que dada la cantidad de antiguos inmigrantes que hemos accedido a la nacionalidad española, y la cantidad de nuevos trasplantados que han traído pasaporte español o europeo por sus orígenes familiares, es imposible determinar la magnitud de dicha colonia.

Lo cierto es que si bien la influencia de la inmigración argentina no se refleja en el censo, sí lo hace en la asimilación de algunas costumbres. La yerba mate, el dulce de leche y la gastronomía carnívora ya no son patrimonio exclusivo de los huéspedes rioplatenses. Cautivan a muchos españoles. Otro tanto sucede con el vocabulario. El quilombo o burdel se ha incorporado al lenguaje periodístico como sinónimo de caos o desorden, y todo el mundo sabe que un pelotudo o un boludo es un gilipollas.

Hermano menor del linchamiento

Lamentablemente, ahora la sociedad española ha recibido un regalo envenenado de la degradación política argentina y de su argot: el escrache. El escrache es un hermano menor del linchamiento y consiste en el acoso prepotente a quien piensa o actúa de manera distinta al escrachador, hostigando su ámbito privado e involucrando a su entorno familiar y vecinal. Es violento en la medida en que coarta la libertad de la víctima para moverse y para proceder de acuerdo con sus convicciones, por muy chocantes que estas puedan parecer a sus críticos. Y es subversivo desde el momento en que abroga los poderes legítimos del Estado para reemplazarlos por la imposición de la voluntad coactiva de un grupo que, para más inri, ni siquiera ha demostrado en las urnas su condición mayoritaria.

En España, la novedad no es el escrache, sino la palabra que designa a este abuso. El 13-M del 2004, los capitostes del PSOE convirtieron el día de reflexión en el día del escrache fraudulento contra las sedes del PP. Hace ya mucho tiempo que los escrachadores de distinto pelaje boicotean la presencia de políticos populares y socialistas en las universidades de Madrid y Barcelona. En estas últimas, el escrache recae sobre todos aquellos que contradicen los bulos del secesionismo. En la comunidad vasca, las dianas amenazadoras escrachan las fachadas de muchos domicilios de herejes. Incluso hubo escrachadores castristas empeñados en reventar un acto de las Damas de Blanco cubanas en Madrid.

Los escraches argentinos fueron organizados, desde el vamos, por grupos igualmente castristas y chavistas, con el objetivo de sustituir al Poder Judicial e imponer en la calle la ley del más fuerte. En mi artículo Así se hizo justicia (Libertad digital, 12/1/2012) me remití al libro Los hombres del juicio, de Pepe Eliaschev, para explicar cómo el presidente Raúl Alfonsín, un equipo de abnegados colaboradores, y un elenco de jueces y fiscales incorruptibles, enfrentaron todo tipo de obstáculos y amenazas para procesar y enviar a prisión a los principales responsables de los crímenes de lesa humanidad cometidos por la dictadura militar. El libro también describe los esfuerzos que actualmente realiza la camarilla kirchnerista para desvirtuar la reivindicación de los derechos humanos, mezclando los nombres de los desaparecidos con los de guerrilleros y terroristas muertos en enfrentamientos armados. A estos últimos se los glorifica, elevándolos a la categoría de mártires idealistas, cuando en realidad combatían para convertir Argentina en una franquicia de la dictadura cubana.

Origen bastardo

Para comprobar el origen bastardo de los escraches basta verificar que quien los puso de moda fue Hebe de Bonafini, cabecilla de las Madres de Plaza de Mayo, cuyos escandalosos chanchullos económicos no impiden que siga actuando como provocadora soez al servicio del régimen kirchnerista. Ahora, sus escraches se han trasladado a las puertas del Palacio de los Tribunales. Amenaza con revelar complicidades ocultas de los jueces del Tribunal Supremo con la Junta Militar. ¿Por qué las ha descubierto sólo ahora? Porque casi todos esos jueces se oponen a los planes hegemónicos de la presidenta Cristina. ¡Sorpresa! Casi todos esos jueces tienen antecedentes intachables... menos uno. Y ese juez de pasado turbio es el único que rinde pleitesía a la omnipotente Cristina: Eugenio Raúl Zaffaroni. Su fidelidad a la presidenta lo inmuniza contra escraches y lo hace acreedor a la admiración de Bonafini. Incluso le perdonaron que fuera propietario de seis apartamentos donde se practicaba la prostitución, trasgrediendo la Ley Contra la Trata de Personas (ver la revista católica argentina Criterio de septiembre del 2011). La trata de personas es, precisamente, uno de los delitos que más aborrece el papa argentino Francisco.

Zaffaroni fue, inicialmente, el gran hallazgo de Néstor Kirchner. Sin embargo, el senador Rodolfo Terragno objetó su designación con argumentos contundentes que nadie quiso escuchar. Zaffaroni había sido nombrado juez en lo criminal de sentencia por la Junta Militar, cuyo Estatuto juró obedecer. Y en 1980, durante la dictadura, publicó el libro Derecho Penal Militar, en el que justificaba los golpes militares y las ejecuciones sumarias. Sin embargo, Bonafini amenaza con escrachar a todos los otros jueces, de trayectoria impecable, mientras blinda al farisaico Zaffaroni, el favorito de Cristina.

Convocatoria insurreccional

El escrache es un instrumento político perverso, que los antisistema, los secesionistas y los nihilistas españoles pueden utilizar en beneficio propio y de sus adláteres, como lo hacen Cristina y Bonafini. El desprecio por la legalidad fermenta en esos círculos. El catedrático secesionista Ferran Requejo escribe (LV, 1/4):

Si las instituciones del Estado siguen negando la posibilidad de convocar legalmente la consulta, se tendrán que aplicar vías alternativas en las que resultará inevitable un alejamiento de la legalidad actual.

Y su cofrade Manuel Castells se suma a la convocatoria insurreccional (LV, 9/2):

Mis interlocutores hablan de una movilización multiforme que incluya manifestaciones, ocupaciones del espacio público y ocupación de edificios en los que funciona una administración que en la práctica ha usurpado el poder. Edificios que podrían ser ocupados desde dentro por quienes ahí trabajan.

Es el sueño de los revolucionarios congénitos: pasar del escrache al asalto del Palacio de Invierno. Para adueñarse del poder y después demoler la sociedad abierta y triturar a los incautos que los secundaron. Ya habíamos visto esa vieja película. Se filmó en Rusia y sus satélites a partir de 1917, y no nos gustó. Su argumento, sus directores, guionistas y protagonistas se pudren, al cabo de casi un siglo, en los vertederos de la historia. Cualquier remake de ese bodrio será otro regalo envenenado.

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