Un atisbo de racionalidad

Eduardo Goligorsky

Cada vez necesito menos tiempo para leer los diarios. Antes sólo salteaba las páginas de deportes, cuyo contenido siempre me ha parecido tan deleznable como los personajes que en ellas aparecen mitificados: puro opio para las masas. Después empecé a prescindir de las de economía, pobladas de datos contradictorios y opiniones abstrusas de las que mi escasa preparación me impedía sacar algo en limpio. Ahora me he blindado contra la avalancha de noticias sobre escándalos y corrupciones. No porque me sienta cómplice de tantos desafueros como los que denuncia la prensa, o porque sea partidario de tolerarlos, absolverlos o dejarlos prescribir, como demasiado a menudo sucede, sino porque prefiero que sea la justicia, y no la muy manipulable opinión pública, la que se ocupe de ellos y los castigue, implacablemente, cuando corresponde.

Chanchullos eclipsados

En verdad, he convivido con escándalos y corrupciones desde que empecé a interesarme por la política. Primeramente fui testigo de ellos en el partido en que milité en Argentina, la Unión Cívica Radical, cuya sede central fue adquirida con los sobornos que pagó una empresa española de electricidad. Mucho peores fueron los del peronismo, al que no combatí por sus embrollos sino por su feroz autoritarismo. En España voté al PSOE cuando lo enlodaban los casos Flick, Luis Roldán, Juan Guerra y Filesa, y lo hice porque me parecía que su ruptura con el marxismo, su integración en la OTAN, su acomodamiento thatcheriano a la reconversión industrial y su guerra sin cuartel contra ETA lo convertían en el mejor instrumento para modernizar España adaptándola a los valores de un Estado democrático y liberal.

Después de 1994 en Cataluña, y del 1996 en toda España, las alianzas del PSOE con los comunistas y sus coqueteos con el nacionalismo me llevaron a votar al PP, y lo sigo y seguiré haciendo porque lo considero el antídoto más eficaz contra el nihilismo de los antisistema y la obsesión retrógrada de los secesionistas. En esta emergencia, los Bigotes, los Bárcenas y los Urdangarin pueden servir como pantalla para distraernos de la labor de zapa que realizan quienes están empeñados en descuartizar España. Por consiguiente, tampoco creo que haya que hacer hincapié en los chanchullos de los Millet o del clan Pujol y sus socios de CiU, sino en el hecho de que la mayor transgresión de esta cofradía consiste en estimular fobias identitarias e instintos primarios para conquistar el poder hegemónico y proceder a ese descuartizamiento. Los chanchullos, por graves que sean, quedan eclipsados cuando se los compara con los atentados que perpetran contra la convivencia ciudadana y la cohesión social.

Mi negativa a dejarme encandilar por las campañas anticorrupción tras las cuales se ocultan segundas intenciones ha quedado explícita en los artículos "Vade retro, Savonarola" y "Las cruzadas de doble filo", de próxima aparición en La Ilustración Liberal. En ambos cito la sentencia de Emanuel Kant "De una madera tan retorcida como de la que está hecho el hombre no puede tallarse algo enteramente recto", y acoto que la antepondría a las largas disquisiciones que se formulan en torno de lo que está sucediendo en España, sobre todo para tapar la boca a algunos savonarolas locales que pretenden monopolizar la virtud. La madera de la que ellos están hechos no tiene una textura distinta de aquella con que la naturaleza ha dotado a los demás seres humanos.

Encantadores de serpientes

La cruzada moralizadora está programada, en parte, para encubrir la ofensiva de los descuartizadores. Pero va mucho más allá. Escribe Victoria Prego (El Mundo, 9/4):

Si la Monarquía se tambalea, se tambalea la Constitución, se tambalea nuestro edificio jurídico-político y, con él, nuestro futuro, ya destrozado por una dramática crisis económica y social a la que hay que sumar la amenaza secesionista que palpamos cada día. Un escenario de desastre.

Y las alternativas que ofrecen los encantadores de serpientes revelan que o son unos perdularios o viven en Babia. Cualesquiera sean los títulos que ostenten. El prestigioso catedrático Julián Casanova argumenta (El País, 7/4):

Hacer política sin oligarcas ni corruptos, recuperar el interés por la gestión de los recursos comunes y por los asuntos políticos. En eso consiste la república.

El catedrático nos toma por idiotas cuando intenta vendernos su mercancía tarada. Ni Estados Unidos ni Argentina, ni Francia ni Venezuela, ni Italia ni China, ni Alemania ni Cuba, todas ellas repúblicas, están libres de oligarcas y corruptos, a pesar de que existen distancias siderales entre las que tienen el mérito de funcionar como sociedades abiertas y desarrolladas y las que deben resignarse a soportar regímenes despóticos o tercermundistas. Precisamente, la diferencia no está en los sistemas de gobierno, sino en la calidad de vida que comparten algunas monarquías y repúblicas avanzadas, por contraposición al desbarajuste opresivo que caracteriza a las monarquías y repúblicas atrasadas.

Un ejemplo de esta fascinación que las mercancías taradas ejercen sobre algunos republicanos de postín lo encontramos en el homenaje que estos rindieron al sátrapa venezolano Hugo Chávez cuando se cumplió un mes de su muerte. La figura estrella del acto que se celebró en el Auditorio Marcelino Camacho de Comisiones Obreras fue el líder comunista Cayo Lara, acompañado –entre otros– por Diego Valderas, vicepresidente de la Junta de Andalucía, y por delegados del grupo municipal del PSOE de Madrid encabezados por Pedro Zerolo, secretario de Movimientos Sociales. Lara rindió tributo a la dictadura castrista, sin la cual, dijo, es imposible entender la escalada chavista en América Latina. Más o menos lo mismo que se puede leer en la "Epifanía" que el ideólogo de los antisistema, Ignacio Ramonet, dedicó al caudillo muerto en Le Monde Diplomatique. Todo, eso sí, en un marco muy republicano.

Tentaciones malsanas

En medio del desquicio vislumbro, sin embargo, un atisbo de racionalidad. Algunos observadores discreparán con mi razonamiento y lo atribuirán a un exceso de mis incorregibles pragmatismo y posibilismo, pero no puedo silenciarlo. Lo que me tranquiliza es el hecho de que Miquel Roca i Junyent haya aceptado asumir la defensa de la infanta Cristina en el caso de que sea imputada por algo que yo, que no leo la crónica de escándalos y corrupción, no sé muy bien en qué consiste, aunque me dicen que está relacionado con las actividades de su esposo. Lo que sí sé, y me interesa, es que este abogado forma parte de la cúpula del entramado nacionalista, un entramado que una camarilla de talibanes ha secuestrado para emprender una loca aventura secesionista. Al frente de la camarilla está, hoy, un personaje que llevó su soberbia al extremo de cubrir con un paño negro la imagen del Rey que estaba a sus espaldas en el plató de la televisión catalana. No toleró compartir el encuadre con el Borbón.

El abogado Miquel Roca, en cambio, mantiene excelentes relaciones con la Casa Real. Junto a Isidre Fainé y Lluís Reverter, tuteló la entrada de la Infanta en la Caixa, y forma parte del establishment que los insumisos aborrecen, pero del que dependen para disfrutar de respaldo económico y para conservar una inmerecida apariencia de respetabilidad. Y ahora la espantada de Roca hacia La Zarzuela se suma a la creciente desafección de ese establishment por la iniciativa balcanizadora, preñada de peligros para la economía, el bienestar, la cultura y la cohesión de la sociedad catalana, y para su singladura europea. La hora de las tentaciones malsanas –que, haber, las hubo– ha caducado.

Mientras la Generalitat aumenta su descomunal déficit subvencionando los preparativos para la quimérica cadena humana del 11 de septiembre y otros fastos del agit-prop sectario, los responsables de preservar el patrimonio de Cataluña empiezan a trabajar para que las aguas vuelvan a su cauce y para que se recupere un atisbo de racionalidad.

Incluso Qatar, el emirato que financia las mezquitas de los fanáticos salafistas y patrocina ostentosamente al Barça, avergüenza a sus protegidos del club que es más que un club cuando ofrece amparo a quien, según las crónicas que no leo, es la oveja descarriada del rebaño borbónico.

Si la Corona, los dos grandes partidos nacionales más UPyD y las fuerzas productivas de toda España, incluidas por supuesto las de Cataluña y la comunidad vasca, suman sus fuerzas, la unidad y la estabilidad de España quedarán aseguradas, y tanto los personajillos que apuestan por el caos y la desintegración como los depredadores que vacían las arcas del Estado y los bolsillos de los ciudadanos se verán reducidos a su real dimensión: la insignificancia. Y que sea la justicia –no las maquinaciones de los trapaceros émulos de Savonarola, Robespierre y Lenin– la que haga caer sobre ellos, cuando corresponda, todo el peso de la ley.

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