Trampantojos cínicos

Eduardo Goligorsky

Es un prodigio del arte. Quien contemple el óleo Escapando de la crítica (1874), de Pere Borrell del Caso, no podrá librarse de la impresión de que el niño allí retratado está saliendo verdaderamente del cuadro, con un pie y una mano apoyados en el marco. Fue un pintor amigo quien me introdujo en el misterio de esta ilusión óptica denominada trampantojo. No tardé en darme cuenta, esta vez sin ayuda ajena, de que los trampantojos también proliferan en política, y de que hay auténticos expertos en la deformación de la realidad, pero no en clave artística sino cínica. ¿Qué son, si no trampantojos –toscos, es verdad, a diferencia de los pictóricos–, lo que nos endilgan, un día sí y otro también, los prebostes del secesionismo?

Burdas patrañas

Basta con que el ciudadano desmenuce con ecuanimidad la retórica torticera de estos embaucadores para que descubra, como el admirador avispado del cuadro, dónde está la clave del engaño. Sólo necesitará cotejar cifras y hurgar en el trasfondo de las proclamas espectaculares para descubrir los trucos del falsario. Ya se ha demostrado hasta el hartazgo que las "mayorías excepcionales" que se adjudican los salvapatrias no son tales sino burdas patrañas. ¿En qué trampantojo el 33 por ciento del censo electoral, repetido en cada consulta, se puede disfrazar de mayoría, deformando la realidad?

Las últimas encuestas dejan en minoría de votos a la suma de los partidos secesionistas. En minoría de votos pero con una posible –no segura– mayoría de parlamentarios… gracias a una ley electoral tramposa que privilegia el voto rural sobre el urbano. La misma ingeniería demográfica que practica el sátrapa Nicolás Maduro para arrinconar a la oposición venezolana (LV, 5/5). Aun así, en Cataluña esa mayoría de parlamentarios estaría a una distancia sideral de los 90 indispensables para aprobar un amago de secesión. Y ni el más despistado secesionista sueña con rebañar los votos de más de la mitad de los 6.228.531 ciudadanos inscriptos en el censo electoral. ¿3.114.266 votos a favor de la secesión? Lo que no puede ser no puede ser y además es imposible.

Hablando de leyes electorales tramposas, veamos lo que acaba de suceder en Escocia, una región del Reino Unido que da tantas alegrías como disgustos a nuestros levantiscos. El resultado del referéndum escocés fue una ducha fría para sus forofos secesionistas: 55% para el no y 45% para el . En cambio, en las elecciones parlamentarias los nacionalistas sumaron 56 diputados sobre 59. ¿Una victoria incontestable? No. Otro trampantojo. Rafael Jorba explica (LV, 16/5) los intríngulis del sistema electoral británico, con escrutinio uninominal mayoritario a una vuelta que otorga el escaño al candidato que vence en cada una de las 650 circunscripciones electorales, aunque sea por la mínima diferencia:

Baste decir que el SNP ha obtenido 56 de los 59 escaños escoceses en Westminster con 1.454.436 votos (50%), mientras que los laboristas (24,3%), los conservadores (14,9%) y los liberaldemócratas (7,5 %) han sumado 1.369.919 votos (46,7%) y sólo tres diputados, es decir, un ínfimo resultado electoral que un sistema proporcional hubiese amplificado.

Si se repitiera el referéndum en Escocia, los independentistas volverían a perder. Y en Cataluña el trampantojo consiste en inflar la representación de Gerona y Lérida en perjuicio de la de Barcelona y Tarragona.

Ofensiva sin tregua

Trampantojos hay muchos en las galerías de arte. También en la política catalana. La última triquiñuela de deformación de la realidad se escenificó cuando todos los partidos subordinados al poder local, incluidos –¡ojo!– los fariseos de Unió, los socialistas y los postcomunistas, se sublevaron contra la sentencia de la Audiencia Nacional que obliga a dictar un mezquino 25 por ciento de horas de clase utilizando el castellano como lengua vehicular y contra la ponderada decisión del ministro de Educación de hacer cumplir dicha sentencia y muchas otras anteriores con idéntico contenido. La pantomima de los insumisos los retrató de cuerpo entero.

¿Qué observador extranjero, de los muchos que pululan por Cataluña vigilando la evolución de los acontecimientos tanto desde el punto de vista político y económico como desde el de la lucha contra el yihadismo, dará un margen de credibilidad al conglomerado que se enroca contra la enseñanza de un escaso 25 por ciento de horas de la lengua que se habla en todo el país y en América Latina? ¡Apenas un precario 25 por ciento y se amotinan! La lectura de los sofismas que vierten los servidores del régimen para justificar el rechazo convencerá a los observadores de que están asistiendo a una ofensiva sin tregua contra la sociedad abierta. No los disuadirá la deformación de la realidad practicada por los profesionales del trampantojo.

Con rigor totalitario

Cuando la Generalitat moviliza a sus huestes para blindar con rigor totalitario el monolingüismo en la escuela, ninguneando el castellano y a sus hablantes, la cada día más histriónica Pilar Rahola clama contra España y el ministro Wert y exhibe nuevamente las fobias de su propio bando atribuyéndolas al adversario (LV, 15/5):

¿Por qué esta obsesión enfermiza por imponer un idioma y monopolizar identitariamente un Estado? (…) Y tocar el idioma es tocar la fibra sensible, la médula de una nación que hace mil años que habla una lengua a la que ama y a la que, demasiadas veces, tiene que salvar de las fauces de los intolerantes.

Tamaña diatriba como reacción contra la tímida tentativa de introducir un exiguo 25 por ciento de castellano como lengua vehicular en el currículo revela que son ella y sus cofrades quienes alimentan la "obsesión enfermiza por imponer un idioma y monopolizar identitariamente un Estado" y quienes cultivan el desprecio por la lengua de quienes son, mal que le pese, sus conciudadanos españoles. Los cuales tienen derecho de sobra a amarla y a enseñarla y aprenderla como "fibra sensible y médula" de su nación.

La tenacidad con que Pilar Rahola recurre a los "mil años" de antigüedad como argumento para justificar sus fobias y sus filias la convierte en émula de los totalitarios que mitifican el pasado para exacerbar la irracionalidad de las masas: los nazis con su genealogía aria, los fascistas con sus legiones imperiales, los estalinistas con sus ídolos Iván el Terrible y Alejandro Nevski, los franquistas con Don Pelayo, los preconciliares con las misas en latín, los islamistas con el Califato Universal, Marine Le Pen con Juana de Arco. Puro racismo, desembozado o, en Rahola y los suyos, encubierto.

Un 'casus belli'

El predicador militante Francesc-Marc Álvaro va mucho más lejos que su cofrade Rahola. Para él, la lengua catalana es tan débil que bastará un 25 por ciento de lecciones en castellano para aniquilarla, y convierte su defensa en un casus belli (LV, 16/5):

El neocentralismo necesita romper la columna vertebral del idioma para tratar de provocar el conflicto civil. Animar a los padres a salir de la inmersión es exactamente eso. Implicar los tribunales todavía lo es más. Es –soy preciso– un acto de guerra.

Aunque a continuación pone al descubierto, con la mayor desfachatez, los componentes del trampantojo:

Obviamente, todo esto tiene poco que ver con la cultura y la instrucción. Es una batalla de poder.

Imposible ser más explícito. A los secesionistas les importan un rábano la cultura y la instrucción, tanto en castellano como en catalán o urdu. Su objetivo es conquistar la suma del poder político en un miniestado donde puedan dictar las leyes que más convengan a sus intereses endogámicos. Es por esto que también les importa un rábano, e incluso los regocija en secreto, la amenaza de dejarlos fuera de las instituciones de control externo: ONU, UE, FMI, OTAN y cualesquiera otras cuya autoridad pueda poner límites a sus desafueros.

Humillar a la plebe

Afortunadamente, es Antoni Puigverd quien, en uno de sus típicos vaivenes entre las vísceras y el cerebro, penetra en la realidad que el trampantojo deforma (LV, 11/5):

Cada vez que las instituciones catalanas se oponen a la introducción de la lengua castellana como vehículo de aprendizaje escolar están no sólo contradiciendo a un ministro leñador (sic), sino también hurgando en la sensibilidad de los castellanohablantes de Catalunya. Y más cuando, leyendo la programación de muchas escuelas de élite (Aula, por ejemplo, de la que fue alumno el president Mas), se constata que, con respecto a las lenguas, funcionan exactamente como propone C's.

Visto lo cual, cuando Artur Mas proclama (LV, 17/5) que Ciudadanos "nació hace ya años con una sola misión como ideario político, cargarse el modelo de inmersión lingüística de las escuelas catalanas", confirma su voluntad de perpetuar un modelo privilegiado para él, su familia y el resto de la oligarquía autóctona, y otro premeditadamente empobrecido para humillar a la plebe.

Estas elecciones y todas las que las sigan serán otras tantas oportunidades para que el Partido Popular y Ciudadanos acaben con la realidad totalitaria que se oculta detrás de estos trampantojos cínicos.

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