Trampa cazabobos

Eduardo Goligorsky

El desprecio que sienten los dirigentes de CiU y ERC por la inteligencia de los ciudadanos de Cataluña no tiene límites. Lo han demostrado al adjudicarse la mayoría en la aprobación de un Estatut que sólo votó el 36,5% del censo electoral, al inflar hasta el millón y medio de asistentes una manifestación a la que acudió un máximo de 600.000 personas (Enric Juliana dixit, LV, 12/9), al disfrazar de mayoría secesionista al 34% del censo electoral que los votó el 25-N y –esto es el colmo– al mentir indecentemente para afirmar que una Cataluña independiente seguiría integrada en el seno de la Unión Europea.

En cambio, no estoy tan seguro de que se equivoquen cuando miden a la baja la agudeza mental y, más grave aun, la coherencia ideológica de sus colegas de PSC e ICV, a los que está destinada la trampa cazabobos del fingido cambio de plan para la convocatoria del referéndum. A los desnortados socialistas –carne de tonto útil– les tientan unas migajas de poder, y los postcomunistas, expertos en cabalgar sobre fuerzas ajenas, como lo demostraron en todos los frentes populares, no desprecian ninguna oportunidad para sabotear desde dentro la sociedad abierta.

Talante secretista

Encaramados en la cima de la soberbia, los sabelotodo de CiU y ERC elaboraron un proyecto de declaración taxativamente secesionista con el propósito de hacerla aprobar por el Parlamento de Cataluña. Lo hicieron a puertas cerradas, con el mismo talante secretista con que sus predecesores habían montado toda la campaña de gradual mentalización balcanizadora. La transparencia del proceso secesionista que promete el punto 3 de la declaración no es más que uno de los mecanismos engañosos de la trampa cazabobos: apenas se desencadenó la reacción escandalizada de los observadores más ecuánimes, o más maquivélicos, el consejero de Presidencia de la Generalitat, Francesc Homs, subrayó (LV, 14/1)

el "compromiso inequívoco" del Govern, que "hará todo lo que esté a su alcance" para "ampliar la mayoría" a favor de la declaración soberanista "a más fuerzas políticas", y lamentó que si la negociación se ha complicado de entrada ha sido porque alguien filtró la declaración "con mala intención".

Fin de la transparencia, que los confabulados confunden con la "mala intención". Insisto en que no fueron sólo los ecuánimes, también los maquiavélicos, partidarios de comprometer a los tontos útiles y a los aliados oportunistas en la tramoya secesionista, quienes pusieron en la picota a los maximalistas que mostraban tan imprudentemente el juego.

Escribe nada menos que la hagiógrafa de Artur Mas, Pilar Rahola (LV, 12/1):

Personalmente, me encanta el texto, pero ¿no es importante conseguir un consenso amplio, para tener la máxima legitimidad en un proceso histórico de una gran complejidad? (...) Sin duda en el tándem Mas-Junqueras no falta arrojo, ni compromiso, ni convicción, pero empieza a faltar finezza.

Y el gurú del somatén mediático Jordi Barbeta embiste con suspicacia (LV, 13/1):

La avanzadilla que ha enviado Mas a abrir camino ya ha tropezado de mala manera proponiendo una declaración que reduce a la mitad el número de expedicionarios y las posibilidades de éxito. Es tan excluyente, y el error estratégico es tan evidente, que incluso hace sospechar. Igual no se ven con ánimo de alcanzar una cima tan difícil y han decidido conformarse con marcar paquete y vivir del conflicto... Es que si no, no se entiende.

Un merecido guantazo

Dos editoriales de La Vanguardia reflejan, asimismo, la preocupación de quienes se comprometieron en la aventura secesionista y hoy la ven amenazada por la impericia de quienes tenían fama de excelentes timadores. Les reprocha el 14/1:

Hagamos memoria, puesto que apenas han transcurrido dos meses de [sic] las elecciones. CiU pidió una "mayoría excepcional" y la sociedad se la negó, por diversos motivos, con una pérdida de 12 escaños. Aunque la consistencia y el arraigo de la corriente soberanista son incuestionables, CiU y ERC suman hoy un diputado menos que en la anterior legislatura. (...) El documento debe ser revisado y enmendado en busca de la más amplia mayoría posible.

Al día siguiente, el 15/1, el editorialista del somatén mediático expresó su satisfacción porque su consejo no había caído en saco roto, y aprovechó la ocasión para aplicar un merecido guantazo a los imprudentes:

La declaración inicial de soberanía ha quedado en papel mojado básicamente porque muchas cosas se hicieron mal desde el principio, fruto de la precipitación y la mirada unívoca. 

A continuación, el editorialista se felicita de que el PSC haya pisado la trampa cazabobos del ficticio derecho a decidir. Para conseguir que se sumara al contubernio se eliminó temporalmente la cláusula irritativa:

Es obvio que los socialistas catalanes dan un paso significativo que sin duda tendrá repercusiones en el PSOE y en la opinión pública española. Sólo por ello ya hay que valorarlo.

La propuesta, aclara sin embargo el infaltable Jordi Barbeta ese mismo 15/1,

sigue siendo inequívocamente soberanista, pero igualmente válida para los que son partidarios como para los que son contrarios a la independencia de Catalunya. La intención compartida de CiU, ERC e ICV es hacer todo lo posible para que se sume el PSC a la petición del referéndum o, explicado con más malicia, no dejar ninguna afirmación que el PSC pueda utilizar como pretexto para escaquearse de la defensa que proclama del derecho a decidir.

¿A decidir qué? ¿La legalización de la marihuana? ¿De la eutanasia? ¿De las corridas de toros? ¿De la pena de muerte? ¿Acaso el presidente de la Generalitat y su plétora de asesores pondrán a consideración de los ciudadanos algún proyecto para remediar el drama de los 840.000 parados y del 25% de familias en riesgo de pobreza y nos pedirán una decisión al respecto? Categóricamente, no. Lo único que los estimula es el deseo de atrasar trescientos años el reloj de la historia.

Vestigios de racionalidad

En su artículo "Los términos del desafío soberanista" (El País, 15/1), Albert Branchadell pone como ejemplo la fragmentación de los países oprimidos por las dictaduras comunistas para argumentar que el derecho a decidir la secesión es privativo de la región que pretende independizarse, sin que puedan ni deban intervenir los ciudadanos del resto del país. La comparación entre lo que sucedió en la Unión Soviética y Yugoslavia, por un lado, y lo que podría suceder en España, por otro, es insostenible, tanto por el origen de aquellos conglomerados anómalos como por lo que sucedió en ellos después de la fractura. Nada que ver con lo que podría suceder en los despojos de una España dividida, excluidos de la Unión Europea tras la secesión.

Branchadell cita, empero, un caso que sí podría revestir interés para nosotros. Es el de Schleswig (plebiscito de 1919): en el norte los ciudadanos decidieron incorporarse a Dinamarca, donde formaron Jutlandia del Sur; y en el sur decidieron incorporarse a Alemania, donde formaron Schleswig-Holstein. Si, tras un complicado proceso de reforma constitucional, se aprobara el derecho a decidir secesiones en el territorio de lo que hoy es España, los actuales insumisos deberían reconocer el derecho de las provincias de Barcelona, Tarragona y Álava, entre otras, a decidir su ruptura con Cataluña y la Comunidad Vasca para permanecer en España y poder seguir siendo miembros de la UE. Alguien ha escrito que quienes niegan que sea intocable la integridad de España deberán resignarse a que tampoco lo sea la de sus regiones.

De todos modos, un vestigio de racionalidad invita a pensar que no llegaremos a tales extremos. El hecho mismo de que los secesionistas maquiavélicos hayan llegado a la conclusión de que debían poner sordina a sus desmadres revela que la influencia de la sociedad ilustrada se hace sentir. Además, los intereses de la clase productiva catalana que están en juego son demasiado cuantiosos para dejarlos librados a los caprichos de una élite de iluminados y su séquito de cortesanos. Todo parece indicar que no marchamos hacia un choque de trenes, sino que es el tren secesionista el que se estrellará, él solito, contra el muro de la impotencia sin necesidad de que venga otro en sentido contrario. Por eso discrepo en parte con algunos amigos a los que sigo unido por muchas ideas y metas compartidas: alabo, a diferencia de ellos, el temple y la serenidad con que el Presidente de Gobierno enfrenta las provocaciones de los talibanes, convencido de que éstos desaparecerán corridos por el desdén de sus propios conciudadanos. Conciudadanos hartos de soportar durante años y más años las mentiras, los derroches, las crispaciones y la hipertrofia e insumisión institucional, vicios que agravan los auténticos problemas sociales, que no son precisamente de naturaleza identitaria.

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