Terminator Mas contra el Sóviet CUP

Eduardo Goligorsky

Terminator Mas no deja títere con cabeza. Lo fractura todo: la sociedad catalana, su partido, la parcela Unió que se desprendió de su partido, el PSC, las osamentas del PSUC, las organizaciones empresariales, el mundo de la cultura, la Iglesia católica (Terminator Mas no asistió a la consagración del nuevo arzobispo de Barcelona porque volem bisbes catalans). Y ahora, también, el Sóviet CUP. Lo que parecía ser el último reducto de la pureza revolucionaria anticapitalista ha sucumbido a la concupiscencia del poder. La fracción oportunista que hiberna en todas las vanguardias jacobinas, y que antaño los Marat y Robespierre mandaban decapitar, ha asomado la cabeza intacta para inclinarla ante el indeseable burgués. Pero ¿Terminator Mas es más fuerte ahora que antes de seducir a estos volubles compañeros de viaje? Todo lo contrario.

Caricatura del monstruo

Este Terminator no exhibe la poderosa y compacta masa muscular a la que nos tenía acostumbrados el veterano Arnold Schwarzenegger. Compuesto por los retales sustraídos de las instituciones y los partidos desguazados, se parece más bien a una caricatura del monstruo que creó el doctor Frankenstein… cuidando de no llamar Frankenstein al monstruo, como hacen muchos profanos, cuando el nombre corresponde al científico loco que le dio vida. En su configuración política son visibles los parches, las costuras y los tornillos que dan apariencia humana a las facciones del monigote: un poco de neoliberalismo por acá, otro poco de izquierdismo por allá y una batería generadora de impulsos irracionales dentro del cráneo de atrezo. Con el añadido, tras la implantación del órgano cupaire, de una glándula que segrega toxinas radicales.

El poder destructivo del adefesio sigue siendo el del mítico Terminator, pero a sus miembros ortopédicos ya ni siquiera les quedan fuerzas para sostener la hoja de ruta, lo que convierte al frustrado mesías en el hazmerreír de quienes hasta ayer lo jaleaban, de quienes ya abominaban de su proyecto y del resto del mundo civilizado. A los paniaguados del Diplocat sólo les queda el recurso de dirigirse a la chusma aficionada a espectáculos degradantes, porque ningún jefe de Estado o funcionario serio perderá el tiempo escuchando sus patrañas. Incluso el somatén mediático que tanto contribuyó a inflar el globo del proceso calificó de "esperpento" la asamblea de la CUP y, en su editorial (LV, 28/12), aludió a la "humillación" de Mas y al "sainete" de la política catalana, para terminar con una advertencia rotunda:

Incluso aunque el resultado final sea favorable a la investidura, el presidente de la Generalitat habrá debilitado su figura y la de la institución que representa de forma irreparable.

El diagnóstico no podría ser más realista. Después de seducir a sus volubles compañeros de viaje y de conseguir la investidura –si la consigue–, Mas no será más fuerte que antes. Todo lo contrario. Es posible que la CUP se fracture, pero sus dos mitades seguirán unidas por los vasos comunicantes del anticapitalismo, que, a su vez, tiene ramificaciones ideológicas dentro y fuera de la órbita secesionista. Y este es un campo de batalla donde el Sóviet CUP sumará fuerzas con aliados imprevistos para hacer saltar los parches, las costuras y los tornillos del monigote disfrazado de Terminator. Recordemos que en el imperio soviético el checoslovaco Klement Gottwald se deshizo de los burgueses Edvard Benes y Jan Masaryk, y el cubano Fidel Castro de los igualmente burgueses Manuel Urrutia y Osvaldo Dorticós. A Masaryk y Dorticós los suicidaron.

Aquelarre totalitario

El panorama político que se despliega ante nuestros ojos invita a reaccionar con precaución y a no cantar victoria por el visible debilitamiento del Terminator secesionista. En primer lugar, también se ha debilitado la barrera contra el caos que representaba el Gobierno de España, antes reforzado por su mayoría absoluta. Hoy el imperio de la ley depende de la concertación de una alianza entre tres partidos –PP, PSOE y C's–, de los que sobre todo uno, por el momento, no ha tomado plena conciencia de la inmensa responsabilidad que ha recaído sobre sus espaldas. En segundo lugar, a los ideólogos del movimiento secesionista los alarman, con justa razón, las pruebas de que algunos implantes de su monigote, como el Sóviet CUP y tal vez ERC, cobran vida propia y amenazan con fusionarse a otros con los que comparten la matriz totalitaria, como En Comú Podem. Es algo que a los partidarios de la sociedad abierta también debería alarmarnos.

El aquelarre totalitario ya ha engendrado su criatura, como en la película de terror de Roman Polanski, y la criatura tiene nombre: Ada Colau.

Francesc-Marc Álvaro, que como todo buen predicador sectario tiene un fino olfato para detectar las miserias que se cuecen entre bambalinas, comprueba que sus ensueños de secesión se los lleva el viento, se suma al coro de plañideras y pronostica sin pelos en la lengua ("Presidenta Colau", LV, 28/12):

El duelo entre Junqueras y Mas o el duelo entre el bloque independentista y C's perderá relieve ante lo que generará el paso de Colau de la política municipal a la catalana. Porque me parece fuera de dudas que la alcaldesa acabará liderando –antes de lo que pensamos– una opción de izquierdas vinculada a Podemos con voluntad de absorber a los votantes del PSC, de ICV-EUiA, de la CUP y –cuidado– de ERC. (…) ERC quiere seducir al votante potencial de Podemos, y la cosa irá al revés. La CUP imagina estrategias para llevar los podemitas a la vía independentista, y el camino será en dirección contraria. Colau, puesta a competir por la Generalitat, romperá el guión de republicanos y cuperos y se ofrecerá como la gran solución para echar a Mas.

Si la alternativa que plantea Álvaro fuera la única, la respuesta sería espontánea: apaga y vámonos. Afortunadamente, todavía estamos en España, en Europa y en el mundo civilizado. Si los dirigentes actuales de los partidos democráticos y constitucionalistas, o quienes los sucedan sin margen de demora, conservan un mínimo de lucidez, podremos contemplar desde la barrera cómo la patulea secesionista y totalitaria monta su show circense mientras acariciamos orgullosamente, como si fuera un trofeo, nuestro DNI español y, por lo tanto, europeo.

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