Sin puntos suspensivos

Eduardo Goligorsky

El presidente del Partido Popular, Pablo Casado, le arrojó a la cara al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, la palabra malsonante: "¿Qué coño tiene que pasar en España para que asuma alguna responsabilidad?". Los "ofendiditos", como los llamó Carlos Herrera, pusieron el grito en el cielo, olvidando que el doctor Frankenstein le había espetado la misma pregunta a Mariano Rajoy en el 2015 después de las riadas del Ebro. Pero no importa. Vayamos al empleo ahora normalizado de términos obscenos en asambleas de personas presuntamente cultas y en medios donde hasta hace poco tiempo estaban proscriptos. Con la salvedad de que los autores clásicos, tanto de lenguas latinas como sajonas, los utilizaban profusamente.

Adiós a los tabúes

Cuando el puritanismo borró las procacidades de los textos de circulación masiva, como los periódicos, brotaron los subterfugios elocuentes. Puesto que en inglés la mayoría de las palabras relacionadas con actos u órganos sexuales tienen cuatro letras, se las sustituyó por la expresión four letter words, que significa precisamente eso: palabras de cuatro letras. ¡Coño, con esta exclamación estoy comprobando que también en español existe esa coincidencia!

La otra coartada consistía en escribir la inicial del taco seguida por puntos suspensivos (c… por cunt, o sea ¡otra vez! coño, o f… por fuck, o sea joder). Hasta que Bill Clinton y Monica Lewinsky montaron su tinglado en el Salón Oval de la Casa Blanca y la palabra inglesa fellatio, traducida a todos los idiomas, tomó carta de ciudadanía en la prensa universal. Adiós a los tabúes lingüísticos y con ellos desaparecieron los subterfugios de las cuatro letras y los puntos suspensivos. Al pan, pan, y al coño, coño.

Tremendismos victimistas

Volvamos a nuestras tribulaciones. El taco coloquial sirvió de pretexto para que los ofendiditos vomitaran un torrente de descalificaciones personales contra Pablo Casado, tendiendo una cortina de humo sobre el quid de la cuestión: la complicidad del guerracivilista que ocupa la presidencia del Gobierno con los enemigos declarados de su –nuestra– patria. A partir de ahí, la campaña de falaces tremendismos victimistas encaminados a ocultar la verdad sobre la dictadura totalitaria que padece Cataluña no conoce límites.

La Vanguardia (16/12) clamó en un titular escandaloso de primera plana, que incumple el deber deontológico de la objetividad periodística: "Casado inflama el conflicto por el catalán en la víspera de la manifestación". Subordinado a las directivas del alto mando tribal, el diario se acopló, como los parásitos de UGT y CCOO, a la raquítica manifestación de la carcundia hispanófoba, e interpreta como inflamación la denuncia de los atropellos perpetrados contra los derechos humanos de las familias residentes en una región del Reino de España llamada Cataluña a cuyos hijos se les niega el derecho y el deber de estudiar un mínimo del 25% de asignaturas en español, como ordenan las sentencias de los tribunales de justicia.

Y ojo, no me refiero solo a los hijos de las familias que tienen el valor necesario para desafiar los pogromos de los talibanes autóctonos y exigen el cumplimiento de esas sentencias, sino a los de todas las familias, para que estén en pie de igualdad con sus compatriotas castellanohablantes, bilingües o plurilingües a la hora de incorporarse al mercado de trabajo fuera del gueto.

Muestran la hilacha

Los ofendiditos muestran la hilacha cuando se indignan –con tics goebbelsianos– porque los constitucionalistas les ponen el dedo en la llaga purulenta y califican, con sobrada razón, al régimen discriminatorio de "apartheid lingüístico" y subrayan sus afinidades con el racismo nazi. Marius Carol, exdirector del diario del conde Godó, tilda de "miserable" a quien profiere estas acusaciones que él juzga "canalladas" (19/12), sin disimular que se refiere a Pablo Casado, condenado al rojo en "Los Semáforos", en tanto que Lola García, directora adjunta del mismo diario, se ensaña con "la derecha avanzando hacia el esperpento" (18/12).

Ya basta. El taco de Pablo Casado palidece cuando se lo compara con las atrocidades cometidas por una banda de renegados contra la unidad y la soberanía de España y contra la convivencia, el bienestar y la cultura de los españoles. Estos mercaderes del odio fratricida sí merecen que los patriotas cabales como Casado, Abascal, Ayuso, Feijóo, Álvarez de Toledo y Arrimadas aparquen transitoriamente sus diferencias y su comprobada buena educación y los apostrofen –como ya lo hacen millones de españoles– con el contundente insulto tabernario, sin puntos suspensivos: hijos de puta.

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