Semáforo amarillo

Eduardo Goligorsky

Guardo de mi infancia el recuerdo de insistentes alusiones, en las tertulias de los adultos, al "peligro amarillo". Después del ataque a Pearl Harbor, los japoneses ocupaban la mayor parte de Asia y su expansión por el Pacífico parecía no tener límites.

Superada aquella etapa tras Hiroshima y Nagasaki, el "peligro amarillo" cambió de localización geográfica pero continuó presente en muchas conversaciones que yo tomaba con pinzas porque los años me habían enseñado a no guiarme por estereotipos racistas. El comunismo chino era peligroso, pero no por el color de la piel de sus ideólogos y prosélitos sino porque formaba parte de un polifacético movimiento totalitario internacional. Nunca imaginé, sin embargo, que ya en mi vejez me tocaría ver el amarillo como una señal de alerta, previa al rojo de peligro, en el semáforo de la política española.

Aclamar a dictadores

Por un motivo que desconozco, aunque aparentemente tiene algo que ver con los colores de las barras de la senyera y de su sucedánea la estelada, el amarillo se ha convertido en el color emblemático de los secesionistas catalanes. Las camisetas de color amarillo que exhiben los manifestantes obedientemente encolumnados en las abigarradas concentraciones callejeras traen a la memoria de los veteranos las alarmantes imágenes de multitudes congregadas para aclamar a dictadores de distinto pelaje, pero siempre enfundadas en camisas de un color específico para demostrar que han renegado de su individualidad y se han masificado: camisas negras los fascistas y los SS nazis; pardas los SA nazis; verdes los escamots de Juventudes de Esquerra Republicana-Estat Català, la Guardia de Hierro rumana y el integralismo brasileño; verde olivo los castristas; azules los falangistas –que podían ser nuevas o viejas–. Los carlistas se encasquetaban la boina roja y los peronistas se descamisaban.

Escribía José Ortega y Gasset en 1929, en pleno apogeo de los totalitarismos fascista y comunista (La rebelión de las masas, Austral, 2012):

Creo que las innovaciones políticas de los más recientes años no significan otra cosa que el imperio político de las masas. La vieja democracia vivía templada por una abundante dosis de liberalismo y de entusiasmo por la ley. Al servir a estos principios el individuo se obligaba a sostener en sí mismo una disciplina difícil. Al amparo del principio liberal y de la norma jurídica podían actuar y vivir las minorías. Democracia y ley, convivencia legal, eran sinónimos. Hoy asistimos a una hiperdemocracia en que la masa actúa directamente sin ley, por medio de materiales presiones, imponiendo sus aspiraciones y sus gustos. Es falso interpretar las situaciones nuevas como si la masa se hubiese cansado de la política y encargase a personas especiales su ejercicio. Todo lo contrario. Eso era lo que antes acontecía, eso era la democracia liberal. La masa presumía que, al fin y al cabo, con todos sus defectos y lacras, las minorías de los políticos entendían un poco más de los problemas públicos que ella. Ahora, en cambio, cree la masa que tiene derecho a imponer y dar vigor de ley a sus tópicos de café.

Masificación retrógrada

El análisis del pensador es impecable, aunque hay que complementarlo con el añadido del papel que desempeñan en este proceso los demagogos y los personajes mesiánicos que guían a las masas en función de su propia ideología o, peor aun, de sus propios intereses. El resultado suele ser aberrante. El amarillo ya no es sólo el color de las camisetas adoptadas voluntariamente, sino que identifica los carteles que los militantes de la ANC invitan a colocar en los escaparates de las tiendas de barrio. La ausencia del cartel puede tener una connotación discriminatoria equivalente a la presencia de la estrella de David en los comercios estigmatizados de la Alemania nazi. Y, para demostrar que la imposición intimidatoria del amarillo puede violar las normas más elementales de convivencia en una comunidad civilizada, sobresale el caso de Poblenou del Delta, "apacible pueblo turístico, emblemático por tener todas sus casas y establecimientos pintados de blanco", donde los militantes de la ANC, apoyados por el alcalde de CiU, invitaron a los vecinos a pintar las fachadas de amarillo "para exigir el derecho a votar el 9-N" (LV, 13/10). Color único, pensamiento único, degradando al vecindario para emular la barbarie de la Revolución Cultural maoísta.

Este fenómeno de masificación retrógrada e intimidatoria invita a rastrear su parentesco con el tronco originario del totalitarismo europeo. Explica Stanley G. Payne (El fascismo, Altaya, 1996):

El fascismo [italiano] se creó mediante la nacionalización de determinados sectores de la izquierda revolucionaria, y quienes desempeñaron el papel central en su orientación conceptual fueron sindicalistas revolucionarios que abrazaron el nacionalismo extremista. Los sindicalistas revolucionarios, especialmente en Italia, solían ser intelectuales o teóricos que procedían de la matriz marxista y del Partido Socialista, pero que habían intentado trascender las limitaciones o los errores que creían encontrar en el marxismo ortodoxo. Eran partidarios de la acción directa y de una doctrina matizada de la violencia, pero trataban de ir más allá de los límites estrechos y sofocantes del proletariado urbano hacia una movilización más amplia de los campesinos y otros sectores modestos de productores.

Precisamente el iconoclasta impenitente Gregorio Morán está practicando una autopsia despiadada de esta izquierda disuelta en el magma nacionalista (LV, 25/10) y denuncia:

El viejo maestro Josep Fontana se ha vuelto muecín de mezquita (almuédano, se decía en castellano antiguo) y ha proclamado que los catalanes históricamente somos superiores a los castellanos, que no se merecen ni que se les explique su inferioridad; una idea que tuvo ya gran éxito en África del Sur.

Todo patas arriba

Fontana no es más que otro ejemplo de que la capa de pintura amarilla que la Assemblea Nacional Catalana aplica con brocha gorda sobre los sectores más vulnerables de la sociedad, para subyugarlos, homogeneizándolos, también enturbia la visión de algunos intelectuales. Sólo así se explica que mientras éstos formulan veredictos apocalípticos sobre las plagas de autoritarismo y corrupción con que nos castiga el sistema del que ellos abominan,se desentiendan de la creciente hegemonía del totalitarismo rampante. Como si ellos también aspirasen a lucir el lazo amarillo que reparten los salvapatrias.

Lo importante, para esta élite, como ayer lo fue para los fascistas, los comunistas y los nihilistas de mayo del 68, es ponerlo todo patas arriba. Cualquiera sea el resultado, ellos siempre encontrarán un poderoso que los sostendrá en el vértice privilegiado de la pirámide, adonde no llega la buena gente. Y nada mejor, para ponerlo todo patas arriba, que apelar al idealismo purificador de los jóvenes. Señala Payne en la obra ya citada:

La exaltación fascista de la juventud era excepcional, porque no sólo le hacía un llamamiento especial, sino que además exaltaba a la juventud por encima de las demás generaciones sin excepción, y en mayor medida que ninguna otra fuerza se basaba en el conflicto entre generaciones. (…) El culto fascista de la osadía, la acción y la voluntad de un nuevo ideal, sintonizaba inherentemente con la juventud, que podía responder de una forma que resultaba imposible a públicos más viejos, más débiles y más experimentados y prudentes, o más materialistas.

Josep Ramoneda, desnortado buscador de nuevas panaceas, opina que "el equilibrio entre la autonomía del individuo y la multitud siempre es complicado" (El País, 23/9), pero le reconforta que las élites se sientan sorprendidas "cuando aparecen formas de respuesta compartida, ya sea al modo Podemos o al modo del independentismo catalán" (EP, 26/10). Poco le importa que los primeros alimenten la ambición de equiparar España a las satrapías del Tercer Mundo y los segundos, más sofisticados, se propongan transformar Cataluña en un feudo identitario devuelto a las tinieblas del siglo XVIII y desconectado de las instituciones europeas del siglo XXI. Lo que lo estimula es la ilusión de rejuvenecerse poniéndolo todo patas arriba.

Viraje al rojo

Con un colofón revelador. Ramoneda deposita su confianza, como hemos visto que lo hacían los fascistas, en los jóvenes (EP, 23/9):

Por mucho que la melancolía nos induzca a los mayores a pensar que nuestros hijos errarán sin nosotros, el futuro les pertenece. Y son ellos los que decidirán.

¿El futuro les pertenece? ¿Este aserto no le trae a Ramoneda algún recuerdo inquietante? Si consulta en You Tube la escena de la película Cabaret donde un joven vestido con la camisa (¡ah, las camisas!), el correaje y el brazalete nazis, interpreta la canción "Tomorrow belongs to me" (El mañana me pertenece) y excita paulatinamente el entusiasmo de los pacíficos burgueses reunidos en un mesón de campaña, se dará cuenta de que quizás el subconsciente lo traicionó al elegir la frase. Una frase que hace virar el semáforo al amarillo, ese color que la ANC intenta imponer coactivamente en Cataluña y que presagia el viraje al rojo. Señal de peligro.

A continuación