Salvemos al ministro Wert

Eduardo Goligorsky

Aunque desconocía la trayectoria universitaria y periodística del hoy ministro de Educación, José Ignacio Wert, hubo en sus primeros choques dialécticos con el conglomerado nacionalista algo que despertó mi simpatía. Al cabo de poco tiempo asumí su defensa frente a las críticas que le hacían algunos amigos míos, convencidos de que no reaccionaba con suficiente energía contra las autoridades de la Generalitat que se pasaban por el arco del triunfo las leyes y las sentencias judiciales. Al defenderlo, apelaba a la importancia capital que tienen, para la resolución pacífica de determinados conflictos, el posibilismo y el pragmatismo, dos tácticas que abracé desde el momento en que comprobé los efectos contraproducentes y nefastos de toda forma de radicalismo. Y aprovecho la oportunidad para acotar que este mismo criterio de priorización del posibilismo y el pragmatismo es el que aplico para explicar por qué, contra la opinión de otros amigos, admiro y respeto la parsimonia y la prudencia con que reacciona Mariano Rajoy frente a desafíos perentorios.

Críticas injustas

Vuelvo al caso del ministro Wert, que hoy es blanco de las críticas bienintencionadas, pero a mi modo de ver injustas, de otros amigos no menos disconformes con la inmersión lingüística, que sin embargo lo acusan de haber crispado el ambiente con declaraciones y medidas desmesuradas. Según ellos, ahora que Wert, midiendo los tiempos de acuerdo con las posibilidades y con sentido práctico (posibilismo y pragmatismo), toma las medidas que reclamaban quienes le dieron (le dimos) la mayoría absoluta al actual Gobierno, cada palabra y cada acto suyos aportan miles de nuevos simpatizantes a las filas del secesionismo. Opinión que comparten los secesionistas más encarnizados. Francesc-Marc Álvaro, que sigue ocultando premeditadamente que el movimiento secesionista que él jalea sólo representa el 34% del censo electoral, y que sigue inflando los 600.000 asistentes a la manifestación del 11-S (Enric Juliana dixit, LV, 12/9) hasta convertirlos en el intimidatorio millón y medio, escribió (LV, 6/12):

Si Rajoy quería que se enfriara un poco el ambiente, la ofensiva ministerial contra la inmersión provoca todo lo contrario y, de rebote, proporciona vitaminas al soberanismo, acelera el acuerdo entre CiU y ERC, reafirma los argumentos a favor del divorcio Catalunya-España y cohesiona a la inmensa mayoría de la sociedad catalana [sic] en torno a un modelo educativo que sólo cuestionan dos partidos, PP y Ciudadanos.

Seamos realistas. Toda sentencia sobre la inconstitucionalidad del Estatuto o de la inmersión lingüística, toda denuncia de corrupción y malversación de fondos, toda reivindicación de solidaridad entre comunidades se han convertido siempre en un arma arrojadiza para que los demagogos y los iluminados convoquen a la insumisión. Insumisión que fermenta permanentemente en los cuadros militantes del 34% del censo electoral, cualquiera sea la política del Gobierno de España. Si éste cediera a las presiones de los secesionistas, lo único que conseguiría sería debilitar su propio frente y reforzar el de sus adversarios. El clamor tramposo del "España nos roba" aumentaría de volumen si hubiera pacto fiscal o concierto económico. Ni la dádiva más generosa bastaría para cubrir la deuda de 42.000 millones de euros (el 21% del PIB) que acumuló la Generalitat como consecuencia de su política de derroches, subvenciones y clientelismo, pseudoembajadas incluidas. Es posible que dentro de ese 34% del censo electoral que vota a los secesionistas haya funcionarios y proveedores de la Generalitat despilfarradora que no se enteran de que su supervivencia económica depende de las remesas que el Fondo de Liquidez Autonómico envía mensualmente a Cataluña para tapar ese agujero. ¡Pues que se enteren!

Disfrazar el envoltorio

De todas maneras, al ministro Wert no le vendrá mal estudiar, sin necesidad de copiar sus componentes más chocantes, una estratagema en la que los secesionistas son expertos. Se trata de la capacidad para disfrazar el envoltorio sin alterar el contenido. Por ejemplo, hablan de conquistar la autodeterminación, el derecho a decidir o el Estado propio, cuando lo que tienen en mente es la independencia. Quim Monzó insinuó que Artur Mas nunca emplea la palabra independencia porque, dedicado a otros menesteres menos comprometedores cuando se puso de moda corearla, ni siquiera aprendió a silabearla correctamente, y la única vez que lo intentó, se equivocó. Escribe Monzó textualmente (LV, 12/11):

Ahora ya sabemos por qué siempre rehúye decir la palabra: para no cagarla.

Bromas aparte, la independencia es el desiderátum al que aspiran los secesionistas. Es su razón de ser. Y el mayor hallazgo de sus creadores de supercherías apropiadas para engatusar a un público masivo fue la inmersión lingüística. Bajo la apariencia de una revolucionaria innovación pedagógica se esconde una artera maniobra de ingeniería social. Imaginemos por un momento que la consigna hubiera explicado claramente cuál era la intención del experimento:

Enseñar a los niños de nacionalidad española residentes en el territorio de Cataluña una lengua que los diferencie de sus compatriotas para convencerlos de que son realmente diferentes de ellos y por tanto deben colaborar activamente en la creación de un nuevo país independiente.

¿Complicado, verdad? Y escandaloso cuando se plantea explícitamente. Nada mejor que condensarlo, simplificarlo o disfrazarlo convirtiéndolo en inmersión lingüística. Pero el objetivo es exclusivamente político, sin añadidos culturales.

Los ciudadanos conscientes de que España es víctima de tensiones internas expresamente diseñadas para fracturarla no pueden quedarse de brazos cruzados. El ministro Wert debe contar con el apoyo de una mayoría sólida para introducir las reformas que la sociedad necesita para consolidarse. Y él, a su vez, debe explicar, con lenguaje conciso y claro, cuáles son esas reformas. La enseñanza de la lengua en las comunidades bilingües debe guiarse estrictamente por lo que ordenan las sentencias judiciales en cumplimiento de la Constitución. Ahora nos encontramos con la novedad de que los secesionistas amenazan con apelar al Tribunal Constitucional, del que han renegado injuriosamente, para que éste proteja sus quiméricos derechos. Bochornoso. Y si no les concede lo que piden recurrirán a los tribunales internacionales. ¿Para que éstos les reconozcan el derecho a imponer la enseñanza monolingüe discriminatoria en una comunidad bilingüe, como antesala para la secesión? Más bochornoso aun.

Espacio neutral

El mayor acierto, quizá, del ministro Wert ha consistido en no descuidar –además de lo relacionado con la lengua– la enseñanza de las asignaturas troncales, y sobre todo la geografía y la historia, que deberán ceñirse a un programa único elaborado por el ministerio de Educación. La geografía y la historia han sido hasta ahora, más que la lengua, los vehículos del adoctrinamiento sectario encaminado a formar nuevas generaciones de secesionistas. Es un viejo proyecto. Leo (LV, 31/10/1995):

Jordi Pujol defendió la necesidad de que el sistema educativo catalán conceda más importancia a la enseñanza de la historia de Cataluña y lamentó que no se difunda suficientemente el conocimiento y "la estima" hacia el país. En su opinión no basta con que los 6 millones de catalanes hablen y escriban en catalán, sino que es necesario que "aprendan a querer a Cataluña" y que se sientan orgullosos de ello para dotar de "alma" al país. Para conseguirlo, Pujol propuso fomentar la enseñanza de la historia y de la geografía de Cataluña, así como el conocimiento "de las tradiciones, de las fiestas mayores, de los gigantes, de los flabiolaires, de los grallers y los castellers, de la sardana, el teatro y, evidentemente, el Barça". El president dijo que ello es "tan importante como saber escribir en catalán y sin faltas de ortografía", indicando que él y otros como él "escribimos en catalán con faltas, pero queremos al país porque lo hemos mamado".

Esta declaración de intenciones, que parece extraída de un texto satírico de Albert Boadella sobre la involución hacia el ruralismo y el primitivismo, data de 1995, pero podría ser llevado hoy hasta el paroxismo si la reforma Wert no lo impidiera.

Obviamente, el programa no hablará de españolizar a nadie, sino de enseñar historia, geografía y las restantes asignaturas troncales con criterios pedagógicos del siglo XXI y libres de sectarismos discriminatorios. El Gobierno, pragmático y posibilista, considera que ha llegado la hora de recuperar los deberes y derechos propios de una sociedad abierta y pluralista, lo cual implica convertir la escuela en un espacio neutral, donde no caben los adoctrinamientos ideológicos, sean éstos los de los nacionalismos excluyentes o los de la tendenciosa Educación para la Ciudadanía. Por eso, en aras de la coherencia, el texto definitivo de la ley deberá asegurar la misma neutralidad en materia religiosa. No sería práctico que, en este momento de crisis y provocaciones rupturistas, el ministro Wert nos haga sentir incómodos a quienes ponemos todo nuestro empeño en salvarlo de las embestidas conjuntas de La Vanguardia y El País, sin dejar por ello de ser ateos, agnósticos o sencillamente escépticos.

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