Retorno a la humanidad

Eduardo Goligorsky

He contado infinidad de veces que el 11 de septiembre de 1977, exactamente un año después de haberme radicado en Barcelona, mi instinto de animal político me empujó al escenario de la Diada en el Paseo de Gracia. Aunque era ajeno a las tradiciones del catalanismo, no pude reprimir un sentimiento de emoción y de confraternidad con esa multitud heterogénea que clamaba por la pronta recuperación de la libertad y los derechos cívicos. O sea, los valores que yo acababa de perder en mi patria, Argentina. Pero aquella Diada se convirtió en una reliquia averiada. Cuando le preguntan al historiador David Martínez Fiol si la Diada tuvo en algún momento carácter unitario, este responde (LV, 11/9):

Siendo muy estrictos, nunca ha tenido carácter unitario. La manifestación de 1977, sí, todas las sensibilidades del catalanismo estuvieron presentes [precisamente aquella a la que asistí prematuramente enfervorizado], pero en adelante fue muy difícil, casi imposible. La magnitud de las manifestaciones independentistas dio a entender esa unidad, pero no es la realidad de Catalunya.

Discursos de odio

La Diada del 2021 marcó el punto culminante de la desintegración. No solo estuvo presidida por el clímax de la ruptura con la patria común de todos los españoles, encarnado en los discursos de odio de la troglodita hiperventilada Elisenda Paluzie y del sedicioso reincidente Jordi Cuixart, sino que abrió las compuertas a un tsunami de acusaciones de traición, abucheos e incluso agresiones físicas entre los adictos a las distintas cofradías tribales en que se divide el independentismo.

Insisto, lo único que aglutina a todos estos renegados de su patria natal es la fantasía de poder librar sus batallitas fratricidas dentro de la jaula de un Estado hermético donde impere la pureza racial. "¡President, haga la independencia!", vocifera Paluzie. El presidente de la Generalitat, Pere Aragonès, falso pragmático, muestra la hilacha cuando fanfarronea que el Govern "defenderá la amnistía y el derecho a la autodeterminación con toda la fuerza que demostramos cada Onze de Setembre llenando plazas y calles de todo el país". Y para no quedarse atrás, Laura Borràs, presidenta sectaria del Parlament, desempolva la alternativa de la "unilateralidad" (todo en LV, 11/9.). Libran una guerra cainita sin cuartel disputándose el poder, pero se amanceban para segregarse del país donde nacieron.

El número de asistentes

¿Cuántas personas acudieron a la convocatoria de las organizaciones supremacistas? Según la Assemblea Nacional Catalana (ANC) fueron 400.000. Según la Guardia Urbana, 108.000. La Vanguardia se ahorró el alquiler de helicópteros o drones, reprodujo las dos cifras y se lavó las manos. Solo el diario digital Dolça Catalunya cumplió con el código deontológico y calculó la superficie que habían ocupado los asistentes: 35.953 metros cuadrados. Puesto que no había una masa compacta por razones de salubridad, podemos calcular una persona por metro cuadrado. Quizá dos en algunos tramos. Que el lector saque sus conclusiones. Lo cierto es que fue un fracaso estrepitoso en comparación con eventos anteriores.

Reflexiona el predicador Francesc-Marc Álvaro ("Los que no estuvieron", LV, 12/9):

El independentismo experimenta discrepancias estratégicas agudas y por tanto cuando sale a la calle no tiene una narrativa clara capaz de movilizar a todos con eficacia. La discordia, los reproches y las muestras de desconfianza entre las formaciones independentistas son constantes, y el ruido que produce todo eso alimenta el desánimo. (…) Paluzie y Borràs hablan como si no hubieran entendido nada de lo que ha ocurrido. (…) Esta Diada ha sido una botella de cava que ha perdido las burbujas.

Un rayo de luz

La Diada es un montaje de falsificaciones históricas y fábulas mitológicas que jerarcas de diversas ramas de la oligarquía catalana utilizan para movilizar a las masas crédulas y persistentemente adoctrinadas, instigándolas a romper sus vínculos centenarios con el resto de la sociedad española y, por añadidura, con la europea. Hoy se ve detrás de esta operación la mano de los servicios secretos rusos, pero esta es otra cuestión.

Y en medio de este pandemónium asoma un rayo de luz. La novedad que debe llenarnos de júbilo consiste en que este año se ha infiltrado la humanidad –¡nada menos que la humanidad!– en lo que siempre ha sido una convocatoria mezquina de la política endogámica basada en rencores atávicos con la consiguiente secuela de aislamiento, segregación y discriminación del prójimo.

Este año la humanidad ha sido la protagonista del cartel de la Diada. Lo ilustra un boceto del rostro de Pau Casals, sosteniendo una batuta rodeada de hojas sobre cuyo extremo se posa un pajarito evocando el "Cant dels ocells" (Canto de los pájaros), villancico favorito del violonchelista. Rematado con la frase que pronunció este catalán universal cuando hace exactamente 50 años la ONU le otorgó la Medalla de la Paz: "Somos hojas de un mismo árbol, y el árbol es la humanidad".

Deuda de gratitud

Los supremacistas interpretaron el cartel como una blasfemia. Los talibanes Antonio Baños y Lluís Llach fueron los primeros en abominar del cartel, inaugurando una avalancha de tuits insultantes en las cloacas sociales. La humanidad en lugar del pueblo elegido, una batuta en lugar de la herramienta que da un buen golpe de hoz, un villancico que da la bienvenida al Niño Jesús en lugar de Els Segadors necrófilo, hojas de árbol en lugar de cuatro barras y un pajarito en lugar de Sant Jordi y el dragón..

La Cataluña civilizada, que es la mayoritaria, ha contraído una deuda de gratitud con la artista Mireia Serra, que firma Lily Brick, por este cartel que nos rescata del erial estéril de los bárbaros y nos reinjerta en el árbol fecundo de la humanidad.

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