Réquiem por dos hombres sabios

Eduardo Goligorsky

Dos hombres sabios -ambos nonagenarios- han fallecido con pocos días de diferencia. El primero ha sido el filósofo, ensayista y editor Salvador Pániker, con quien mantuve más de una conversación esclarecedora en las reuniones de la Asociación Derecho a Morir Dignamente cuando él la presidía. Su vida se apagó en paz, precisamente cuando el Congreso iniciaba, pusilánime, el debate de un proyecto de ley descafeinada que no contempla los derechos individuales a la eutanasia y el suicidio asistido, derechos que Pániker siempre defendió ciñéndose a los principios del humanismo ilustrado.

Plaga de ignorancia

El otro hombre sabio que acaba de dejarnos es Giovanni Sartori, de cuyos juicios realistas, y por consiguiente pesimistas, se han hecho eco los medios de comunicación. La plaga de ignorancia que circula por las redes sociales, y que transforma al ya mentalmente disminuido homo videns en un descerebrado homo cretinus, ha sido uno de los temas que ha abordado con su singular lucidez y causticidad. Antes escribió páginas demoledoras contra el multiculturalismo, al que identificó como el caballo de Troya que los bárbaros infiltran en nuestra civilización. Y denunció el "pacifismo uterino" de los que él denominó "ciegopacistas", que "no entienden nada de los problemas y hacen más difícil su solución". Puso como ejemplo de irresponsabilidad a José Luis Rodríguez Zapatero y la retirada unilateral de Irak ("La Contra", LV, 19/10/2004).

Liberal y humanista hasta la médula, no vaciló en predicar la intolerancia contra los intolerantes que se valen de la estupidez de los buenistas y de la inescrupulosidad de los entreguistas para minar los cimientos de esta civilización y sumergirla en las tinieblas del Califato. Tampoco se sometió a los imperativos de la corrección política cuando agotó el arsenal de razonamientos contundentes para cortar las cabezas de la hidra totalitaria, populista y demagógica que nos transmite mensajes embrutecedores de odio religioso, clasista e identitario.

Involución populista

Todo esto se ha recordado en los artículos póstumos dedicados al pensador. Sin embargo, hay una faceta en la que no se ha puesto suficiente énfasis: la clarividencia con que Sartori describía la involución populista en América latina y, particularmente, en Argentina. La dejó explícita en la entrevista que Elisabetta Piqué le hizo en el 2004, cuando Hugo Chávez exportaba su caudillismo al resto del continente ("La Argentina debería librarse del peronismo", La Nación, Buenos Aires, 8/5/2004):

Como sucede con Italia, también América latina tiene en su ADN algo que no va (risas). Como hablo mal de Italia, también puedo hablar mal de América latina, y de la Argentina. En la Argentina existen todas las premisas para un país potencialmente rico, como es Suiza, y como era Uruguay. En cambio, fue destruida por la mala política, algo que también pasó en toda América latina. Y las clases dirigentes que vuelven a estar en el poder son populistas y demagógicas. Solo Chile aguanta bien, como siempre lo ha hecho. Pero los nuevos presidentes son unos descamisados…

Cuando la periodista le preguntó a quién se refería, Sartori respondió:

"Sobre todo al venezolano Chávez".

Diagnóstico contundente

El error garrafal que cometió Sartori a renglón seguido demostró hasta qué punto los caciques peronistas dominan las malas artes de la seducción. En este caso, el sabio italiano se dejó embaucar por un sinvergüenza que empezó a acumular su cuantiosa fortuna durante la dictadura militar gracias a una ley de desahucios que esta promulgó. Dijo Sartori, refiriéndose al entonces presidente Néstor Kirchner:

"Por ahora, el hombre es popular entre los argentinos, algo que también es necesario para obtener sacrificios. (…) Se combate [la plaga de la corrupción] combatiéndola. Kirchner hoy tiene la autoridad y la popularidad para poner verdaderamente en la cárcel a la gente corrupta, y será más popular si lo hace".

Un vaticinio que se cumplirá, en beneficio de los argentinos, si el combate contra la corrupción hace caer todo el peso de la ley sobre quien ostenta, igualmente, el apellido Kirchner.

El traspié fue pasajero. El diagnóstico, en cambio, fue contundente:

"La Argentina es una catástrofe de la mala política, que comienza con el peronismo, que sobrevive en la historia argentina. (…) La demagogia sindical peronista de la Argentina fue mortífera y este pasado nocivo que no logra morir, que aún controla votos y sindicatos, es un peso muy grande para la Argentina, del cual espero que se libere. (…) Hay que poner en orden la cabeza de los argentinos. Porque hay un dicho, que no es mío, sino vuestro: que en la Argentina nunca nadie se enriqueció trabajando, y esto no está bien. Trabajar es un deber también argentino, y el modo más inteligente de hacerse rico es trabajar".

Juicio lapidario

Giovanni Sartori, visitante asiduo de Argentina, nunca se desentendió de su discurrir político, social y cultural. Y la elección del papa Francisco le dio un buen pretexto para descargar su ironía con un juicio lapidario que incluye -todo hay que decirlo- un agravio infundado a la inmigración italiana ("Giovanni Sartori boccia tutti", Il fatto quotidiano, 30/6/2015, en la versión de Página 12, Buenos Aires, 2/9/2015)

El Papa tiene su responsabilidad. Es un gran pícaro. Cuando se verificaron las masacres de cristianos en África, se pronunció demasiado tarde y usando palabras poco consistentes. Y la Iglesia es la trinchera de quienes se oponen al control de la natalidad. Pero el fenómeno de la sobrepoblación es la crisis más dramática de nuestros tiempos. ¿Dónde los ubicamos? ¿Qué diablos les damos para que se alimenten? Escúcheme, para serle sincero tengo un prejuicio hacia los argentinos. Discúlpeme, pero es así. Por empezar él es un astuto y en segundo lugar es argentino. A todos los italianos malos los mandamos a Argentina.

Ni el hecho de ser "un gran pícaro" (bel furbacchione, en el original italiano, donde Sartori también se burla del "incapaz Obama" y el "astutillo Renzi") ni la nacionalidad del Papa son, por separado, argumentos suficientes para descalificarlo. Sí lo es que la picardía y la nacionalidad se amalgamen para convertirlo en portador de las taras congénitas del peronismo. Portador y, para más inri, vicario urbi et orbi de este desecho patógeno del populismo totalitario.

Fetiches tóxicos

El embajador argentino ante el Vaticano, Eduardo Valdés, premiado con ese cargo diplomático por su condición de clerical-kirchnerista, reaccionó con una jeremiada contra Sartori en Página 12, vertedero mediático de la nostalgia montonera. A continuación, Valdés dejó su cargo y volvió a Argentina para actuar como coordinador del contubernio vaticano-sindical-piquetero, amancebado con la ex presidenta enjuiciada por corrupción, para interrumpir el proceso de regeneración moral y recuperación económica que encabeza el presidente constitucional Mauricio Macri.

La barbarie que aborrecía Giovanni Sartori tiene mil caras y el quilombo peronista es una de ellas. Por ahora, la mayoría de los argentinos parece haber elegido un rumbo distinto del que justificaba el prejuicio que confesó tener el sabio, y ha exorcizado con sus votos -esperemos que sea definitivamente- los fantasmas de Perón y de Evita, y de las variopintas mafias antagónicas de izquierda y derecha que crecieron a la sombra de ambos fetiches tóxicos.

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